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14 de abril de 2020

RESURRECCION

lunes, 13 de abril de 2020


RESURRECCIÓN - 14/04/2020

TRANS. IGNACIO BARANDIARAN

La Resurrección representa el triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la derrota completa de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra fe. San Pablo afirma que, si Cristo no hubiese resucitado, nuestra fe sería vana. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se funda todo el edificio de nuestras creencias. Cristo, Nuestra Señor, no fue resucitado, resucitó. Lázaro, fue resucitado. Él estaba muerto. Jesucristo lo llamó de la muerte a la vida. Al Divino Redentor, nadie lo resucitó. Él se resucitó a sí mismo. No tuvo necesidad de nadie que lo llamase a la vida. Volvió a ella cuando quiso.

Se ha hablado mucho y se ha sonreído sobre la resistencia del Apostol Santo Tomás a admitir la Resurrección. Quizá haya en esto alguna exageración. Lo cierto es que tenemos ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. En efecto, el Apostol Santo Tomás había dicho que necesitaría tocar con sus manos a Nuestro Señor para creer. Pero, viéndolo, creyó inmediatamente, antes le tocarlo. San Agustín ve en esa dificultad inicial del Apóstol una disposición providencial. El Santo Doctor de Hipona dice que el mundo entero quedó suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad para aceptar los motivos de creer, sirve de garantía a todas las almas timoratas de todos los siglos sobre la objetividad de la Resurrección, de que no se trató del fruto de imaginaciones en ebullición.

Todo lo que se refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía a la Santa Iglesia Católica. En la historia de la Iglesia vemos con frecuencia que, cuando ella parecía irremediablemente perdida y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían minar su organismo, ocurrieron siempre acontecimientos que la han mantenido viva contra todas las expectativas de sus adversarios. Es curioso que a veces son sus propios enemigos quienes la socorren como ocurrió en el cónclave para elegir a Pío VII realizado bajo la protección de las tropas rusas, siendo ellas cismáticas, dirigidas por un soberano cismático. En Rusia, la práctica de la religión católica era impedida, sin embargo, las tropas de ese país aseguraron en Italia la libre elección de un soberano Pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro por la intervención de Napoleón habría acarreado para la Santa Iglesia perjuicios, humanamente hablando, tal vez irreversibles. Estos son medios maravillosos que la Providencia utiliza para demostrar que Ella tiene el supremo gobierno de todas las cosas. Pero no pensemos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria o a las tropas rusas. Aún, cuando parece extinguida, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá.

Y cuanto más humanamente inexplicable sea la aparente resurrección de la Iglesia, aparente, acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, tanto más gloriosa será la victoria en estos turbios y tristes años que vivimos. Pero confiemos no en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o aquella corriente ideológica, para operar la restauración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia Divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer toda la tierra, si eso fuese necesario para el cumplimiento de la divina promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella.

13 de abril de 2020

RESUCITASTE

domingo, 12 de abril de 2020


RESUCITASTE – 13/04/2020

TRANS. IGNACIO BARANDIARAN

Curiosa paradoja. Vuestros enemigos continúan temiendo vuestras manos, aunque estén atadas. Y por esto os mataron. Vuestros amigos parecen menos conscientes de vuestro poder. Y porque no confían en Vos, huyen despavoridos delante de los que os persiguen. ¿Por qué? Aún ahí la fuerza del mal se patentiza. Vuestros enemigos aman tanto el mal, que perciben, aún bajo las humillaciones de las cuerdas que os prenden, toda la fuerza de vuestro poder… y ¡tiemblan! Para estar seguros, quieren transformar en llaga el último tejido de carne aún sano, quieren derramar la última gota de vuestra sangre, quieren veros exhalar el último aliento. Y aun así no están tranquilos. Muerto, todavía infundes terror. Es necesario lacrar vuestro sepulcro y cercar de guardias armados vuestro cadáver. Cómo el odio al bien les hace perspicaces, a tal punto de percibir lo que hay de indestructible en Vos.

Y, por el contrario, los buenos no ven esto con la misma claridad. Os reputan derrotado, perdido… huyen para salvar el propio pellejo. Sólo tienen ojos, sólo tienen oídos para presentir el propio riesgo. Es que el hombre sólo es perspicaz para aquello que ama. Y si ve mejor su riesgo que vuestro poder, es porque ama más su vida que vuestra gloria.

¡Pero cuánta razón tenían vuestros enemigos! Resucitaste. No sólo las cuerdas y los clavos de nada valieron, sino que, además, ni la losa del sepulcro, ni la cárcel de la muerte os pudieron retener. ¡Sí, resucitaste! ¡Aleluya!

Señor, ¡qué lección! Viendo a la Iglesia eclipsada por la apostasía de toda su Jerarquía, abandonada por sus hijos, negada por las costumbres paganas y por la ciencia panteísta de hoy, se vacila, se tiembla, se juzga todo perdido. ¡Señor, mil veces no! Vos resucitasteis por vuestra propia fuerza y redujisteis a la nada los vínculos con que vuestros adversarios pretendían reteneros en las sombras de la muerte. Vuestra Iglesia participa de esa fuerza interior y puede en cualquier momento destruir todos los obstáculos que se le oponen. Nuestra esperanza no está en las concesiones, ni en la adaptación a los errores del siglo. Nuestra esperanza está en Vos, Señor. Atended las súplicas de los justos que os imploran por medio de la Señora de todos los Pueblos. Enviad, ¡Oh, Jesús! vuestro Espíritu y renovaréis la faz de la Tierra.