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9 de junio de 2014

¿Monarquía o República?: Democracia

LA CUARTA PÁGINA

¿Monarquía o República?: Democracia

Necesitamos un sistema político que se asiente en el compromiso y honestidad de los demócratas antes que en sus cálculos electorales. La Constitución debe ser reformada y sometida a la voluntad popular

“Tenemos la fortuna de que esta Monarquía no cuenta con el apoyo de los monárquicos”.
El comentario, hecho a Felipe González por don Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre del rey Juan Carlos I, ilustra por sí mismo el dilema al que se enfrentaba la opinión pública española después de la muerte de Franco. Frente a quienes querían establecer un debate estéril sobre las formas de gobierno, triunfaron los que defendían la sustancia de la democracia. Hace unos días El Roto, con su habitual ingenio, publicaba un dibujo en este periódico en el que un indigente contestaba a la interrogante sobre Monarquía o República con la escueta demanda de “un trabajo”. Algo parecido a lo que en su día respondió Cambó cuando quiso resolver la papeleta respondiendo así a idéntica cuestión: “¿Monarquía o República? Cataluña”. Ambos ejemplos ilustran que cuando se habla de formas de gobierno se repara demasiado poco en sus contenidos. ¿Monarquía o República?, se preguntaron por su parte los constituyentes, y su contestación fue unánime: Democracia. Por eso las encuestas ponen de relieve, independientemente de cuál sea el sentimiento emocional de los ciudadanos respecto a la realeza, que un porcentaje muy bajo de los españoles se considera inquieto por la abdicación de don Juan Carlos en su hijo, mientras que para más de un 80% la principal preocupación es el paro.
Pese a estas evidencias empíricas, los medios de comunicación afectos a la derecha y quienes se apuntan al populismo al uso denunciando —¡una vez más!— nuestra democracia como una farsa burguesa han comenzado una batalla ideológica en defensa o contra el futuro de la Corona, según sus particulares gustos y manías. Para unos, resulta execrable la actitud de los republicanos, a los que integra sin mayores matices en la izquierda, o hasta en la extrema izquierda, y les critica acerbamente por solicitar un referéndum respecto a la continuidad del régimen. Escarban además con entusiasmo en el republicanismo tradicional del Partido Socialista, poniendo de relieve sus contradicciones internas, y avisan de una eventual traición a la Corona si el sector juvenil o reformador se hiciera con el poder en el PSOE. Para otros, entre los que sobresale Izquierda Unida, pretendida aliada del anarquismo suave rampante en nuestra sociedad, esta Monarquía parlamentaria es en realidad un apaño de las élites extractoras, responsables de la crisis financiera y económica que ha deteriorado y empobrecido a amplios sectores de la clase media. De donde infieren, en un salto acrobático de la inteligencia, que la única manera de evitar que continúen los desahucios a quienes no pagan las hipotecas sería un cambio de régimen.
Los constituyentes se mostraron unánimes en que la forma de gobierno es la democracia
En ambos casos, la pulsión es la misma: unos tratan de identificar, pro domo sua, la forma monárquica de gobierno con los intereses de la derecha y otros mantienen que solo un régimen republicano es capaz de amparar una verdadera democracia. Por si fuera poco, ahora que está en boga el derecho a decidir, exigen una consulta popular sobre el tema, reclamando así para las manifestaciones callejeras la representación de la soberanía popular. No pocos tertulianos de la televisión, cuyo desparpajo es incluso superior a su ignorancia, avalan unas y otras posiciones, a las que abiertamente se apuntan con el único deseo aparente de salir favorecidos en la foto.
Los intentos de descalificar a la izquierda por su republicanismo tienden a consolidar la hegemonía del partido en el poder y los intereses por él representados, al tiempo que amenazan con minar seriamente la continuidad de la Corona. En su discurso de abdicación el rey Juan Carlos recordó el empeño de su padre, y el suyo propio, de ser rey de todos los españoles, también de los que no creen en los reyes, ni magos, ni de cualquier otra especie. Ésta ha sido una actitud perdurable en su gestión del trono, que le valió el rechazo de los monárquicos a la violeta y el respeto y apoyo de partidos de estirpe republicana, como el socialista y el comunista. Renunciaron abiertamente a los símbolos de la República, contribuyeron de forma activa a la redacción de la Constitución, y entendieron que era la libertad lo que los españoles anhelaban, independientemente del color de las banderas enarboladas en su demanda. El descarado intento de la reacción conservadora de exhibirse como única y genuina representante de la Monarquía parlamentaria solo puede entorpecer la continuidad de ésta, como en su día propició el fracaso de la Restauración. El republicanismo activo de Pablo Iglesias —me refiero al original y no a su copia— estuvo precisamente justificado e impelido por la intervención personal del Rey en asuntos de la gobernación y el enfeudamiento de los partidos burgueses con las conspiraciones palaciegas. Ya Ortega y Gasset se encargó de aclarar en sus escritos socialistas de juventud que “la cuestión de la forma de gobierno no es la sustancial del significado político” del fundador del PSOE. Por lo demás es obvio que las monarquías no son en absoluto instituciones democráticas en lo que se refiere a su funcionamiento interno, pero en su versión parlamentaria amparan algunos de los regímenes más democráticos, libres y avanzados de la Tierra. La condición es que ningún partido, por mayoritario que sea, ni ningún sector social se vean privilegiados, favorecidos o distinguidos por la Corona respecto a cualquiera de sus competidores. Tampoco hostigados.
Corresponde a los políticos la iniciativa para resolver los defectos de las instituciones
Quienes reclaman públicamente un régimen republicano tienen facultad para hacerlo no solo gracias a la tolerancia del Gobierno y sus bases sociales, sino en el ejercicio de un derecho reconocido en la misma Constitución, contra la que ellos se manifiestan. Ese ejercicio debe ajustarse a ley, como cualquier otro, pero lo mismo habría que decir de las encendidas exclamaciones de ¡Viva el Rey!, que le incitan, al que se va y al que llega, a intervenir en los asuntos públicos más allá de las facultades de arbitraje y moderación que le son propias. Los graves defectos de funcionamiento de nuestras instituciones no pueden ser resueltos por ningún monarca, sino por la iniciativa de los políticos. Y en lo que se refiere a la izquierda, los socialistas que apresuradamente se apuntan a una consulta exclusiva sobre la forma de gobierno, olvidando otras más acuciantes carencias constitucionales, deberían aprender del historial de conflictos de su partido con los anarquismos de turno, siempre deseosos de arrebatarles el protagonismo de una revolución, hoy imposible, y ahora de las reformas solicitadas, tan necesarias como difíciles. Los discursos de Pablo Iglesias (el original, que no la copia) y su correspondencia privada con Engels, están repletos de ejemplos al respecto y bien pueden servir de aviso a navegantes.
Hace menos de 40 años que este país aprobó una Constitución democrática gracias a un pacto entre todas las fuerzas políticas representativas de la época, con la excepción puntual del Partido Nacionalista Vasco. En ella se prevé como forma de Estado la monárquica y se establecen una serie de previsiones para la sucesión en la titularidad de la Corona. La inicial renuencia o el abierto rechazo de Convergència i Unió y de Izquierda Unida (heredera del Partido Comunista de España) a mostrarse coherentes con la ley que sus antiguos dirigentes redactaron y votaron es una patética prueba, una más, de la ausencia de liderazgo político en sus filas y de las inclinaciones populistas de quienes las encabezan. Igual que necesitamos una Monarquía que no esté defendida por monárquicos, es precisa una democracia que se asiente en el compromiso y honestidad de los demócratas antes que en sus cálculos electorales.
Me parece indudable que la Constitución debe ser reformada cuanto antes, por los cauces en ella misma establecidos, y someterse en referéndum a la voluntad popular, que ratificará o no la forma de gobierno, la articulación territorial y las demás cuestiones pendientes que afectan a la convivencia de los españoles. Hace ya demasiado tiempo que padecemos una crisis institucional que así lo exige. Por supuesto la expresión de las redes sociales, las de los locutores de programas de entretenimiento político y, sobre todo, la de miles de manifestantes que exhiben con toda libertad su protesta, deben tenerse en cuenta. Pero no pueden sustituir, ni legal ni emocionalmente, a la voluntad democrática expresada en las urnas. No, si queremos evitar un suicidio colectivo.
Juan Luis Cebrián es presidente de EL PAÍS y miembro de la Real Academia Española.

La mayoría de españoles desea una consulta sobre el modelo de Estado

ENCUESTA DE METROSCOPIA

La mayoría de españoles desea una consulta sobre el modelo de Estado

Casi la mitad de los encuestados defendería la Monarquía de Felipe VI

La mayoría de los españoles espera que en algún momento haya un referéndum sobre la Monarquía, aunque apoya la abdicación del Rey y considera acertada la forma utilizada y el momento elegido. Según los datos de Metroscopia para EL PAÍS, hasta un 62% de los encuestados estaría a favor de convocar la consulta, mientras que casi la mitad, el 34%, está en contra.
El miércoles el Congreso refrendará por amplia mayoría la abdicación del Rey y solo se saldrá del guion menos del 10% de los diputados, quepedirán expresamente la celebración de un referéndum sobre la forma de Estado. El Grupo de la Izquierda Plural (IU, ICV y CHA) y una parte del Grupo Mixto quedarán sepultados por la mayoría de PP, PSOE y UPyD. Sin embargo, la petición de referéndum sobre Monarquía o República no solo no está alejada del sentimiento ciudadano, sino que una mayoría de españoles considera que en algún momento habrá que hacer esa consulta. Es decir, la opinión del Parlamento no tiene traslación automática en la sociedad, donde hay muchos más matices y no parece un asunto resuelto entre los españoles. Especialmente existe ese mar de fondo entre los que se reconocen como votantes de la izquierda y los de menos edad.
Los más jóvenes y los que confiesan haber votado a partidos de la izquierda son los más partidarios de la consulta. Un 74% de los que tienen entre 18 y 34 años, es decir, los que han vivido siempre en una democracia constitucional y, obviamente, no refrendaron la ley fundamental, quieren votar el modelo de Estado.
En el caso de los partidos, es coherente con la posición oficial de IU que el 98% de sus votantes esté a favor de la consulta. Esta formación, integrada con ICV y CHA en el grupo de Izquierda Plural, presentó ayer su enmienda de totalidad a la ley que pide que la consulta se haga en tres meses y que se abra un proceso constituyente. No lo es en el caso del PSOE porque queda en evidencia que la mayoría de sus electores va por un camino y los dirigentes socialistas y sus parlamentarios van por otro. La dirección del PSOE rechaza de plano la posibilidad del referéndum ahora y en el futuro, mientras que un 68% de los que se dicen votantes de este partido creen que en algún momento debe hacerse la consulta.
En la anterior legislatura, José Luis Rodríguez Zapatero, entonces presidente, frenó en seco la reforma constitucional limitada que puso en marcha porque necesitaba un referéndum en el cambio del artículo sobre la Corona. Solo se trataba de eliminar la prevalencia machista en la sucesión, pero Zapatero renunció a seguir adelante para que la consulta necesaria no se convirtiera en un plebiscito sobre la Monarquía. Sí se corresponde con la actuación del PP que el 60% de sus votantes rechace la consulta a los ciudadanos sobre el modelo de Estado.
Esa petición mayoritaria de referéndum no predispone, no obstante, a un rechazo a la monarquía y un apoyo a un sistema republicano. De hecho, casi la mitad de los encuestados asegura que si se planteara defendería una Monarquía encabezada por Felipe VI, aunque un 36% esté por una República.
También en este caso hay notables diferencias por partidos y por edades: los más jóvenes y los que votaron a la izquierda están por la República. Un 86% de votantes de IU está a favor de la República, como la dirección de la formación.
El grueso de consultados ve bien la abdicación, en tiempo y forma
En el caso del PSOE, la encuesta confirma también en este punto que el partido tiene un problema con sus bases o, al menos, con una parte importante de ellas. La división entre los socialistas hace que solo haya entre sus votantes una ligera mayoría en favor de la Monarquía de Felipe VI. Juventudes Socialistas tiene en su programa la República, estos días ha pedido la convocatoria de una consulta, en la conferencia política hubo un intenso debate sobre este asunto y algunos de sus diputados han pedido libertad de voto.
Por contra, el apoyo a la Monarquía es mucho más firme entre los votantes del PP y el 79% se declara partidario de este sistema. Pese a todo, la encuesta realizada esta semana muestra que la mayoría de los españoles ve con buenos ojos la abdicación del Rey y, además, comparte la forma y el momento utilizados. Un 83% ve adecuada la decisión del monarca, el 67% ve adecuado el momento y el 66% entiende que puede dar paso a personas nuevas y con ideas nuevas. Con diferencias, esas mayorías claras se mantienen entre los votantes de PSOE e IU, es decir, gran parte de los que quieren una consulta y de los que están a favor de la República se alegran de la abdicación de don Juan Carlos. Una mayoría amplia lo ve como una oportunidad de mejorar los problemas del país dando paso a nuevas personas.
Parte de la explicación está en que el actual Príncipe y futuro rey Felipe VI tiene mejor valoración entre los españoles que su padre. Esta tendencia se mantiene desde 2006 en las encuestas oficiales del CIS que marcan un desgaste progresivo de la imagen del Rey, aunque según este sondeo en el adiós mejora sustancialmente su valoración.
Ambos tienen mejor nota entre los votantes del PP y entre los ciudadanos de mayor edad, es decir, también en este dato se constata más distancia de la Monarquía con la izquierda y con los más jóvenes. Por ejemplo, entre los que tienen menos de 34 años la nota que le dan al todavía Príncipe es de 6,9, frente al 8 de los mayores de 55 años. El dato se explica también por el hecho de que, según el sondeo, el principal activo del Rey sigue siendo su papel en la Transición, reconocido por el 72% como imprescindible para la llegada de la democracia. Por eso, los de menos edad son los más críticos, porque carecen de la referencia predemocrática y no se sienten sujetos al pacto de aceptación de la Monarquía en la que se basó la Transición.

19 de febrero de 2013

Una normalización federal


TRIBUNA

Una normalización federal

Se necesita reformar el Estado de las autonomías para estabilizarlo y esto requiere operar sobre las competencias y establecer mecanismos eficaces de coordinación política a nivel central y autonómico

Soportando una grave crisis económica, cuya evolución no se percibe con claridad, la sociedad española viene padeciendo sus efectos desde hace varios años. Pero también se manifiesta una crisis institucional, y dentro de ella una crisis constitucional, especialmente de su modelo territorial, el Estado de las Autonomías. Para unos su sobredimensionada estructura y la práctica de su funcionamiento contribuyen a agravar aún más la crisis económica, por lo que plantean reformas recentralizadoras. Para otros el Estado de las Autonomías ya "está agotado", no responde a las demandas actuales, y debe ser sustituido por otro modelo. Algunos partidos nacionalistas, finalmente, ya no están interesados en introducir reformas, pues se han propuesto abandonarlo, establecer otro Estado independiente del español.
El PP se mantiene al respecto en el mayor de los inmovilismos. Recientemente (diciembre 2012) el presidente del Gobierno consideró que la Constitución, en su actual texto, podría servir para los próximos diez años, y condicionó el planteamiento de una reforma constitucional a la previa definición con toda precisión del objeto y alcance de la misma, y a la existencia de consenso político suficiente en torno a ella.
El PSOE, por su parte, siempre hasta ahora ha defendido el Estado de las Autonomías, a cuyo establecimiento contribuyó con innegable protagonismo. No obstante, recientemente algunos en su seno promueven un cambio de modelo, el de un Estado Federal. Si la Conferencia Política prevista para octubre mantiene esta opción, el cambio no podrá dejar de sorprender. La reforma constitucional proyectada por el Gobierno de Zapatero en 2005 mantenía el Estado de las Autonomías, para el que postulaba una modificación constitucional limitada a la reforma del Senado y a la inclusión de la denominación de las comunidades autónomas. Pero es que, además, el último Congreso Federal del PSOE (febrero de 2012), en su resolución política opta por “fortalecer y racionalizar el Estado Autonómico”. En definitiva, el PSOE en este momento, y al menos hasta el próximo Congreso de 2016, defiende el mantenimiento del Estado Autonómico, planteando no obstante la introducción en el mismo de importantes cambios que implicarían una reforma parcial de la Constitución. Por eso, por ahora, la del Estado Federal ha de entenderse como una propuesta para el debate interno, y del partido con la sociedad, o con las demás organizaciones políticas.
El acuerdo de los dos grandes partidos resulta necesario necesario y, además, conveniente
Pero, ¿de qué vale una u otra propuesta socialista si el PP no se plantea por ahora reformar la Constitución? En todo caso, el acuerdo de los dos grandes partidos resulta necesario, y es además conveniente y oportuno. También habría que alentar la participación de los demás partidos autonomistas. En el pasado este tipo de acuerdos sirvieron para establecer (1981) y para ampliar (1992) el sistemaautonómico. En mi opinión, el objeto de este pacto debería ser el de reformar el Estado de las Autonomías para estabilizarlo y completarlo. Podría tramitarse por el procedimiento abreviado de reforma constitucional; si se planteara abandonar el Estado Autonómico habría que acudir a la vía del artículo 168, lo que no parece fácil para antes de las próximas elecciones generales.
Existe una amplia coincidencia, tanto en los círculos académicos como en los de opinión política, acerca de la necesidad de abordar pronto una reforma constitucional del Estado Autonómico, para completarlo en aquello que en 1978 no se pudo o no se supo hacer, y también para superar problemas sobrevenidos. Esta necesidad ya se planteaba desde antes de las últimas reformas estatutarias. Pero ahora, desde luego, se debería tener en cuenta, principalmente por el Gobierno, que para la salida de la crisis económica se requerirá, aparte de medidas económico-financieras y de una inaplazable reforma democrática que rearme moralmente a la ciudadanía, también de un profundo cambio en el aparato estatal, superando la actual situación de crisis institucional; crisis que se agravará en los próximos dos años, y no sólo en Cataluña. El concurso del PP resulta absolutamente necesario para ello, y este partido ha de tener en cuenta que si no aborda las reformas en esta legislatura, aparte el daño que por defecto producirá al país, otros muy probablemente lo plantearán como cuestión central en las próximas elecciones generales.
Normalización federal del Estado Autonómico. El Estado es un instrumento al servicio de la preservación o promoción de unos valores, o de la consecución de determinado modelo de sociedad; la decisión sobre una u otra forma de organización estatal debe por ello tener en cuenta el criterio de su mayor capacidad para servir a los fines públicos democráticamente definidos. Cualquier modelo de Estado democrático puede gozar de toda legitimidad, si en su establecimiento y en su ejercicio expresa la voluntad popular. Entre nosotros, hemos tenido ocasión de comprobar que la descentralización política constituye para los ciudadanos un valor que ha de ser preservado. El Estado de las Autonomías ya es un Estado Federal; pero, precisamente aplicando principios del federalismo, para mejor servir a la expresión de lo diverso y facilitar su integración en lo común, convendría completarlo y estabilizarlo.
Hay que modificar el Senado como instancia de integración y armonización federal
Para estabilizar el actual modelo autonómico se requiere operar sobre las competencias. Existe una amplia coincidencia en considerar que el sistema constitucional de reparto de competencias entre los niveles estatal y autonómico ha resultado problemático, pues al remitir su fijación a los Estatutos de Autonomía ha permitido, y hasta promovido, la permanente reivindicación de nuevas atribuciones por parte de las comunidades autónomas, con la consiguiente inestabilidad del sistema, y la derivada conflictividad ante el Tribunal Constitucional. La solución de este problema requiere remitir tal asignación a la Constitución, mediante la modificación de la misma. En definitiva, sacar las listas de competencias de los Estatutos de Autonomía para integrarlas exclusivamente en la Constitución, cerrando así el modelo, o —mejor— estableciendo un modelo cerrado. Éste fue el modelo propuesto por el PSOE en la ponencia y en la constitucional.
También resulta urgente establecer unos mecanismos eficaces de coordinación política entre el nivel federal y el de las comunidades autónomas, modificar en profundidad el Senado como instancia de integración y armonización federal, y constitucionalizar el sistema de financiación territorial y el régimen municipal común.
Con esta reforma del Estado de las Autonomías se promovería su normalización federal, estabilizando y completando un modelo que en la Constitución de 1978 no se consiguió articular correctamente. En mi opinión estas reformas, que supondrían enriquecer aún mas el bagaje federal del Estado de las Autonomías, resultan una alternativa más adecuada que la de optar por el establecimiento de un Estado Federal, que al final no será cosa muy distinta. Siempre será más sencillo modificar lo ya existente, que poner patas arriba el Estado con el establecimiento de un nuevo modelo. Por lo demás, se equivocan quienes piensan que con el establecimiento de un Estado Federal se calman las pulsiones independentistas de quienes quieren separarse, a los que resulta indiferente una u otra fórmula. Por el contrario, un proyecto de reforma del Estado debe servir a las necesidades e intereses del conjunto de la población española, que habrá de asumirla como un proyecto en positivo, y no como una reacción a singulares retos, que han de tener su tratamiento específico.
Pactar la reforma y su agenda. De nada vale, salvo para decorar la propia imagen política, plantear una reforma constitucional sin alcanzar enseguida un pacto que permita lograr la mayoría parlamentaria requerida. Hay que pactar la reforma y su agenda. Pero antes, desde ahora mismo, podría resultar conveniente que los diversos círculos de opinión formalicen sus propuestas, y procedan al menos a constatar y valorar las coincidencias y las discrepancias. Luego, en el momento en que los partidos lo consideraran posible y oportuno se pasaría a definir en común el alcance de la reforma, y una agenda que la hiciera posible dentro de esta legislatura.
Luis Fajardo Spínola fue diputado constituyente y miembro de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE. Su último libro es ¿Hacia un nuevo modelo de Estado? Los socialistas y el Estado Autonómico (Civitas, 2009).