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17 de octubre de 2019

MODERACION

miércoles, 16 de octubre de 2019


MODERACIÓN - 17/10/2019

Lo que se dice del hombre temperante, también se dice de un pueblo temperante. Cuando un pueblo está en su apogeo, no revela grandes desequilibrios de alma, las hambres y los hastíos mentales inmoderados, parecidos con el hambre y el hastío de los enfermos. Esto se puede decir, por ejemplo, de la Inglaterra victoriana, igualmente espléndida en la grandeza del Imperio y en el encanto de su vida privada.

Evidentemente no vivimos en un siglo de equilibrio mental. Y si algún lector piensa lo contrario, estremézcase, pues es algún desequilibrio de su alma que le lleva a engañarse tan completamente respecto de un hecho evidente como la luz del sol.

El resultado es que tenemos de todo en materia de intemperancia. Tenemos "heroicos" intemperantes, como "moderados" intemperantes, y tenemos toda la gama intermedia pues el teclado de la intemperancia tiene mil notas.

De estas intemperancias, la "moderada" parece sin embargo ser hoy, entre nosotros, la más generalizada. En buena parte por lo menos, esto es natural pues la II Guerra Mundial sació de grandezas dramáticas y melodramáticas.

En Occidente, la influencia que se hizo preponderante fue la norteamericana. Esta trae consigo una atmósfera de saciedad, optimismo, alegría conciliadora, del estilo "joven simpático" y "niña buena", de liberalismo profundo, de negación implícita del pecado original, que estimula al máximo la intemperancia "moderada". Por lo demás, con buenos baños, buenos refrigeradores, buena cocina, radio, televisión, automóvil, clínicas Mayo y ataúdes pintados, decorados, adornados, en cementerios risueños, al son de músicas amenas, ¿por qué no sonreír siempre? ¿Y qué quiere el "moderado" sino estar siempre sonriendo?

Es fácil ver cómo esta tendencia "moderada" se va volviendo preponderante.

En los artículos de periódicos, en los discursos, en las conferencias, incluso en las conversaciones particulares, las opiniones que se afirman con mayor seguridad, más énfasis, más eco, son siempre las "equilibradas", las "moderadas", las del término medio. Todos los que atacan una opinión procuran denunciarla como "extremada". Y sus defensores tratan de esquivar este rótulo como si de eso dependiera el éxito de su causa.

En una palabra, un eslogan de origen más o menos invisible domina a Occidente: ¡moderación! ¡moderación!

Contrarios por principio a cualquier desequilibrio, prevengámonos del más actual, es decir, de este intemperante e inmoderado amor a la moderación. Se debe ser moderado en todo, incluso en la moderación.

13 de octubre de 2019

PONDERACION

viernes, 11 de octubre de 2019



PONDERACIÓN - 12/10/2019

La caída de Napoleón fue muy favorecida porque los franceses estaban cansados del clima de grandeza un tanto melodramática del Imperio, desde el mariscal Ney hasta el último de los pequeños burgueses. Si Alemania pudo invadir tan fácilmente a Francia en 1940, fue en parte porque encontró delante de sí un pueblo embriagado de espíritu pacifista y "moderado", mientras que los nazis estaban en el cenit de su fase "heroica".

Las marcas de estos diversos estados de espíritu son tan profundas en todos los campos, que incluso invaden inesperadamente dominios como el de la moda y del humor. En los períodos "heroicos" los tipos femeninos que logran más éxito son los imponentes, grandiosos, fatales, cleopátricos.

En los períodos "moderados" la admiración recae más fácilmente sobre lo gracioso, lo leve, lo gentil. En los períodos "heroicos", el humor tiene apetito de anécdotas o diseños que provoquen grandes carcajadas. En los períodos "moderados" se desea un humor discreto, sobrio, que simplemente haga sonreír. El estilo Biedermeier del cuadro tuvo gran auge en el periodo posterior a las guerras de Napoleón.

Evidentemente, un hombre sujeto a las grandes variaciones mentales de la opinión pública, que acabamos de describir, sería un intemperante típico.

Efectivamente, mutaciones de estas existen en el hombre virtuoso, pero de modo equilibrado. Hay momentos en que el espíritu temperante está dispuesto a la acción, y otros al reposo, momentos en que su alma aspira a las cúspides austeras y otros a los valles risueños. Pero, porque es equilibrado, sabe que su vida fue hecha para los horizontes sublimes y gravísimos que la fe le revela, de la alternativa entre las glorias regias del Cielo y la tragedia eterna del infierno, poniendo en juego a cada instante la Sangre de Cristo. Sabe que la vida tiene momentos de placer y horas de lucha, momentos de reposo y momentos de trabajo, de dolor y de alegría, de intimidad y de solemnidad.

El hombre equilibrado no ignora que tener un alma saludable pide estas alternancias. Y por esto no querrá pasar toda su vida sólo en uno de estos climas, en el "heroico" o en el "moderado". Aún más, sus estados de espíritu no quedarán a merced de los vientos indecisos de su sensibilidad.

El hombre ponderado sabe portarse a la altura de las circunstancias, no mostrando una grandilocuencia ridícula en las ocasiones triviales, ni una trivialidad torpe en las grandes situaciones.

11 de octubre de 2019

VARIACIONES



jueves, 10 de octubre de 2019



VARIACIONES - 11/10/2019

Los estados de espíritu de los pueblos como los de los individuos sufren variaciones.

Hay épocas en las que la opinión pública de una nación sólo se entusiasma con las opiniones extremadas, las afirmaciones o las negaciones estruendosas, las grandes polémicas, los oradores de elocuencia altisonante, los hombres capaces de grandes hechos como el conde de La Rochejaquelein, general del Ejército Católico de la Vandea, héroe de la resistencia contra la Revolución francesa.

Dice el adagio francés tout passe, tout casse, toute lasse et tout se remplace, todo pasa, todo se quiebra, todo cansa y todo se reemplaza.

Este gusto de lo grandioso tiende fácilmente a la exageración. Del heroísmo auténtico se pasa al melodrama, y como nadie puede vivir por mucho tiempo en una atmósfera saturada de rayos y truenos, poco a poco las energías se van gastando, y una sorda nostalgia de la tranquila vida cotidiana, con su despreocupación, con su amenidad, con los placeres vegetativos que proporciona, va minando los corazones.

Los héroes y los heroísmos van pasando de moda. Los espíritus, saturados y hartos de ideal, van dislocando sus preferencias hacia otro polo, hacia las formas de virtud que aseguran la tranquilidad de la vida.

Es la era de los moderados, es decir, de los periodistas que pronostican la inminente solución de todos los problemas, de los pensadores sonrientes que amortiguan con destreza las polémicas encontrando "medios términos" hábiles entre las opiniones extremas, de los artistas que presentan estilos y formas de belleza adecuados a una vida mediana y risueña, etc.

Al cabo de cierto tiempo, los ánimos están rehechos, las energías recuperadas. La vida cotidiana comienza a hartar. El aire parece parado y denso en la modorra de la rutina diaria. El apetito de lo grandioso resurge. Y el ciclo recomienza.

El tiempo que duran estos ciclos es algo muy variable. A veces en la vida de una misma generación estos ciclos se suceden rápidamente. Otras veces, su lentitud es tal que se arrastra lentamente a través de generaciones.

De cualquier forma, este fenómeno existe y marca a fondo toda la vida política, social, cultural y económica. Si Bizancio cayó, fue en gran parte porque los ánimos se encontraban en la fase "moderada" y vegetativa mientras que los acontecimientos exigían heroísmo.

10 de junio de 2019

VEJEZ

P E R I S C O P I O

Blog Contra-Revolucionario

domingo, 9 de junio de 2019


VEJEZ – 10/06/2019

Nuestra época siente vergüenza de la vejez. Este sentimiento está tan radicado que incluso a los que de lejos les toca les desagrada. Así, en toda medida de lo posible, se evita incluso parecer tener edad madura. Todo el mundo quiere parecer joven. Y no son raros los que anhelan parecer jovencitos. En estas afirmaciones no hay ninguna exageración. Basta que cada cual mire a su alrededor y quizá incluso a sí mismo.

Todo el maquillaje femenino representa un esfuerzo no sólo en el sentido de disminuir la edad, sino de aparentar, tanto cuanto el implacable rigor de la naturaleza permita, una juventud casi próxima a la adolescencia. Los colores y las formas de los trajes, las actitudes, los gestos, el lenguaje, los temas de conversación, la risa, en todo se busca acentuar esta impresión. En los hombres los trajes típicos de la edad madura con líneas severas, colores discretos, aire sobrio van siendo cada vez más abandonados cediendo paso a los aires deportivos con colores claros. Esto se nota sobre todo en las zonas de veraneo, donde no es raro ver graves profesores, políticos de renombre, banqueros sesudos ir vestidos como sus nietos.

¿Por qué todo esto? Ante todo, porque el hombre pagano de nuestros días vive para el placer y la edad del placer es por excelencia la juventud, por lo menos para los que no comprenden que la juventud, como escribió cierto autor, no existe para el placer sino para el heroísmo.

Pero hay otra razón. Es que la vejez, que puede representar la plenitud del alma, es ciertamente una decadencia del cuerpo. Y como el hombre contemporáneo es materialista y tiene los ojos cerrados para todo lo que es del espíritu, evidentemente la vejez le ha de causar horror.

Pero la realidad es que, si un hombre supo durante toda la vida crecer no sólo en experiencia, sino en penetración de espíritu, en sentido común, en fuerza de alma, en sabiduría, su mente adquirirá en la vejez un esplendor y una nobleza que traslucirá en su cara y será la verdadera belleza de sus últimos años. Su físico puede sugerir el recuerdo de la muerte que se acerca, pero en compensación su alma tendrá destellos de inmortalidad.

Un ejemplo memorable de lo que afirmamos fue Winston Churchill, a cuya inteligencia rutilante de lucidez, a cuya voluntad de hierro un gran pueblo confió la más difícil de las tareas, que es reergüir un imperio decadente.

En las fotos de su juventud se veía indiscutiblemente un joven de buena presencia, inteligente, con futuro. Pero ni su mirada tenía la profundidad, ni el porte la seguridad, ni la fisonomía la fuerza hercúlea de su vejez como podemos ver en la foto. La juventud sin duda se fue y con ella la lozanía, pero el alma creció mientras el tiempo marcaba implacablemente el cuerpo. Y esta alma era por sí sola la columna sobre la que reposaba todo un Imperio.

Esto es, incluso en el mero orden natural, la gloria y la belleza de envejecer. ¡Cuanto más decisivos serían estos comentarios si considerásemos los aspectos sobrenaturales del asunto!

EXCERTOS DE COMENTARIOS DEL PROF. PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA AUTORIA DE NACHO ALDAY SIN REVISION DEL AUTOR.

17 de junio de 2018

La gente nacida después de 1975 es cada vez más tonta

LA INVERSIÓN DEL EFECTO FLYNN

La gente nacida después de 1975 es cada vez más tonta

Un estudio concluye que el cociente de inteligencia de los jóvenes ha comenzado a caer después de un aumento constante desde la Segunda Guerra Mundial



MadridActualizado:
Durante el siglo pasado, el cociente intelectual de la población se incrementó en tres puntos en cada generación, lo que fue conocido como el efecto Flynn. Varias teorías han intentado explicar esta brillante explosión de la mente humana, como una mejor nutrición, el cuidado de la salud, la universalización de la educación e incluso la iluminación artificial. Sin embargo, esta tendencia parece haber sufrido un importante retroceso.
Investigadores noruegos han llegado a la conclusión de que la inteligencia de los jóvenes ha comenzado a caer al menos siete puntos por generación. Es decir, parece que nos estamos volviendo más tontos. El descenso comenzó con los nacidos en 1975, que alcanzaron la edad adulta a principios de los años noventa. Según los autores del estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el motivo no es una cuestión genética, sino que se debe a aspectos ambientales como determinados cambios en la enseñanza o el sacrificio del hábito de la lectura en favor de los ordenadores y las pantallas.
El equipo del Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch en Noruega analizó los resultados de los tests de cociente intelectual de jóvenes varones noruegos que ingresaron en el servicio militar obligatorio desde 1970 a 2009. En total, se contabilizaron 730.000 pruebas. Al estudiar los datos, los investigadores encontraron que las puntuaciones disminuían en un promedio de siete puntos por generación, una clara reversión de los resultados. Los nacidos en 1991 obtuvieron alrededor de cinco puntos menos que los que nacieron en 1975, y tres puntos menos que aquellos nacidos en 1962.
Investigaciones anteriores habían apuntado crudamente que las personas menos inteligentes tienen más hijos, por lo que se propagan sus genes menos favorables. Sin embargo, los autores del nuevo estudio creen que la causa no es genética, sino que el declive se debe a factores relacionados con el entorno. Sin apuntar a una causa definitiva, sugieren que los cambios en la forma en la que se enseñan las matemáticas y los idiomas, o la preferencia por la televisión y los ordenadores a la lectura de libros pueden estar detrás de nuestra actual tendencia a la estupidez.

Otra forma de medir la inteligencia

Antes de alarmarse, los investigadores también señalan que quizás lo que llamamos inteligencia en la era digital ya no sea lo mismo que se creía de forma clásica, por lo que es posible que no se pueda capturar con las pruebas de cociente de inteligencia tradicionales.
De todas formas, no es la primera vez que los científicos advierten de esta caída en la inteligencia humana. Dos estudios británicos anteriores ya indicaban que el cociente intelectual había disminuido entre 2,5 y 4,3 puntos por década. En un informe, publicado en 2013, los hombres y mujeres de la época victoriana (1837-1901), distinguida por una gran ebullición científica, inventiva y artística, aparecían como más brillantes que sus descendientes actuales. En este caso, la afirmación se sustentaba en la comparación de los resultados de los tiempos de reacción a estímulos visuales en pruebas realizadas a los ciudadanos desde finales del siglo XIX hasta los tiempos modernos. Al parecer, la velocidad de nuestros reflejos, una señal de capacidad intelectual, es bastante más pobre en comparación con la de nuestros antepasados.

Estas investigaciones fueron controvertidas, pero el nuevo estudio noruego viene a darles la razón.

28 de mayo de 2015

¿Te acuerdas cuando leíamos de corrido?

¿Te acuerdas cuando leíamos de corrido?

Los efectos de la exposición a Internet y las pantallas en la lectura profunda despierta preocupación entre los científicos

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Una jóven consulta su teléfono móvil. / BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Un martes cualquiera, a las ocho y media de la mañana, el andén delmetro de Madrid es una colección de hombres y mujeres con la nuca doblada. Miran las pantallas de sus móviles y leen al ritmo que marcan las yemas de sus dedos que suben y bajan. Esta imagen se repite por las calles de España, en las salas de espera del médico, en las colas de los supermercados. Leemos mucho, a todas horas y a trompicones. El cambio en la forma de leer y procesar la información se ha convertido en una creciente fuente de observación y preocupación entre neurocientíficos y psicólogos, que temen que nuestra capacidad de concentración y de leer en profundidad esté mermando.
Los científicos trabajan con la hipótesis de que la forma de leer en Internet, rápida, superficial y saltando de una información a otra junto a la expansión de las redes sociales y de los teléfonos inteligentes, han cambiado no solo nuestra forma de leer, si no también nuestro cerebro. Dicen incluso que el actual es un momento histórico, comparable a la invención de la imprenta o incluso de la escritura, y que ha llegado el momento de retomar el control de nuestros hábitos de lectura.
Investigaciones científicas de todo el mundo apuntan en esa dirección. En Europa, más de un centenar de investigadores suman fuerzas en una plataforma con la que pretenden desentrañar los efectos de la digitalización en los distintos tipos de lecturas. “Es muy plausible que la lectura profunda sea menos compatible con la lectura en las pantallas y que sea más difícil concentrarse porque las redes sociales, los correos, los anuncios web compiten por la atención del lector. Ese es el patrón que emerge de numerosos experimentos”, indica Anne Mangen, del Centro para la Investigación y la Educación Lectora de la Universidad de Stavanger, en Noruega, y presidenta de la plataforma europea E-Read. El proyecto que preside Mangen ilustra la preocupación y el interés por el asunto. “Casi cada día tenemos investigadores que quieren sumarse al proyecto. Hemos tocado nervio”.
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Una mujer lee el movil en el tren. /BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Hasta aquí, la sinopsis de este artículo compuesta por tres párrafos introductorios de fácil lectura en Internet, con enlaces que le permitirán saltar a otras páginas. A partir de ahora viene el resto del artículo, mucho más largo y en el que se desarrollarán las afirmaciones arriba expuestas. Es muy probable, sin embargo, que usted no llegue hasta el final, que se distraiga y corra a comprobar los mensajes de su móvil o salte a otra web. No se preocupe, no será el único.
Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad estadounidense de Tufts, es un referente en la materia. “Temo que la lectura digital esté cortocircuitando nuestro cerebro hasta el punto de dificultar la lectura profunda, crítica y analítica”, explica por teléfono Wolf, quien accede a abandonar por unos minutos su encierro californiano, donde trabaja en su próximo libro sobre la lectura. “Nuestra mente es plástica y maleable y es un reflejo de nuestros actos. Las investigaciones nos dicen que ha disminuido mucho nuestra capacidad de concentración. Los jóvenes cambian su atención unas 20 veces a la hora, de un aparato a otro. Cuando se sientan a leer, tienden a reproducir esa lectura interrumpida y en zigzag. Tenemos que ser conscientes de que estamos en medio de un cambio muy profundo”.
Wolf cree que el momento histórico que más se asemeja a la revolución actual fue la transición de los griegos de la cultura oral a una centrada en la escritura. Sócrates, gran defensor de la cultura oral, protestó contra la cultura escrita, porque pensaba que era el único proceso intelectual capaz de probar, analizar e interiorizar conocimientos y de conducir a los jóvenes a la sabiduría y la virtud, explica Wolf. Las ideas escritas, creía, cortocircuitarían este proceso.
La sensación que producen las redes sociales de que siempre tienes que estar disponible para contestar
En 2010, David Nicholas presentó con la University College de Londres un estudio que dio la vuelta al mundo y que puso el foco en lo que llamaron la generación Google y que concluyó que los nativos digitales, nacidos a partir de 1993 eran más incapaces de analizar información compleja y más propensos a leer a toda prisa y de forma más superficial. Desde entonces, los teléfonos inteligentes y las redes sociales han ocupado parcelas y minutos de nuestras mentes antes liberados. El último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) resalta la rápida penetración de los smartphones en España y cifra en 73,3 las conexiones por cada 100 habitantes. “Neurólogos y psicólogos confirman ahora que aquel diagnóstico no ha hecho más que empeorar. Nuestro cerebro ha perdido capacidad de concentración. La gente ya no quiere leer largo y profundo. El cambio es rapidísimo y los teléfonos inteligentes han acelerado este proceso porque hacen además que la gente lea en movimiento, lo que supone una distracción adicional. Las implicaciones para nuestra cultura y nuestra sociedad son inmensas”.
Andrew Dillon, catedrático de Psicología de la Información de la Universidad de Austin, en Texas, es otro de los grandes estudiosos del fenómeno y no alberga dudas de que “asistimos a un cambio en nuestra forma de leer. Durante siglos apenas ha habido cambios. Aprendíamos a leer y a lo largo de nuestra vida íbamos perfeccionando esa habilidad. Ahora todo eso ha cambiado. Vamos saltando de un vínculo a otro. Leemos mucho, pero de una forma muy superficial. Como sociedad, estamos perdiendo la capacidad de formular ideas profundas y complejas. Corremos el riesgo de estar atontándonos, de pensar de manera más simplista y fragmentada. Tenemos que dar a la mente la oportunidad de manejar ideas complicadas”.

Un rato para desconectar cada día

Los expertos como Maryanne Wolf, autora de Cómo aprendemos a leer, recomiendan reservar un tiempo cada día para desconectar de las pantallas y de Internet para recobrar el sosiego y la concentración necesarios para la lectura profunda. Wolf explica que no solo basta con sentarse y coger un libro. Aconseja dejar fuera de la habitación el móvil y la tableta para no sucumbir a la tentación. “Hay que hacer un esfuerzo consciente, porque cada vez nos bombardean con más información. La tecnología que hemos creado es un imán para la lectura superficial”, coincide Andrew Dillon, decano de la Facultad de la Información de la Universidad estadounidense de Austin (Texas).
Mangen, la investigadora noruega, ha realizado tres estudios empíricos en los últimos años para analizar el impacto de las pantallas en la lectura. En uno de ellos, chicos de 15 años leyeron textos de cuatro folios en papel y otros lo hicieron en formato digital. Cuando les examinaron de comprensión lectora, vieron que los que habían leído en papel habían comprendido mucho mejor el texto. En otro de sus experimentos participaron adultos canadienses a los que se les dio un relato muy triste. Los que leyeron en papel mostraron mayor empatía que los que usaron una tableta. Mangen, como otros expertos, advierte de que aún no se pueden extraer conclusiones generales, en parte porque habrá lecturas que se beneficien del uso de las pantallas, pero la profunda probablemente se resentirá.
La misma cautela transmite Ladislao Salmerón, uno de los dos representantes españoles en el proyecto de investigación europeo. Asegura sin embargo, que algunos estudios sugieren que la información digital nos proporciona la sensación de una falsa facilidad para analizar los datos y que el miedo es que esa sensación se traslade al ámbito de la lectura profunda, “uno de los actos más complejos del ser humano”. Salmerón, experto en hipervínculos de la estructura de investigación interdisciplinar de la lectura de la Universidad de Valencia, asegura que es muy difícil establecer una causalidad unívoca entre los hábitos de lectura digital y la concentración o la impaciencia. Ha estudiado el movimiento ocular durante la lectura de estudiantes de 13 y 14 años y ha concluido que los alumnos buenos en papel leen mejor también en digital, siempre que utilicen las estrategias de lectura profunda y no abusen del escaneo.
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Dos mujeres utilizan el móvil en el centro de Madrid. / BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Uno de los estudios a los que Salmerón hace referencia es el de R. Ackerman y M. Goldsmith, de la Universidad de Haifa (Israel), que concluye que los alumnos que utilizan la pantalla estudian menos tiempo que los que leen los mismos textos en papel, porque la lectura en pantalla genera la sensación de falso aprendizaje y dejan la tarea antes de tiempo. Otro, de la Universidad de Northwestern (EE UU), estudió a padres que leen a sus hijos con una tableta y otros que les leen un libro en papel. Estos últimos dedican más tiempo a comentar cuestiones relacionadas con la historia y su vocabulario, mientras los primeros comentan más elementos técnicos (cómo encender el aparato, para qué sirven los botones…) durante la lectura. Otro más, de la Universidad de Connecticut, examinó los efectos de la multitarea en los estudiantes y concluyó que los estudiantes que mensajeaban mientras leían un texto demostraban una comprensión lectora mucho peor.
Naomi Baron, lingüista de la American University y autora de Words Onscreen: The Fate of Reading in a Digital World, explica ha realizado experimentos con universitarios de Estados Unidos, Alemania, Japón y Eslovaquia que indican que se concentran más y mejor cuando leen en papel. Cita estudios que hablan de una cierta resurrección de la lectura en papel. “Hace tres o cuatro años, en Estados Unidos y en Reino Unido mucha gente pensó que la lectura digital iba a acabar con la lectura en papel. Los últimos dos años demuestran que la gente sigue comprando libros”. Para Baron, la cuestión no es tanto el soporte, papel o digital, sino más bien las distracciones inherentes a la conexión a Internet y a las redes sociales. “Tengo alumnos para los que la lectura es el tiempo que transcurre hasta el siguiente bip que les anuncia que tiene un mensaje en el móvil, que un amigo ha actualizado su Facebook, o que tiene un wasap. El problema es la sensación que producen las redes sociales de que siempre tienes que estar disponible para contestar. Es muy difícil concentrarse, porque la hiperconexión hace que temas estar perdiéndote algo. Somos socialmente más inseguros y estamos más estresados”.
Insiste además, en que la multitarea, a diferencia de otras actividades no mejora con la práctica. “Si tocas el violín y practicas mucho, acabarás tocando mejor. El problema es que cuando haces varias cosas distintas a la vez –estoy escribiendo y salto a comprar un billete por Internet-, los estudios psicológicos concluyen que no lo haces tan bien como si haces una sola cosa, por mucho que ejercites la multitarea”.

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Una joven mira la pantalla de su movil. /BERNARDO PEREZ (EL PAÍS)
Los expertos como Wolf, recomiendan un tiempo diario de desconexión. No solo basta con coger un libro. Hay que alejar el móvil y la tableta para no sucumbir a la tentación. “Es importante reservar un tiempo cada día para leer desconectados de Internet. Hay que hacer un esfuerzo consciente, porque cada vez nos bombardean con más información”, aconseja Dillon.
Lector, ¿sigue ahí?
En España, el fenómeno está menos estudiado, en parte, porque la expansión de la vida digital ha sido más tardía que en el mundo anglosajón, explica Antonio Basanta, director de la fundación Germán Sánchez Ruipérez: “En España no hay estudios fiables”. Datos de la Federación de gremio de editores sí indican que se venden menos libros: 153.830.000 ejemplares en 2013 frente a los 228.230.000 de 2010. El último barómetro del CIS indica además, que la mitad de españoles no compró ningún libro en 2014 y que el 35% no lee nunca o casi nunca.
Al contrario que sus colegas anglosajones, Basanta mira al futuro de la lectura con gran optimismo. “La tele y la radio también iban a ser una catástrofe. Nunca se ha leído tanto en el mundo ni ha habido tanta información disponible. Si se maneja bien, puede ser algo extraordinariamente positivo. No se trata de poner puertas al campo, sin no de adiestrar a las personas para que extraigan el máximo rendimiento de los distintos tipos de lecturas, de la unívoca y de la plural. Picotear o leer con profundidad no son acciones antagónicas, son complementarias. Sí, hay una oferta que nos invade, pero lo que tenemos que hacer es tomar de nuevo el timón”. Basanta cree la escuela es el lugar en el que la convivencia de las lecturas debe convertirse en un objetivo prioritario. “El sistema educativo no les enseña esas capacidades”.
Corremos el riesgo de estar atontándonos, de pensar de manera más simplista y fragmentada
Un domingo de mayo, a última hora de la tarde, una quincena de personas se reúne para diseccionar Noticias de un secuestro de Gabriel García Márquez. Forman parte del club de lectura El Ciervo Blanco y la mayoría hace décadas que dejó atrás la escuela. En general, reciben Internet, los ebooks, las tabletas con los brazos abiertos, dicen que les permiten profundizar y acceder a información de una forma inimaginable hasta ahora. No tienen miedo a que su forma de leer se vea afectada por las nuevas tecnologías. “Tengo muchas décadas de libro. No creo que vaya a cambiar mi forma de leer de un día para otro”, piensa Susana Gutiérrez, una abogada de 52 años que hoy participa en la tertulia.
En la otra punta del corrillo literario se sienta Virginia Jiménez, maestra de primaria de 33 años. Su visión difiere bastante de la de sus colegas más veteranos. “Yo lo noto mucho. Ahora me cuesta mucho más concentrarme. A veces leo y tengo que volver a leer lo mismo porque no me entero”. Cuenta que sus alumnos sufren todavía más el cambio. “No se centran y tienen poca capacidad para esperar. Van muy rápido, a lo superficial y no entienden lo que leen, tampoco los que son buenos alumnos. Les preguntas dónde sucede la historia y te responden que la semana pasada”. Este artículo termina aquí. Ya puede pasar a la siguiente tarea.
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