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21 de junio de 2016

EL PAIS - EDITORIAL: Interior bajo sospecha Opacidad en un ministerio clave en medio de un recorte de libertades

Interior bajo sospecha
Opacidad en un ministerio clave en medio de un recorte de libertades
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Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior en funciones y candidato del PP por Barcelona, con dirigentes populares en el arranque de la campaña electoral.
Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior en funciones y candidato del PP por Barcelona, con dirigentes populares en el arranque de la campaña electoral. QUIQUE GARCÍA EFE

El funcionamiento del Ministerio del Interior es uno de los temas más oscuros de este país. Se habla poco de ello durante la campaña electoral, y no será porque falten datos. El último es la presunta red de corrupción en el seno de la Policía Nacional, puesta de manifiesto por el levantamiento del secreto del sumario en una pieza separada del llamado caso Nicolay (el procedimiento contra El Pequeño Nicolás).

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Tan solo la intervención de la fiscalía ha evitado, por el momento, la investigación sobre cuatro comisarios por presuntos delitos de revelación de secretos, encubrimiento y, en el caso de José Manuel Villarejo, organización criminal. No es la primera vez que los responsables de Interior miran para otro lado. En este caso, el informe de la comisión judicial de la Policía Nacional señalaba al director adjunto operativo del cuerpo, Eugenio Pino, y a otros altos cargos por actuar en connivencia con Villarejo para “acabar con la instrucción del procedimiento”. Puede que el fiscal tenga razón cuando dice que las acusaciones desbordan el ámbito formal de la investigación en que estaban hechas. Sin embargo, Interior y la fiscalía no pueden quedarse quietos ante asuntos que afectan a la cúpula policial e incluso al secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, al que se incluye en decenas de llamadas realizadas entre policías y ciertos periodistas durante los momentos previos a la filtración de una grabación —ilegal y manipulada— que buscaba la nulidad del procedimiento contra El Pequeño Nicolás.

Lejos de acabar de raíz con lo que parece un servicio policial paralelo, nos encontramos con un ministerio convertido en una presunta fábrica de dosieres políticos. Entre ellos, los referidos a la familia Pujol, a Xavier Trias —exalcalde de Barcelona— o el llamado informe PISA (siglas de Pablo Iglesias Sociedad Anónima), documentos difundidos públicamente sin membrete ni responsable alguno con el fin de forzar una investigación oficial. Villarejo lleva muchos años compaginando la actividad policial con negocios particulares. Cuando EL PAÍS ha dado cuenta de ello, el ministro, Jorge Fernández Díaz, se ha limitado a resaltar sus servicios al Estado.

Estos hechos cuestionan al Ministerio del Interior, una institución básica en un Estado de derecho que en ningún caso puede ser motivo de sospecha. Se añade a esta polémica la controvertida ley de seguridad ciudadana (o ley mordaza), que atribuye a la autoridad gubernativa la potestad de castigar una serie de conductas cuya sanción correspondía antes a los jueces y que permite sancionar la negativa a identificarse o la celebración de manifestaciones sin comunicación previa ante las Cortes, Parlamentos autónomos o altos tribunales.

No había motivos que aconsejaran incrementar los instrumentos a disposición de las fuerzas de seguridad para afrontar los excesos, que han sido escasos. Al contrario, pese a la dureza de la crisis económica, España ha sido un país ejemplar en cuanto al orden público y la seguridad ciudadana. Prueba del escaso apoyo a esa ley, que desde el principio fue rechazada por los penalistas más importantes de este país, es la petición de derogación que las fuerzas políticas pactaron en la pasada legislatura. El ministro Jorge Fernández Díaz ha tenido una gran ventaja sobre cualquiera de sus antecesores: en esta etapa no ha necesitado gestionar la lucha contra ETA. Y las numerosas investigaciones para prevenir el terrorismo yihadista se han hecho con máximo consenso político y con el respaldo judicial. No era tan difícil llevar a cabo una buena gestión. Lamentablemente, se impuso la ideología y la voluntad de utilizar procedimientos oscuros contra enemigos políticos.


13 de marzo de 2016

Un 'Donald Trump brasileño' capitaliza el malestar social



Un 'Donald Trump brasileño' capitaliza el malestar social

Jair Bolsonaro, un polémico diputado de extrema derecha, aumenta su popularidad en medio de la tensión política de Brasil


 
El diputado Jair Bolsonaro. Wilson Dias Agencia Brasil 

En días de polarización política en Brasil, con miles de personas a punto de salir a las calles el domingo contra el Gobierno de Dilma Rousseff y el ex presidente Lula da Silva, hay un político que está frotándose las manos. Se trata del diputado de extrema derecha Jair Bolsonaro, que defiende que los homosexuales son fruto del uso de drogas y es partidario de prohibir votar a analfabetos y personas sin ingresos. Bolsonaro suele ser una estrella en las protestas, aclamado por la multitud, huérfana de candidatos, y no tiene miramientos en declararse de derecha. Quiere ser presidente en 2018 y los vientos conservadores que soplan en Brasil están disparando su popularidad.

El diputado se ha tomado en serio la promesa, ya lanzada en 2014, de “ser el candidato de la derecha”. Ha contratado a un experto en marketing. Un veterano publicista, con experiencia en Estados Unidos y partidario de la intervención de las Fuerzas Armadas en Brasil, es quien articula hoy la precampaña del precandidato. Recientemente, el diputado, en el Congreso desde 1991, se ha transformado en una máquina en las redes sociales. Más de 2,4 millones de personas lo siguen en Facebook, una cifra que supera al público virtual de Lula en más de 300.000 seguidores. En la red social, Bolsonaro moviliza 58 grupos y tiene 99 páginas asociadas a su nombre, según un análisis del Laboratorio de Estudios Sobre Imagen y Cibercultura. Lula tiene solamente nueve.

Bolsonaro, sin el apoyo del Partido Progresista (PP), aliado de base del Gobierno e involucrado en el escándalo de Petrobras, cambió de partido para presentarse candidato. Decidió unirse al Partido Social Cristiano (PSC), del pastor evangálico Feliciano, famoso por sus constantes insultos homofóbicos, y el pastor Everaldo, hijo y nieto de pastores evangélicos, que logró solamente el 0,75% de los votos en la última elección presidencial. Hoy en día, Bolsonaro, a más de dos años de las elecciones, tiene entre un 6% y un 7% de las intenciones de voto, dependiendo de los competidores, según la encuesta del instituto Datafolha de febrero.

El diputado todavía necesita alcanzar el 10% de las preferencias del electorado para que el partido lo elija oficialmente como candidato, pero la meta es pan comido para su gabinete. La estrategia es mantener el discurso de odio contra el desarme, el aborto, los derechos de las minorías, a favor de la reducción de la responsabilidad penal y el libre mercado. “Va a llegar tranquilamente. Hoy estamos viendo que una parte de la gente ha conseguido entender que las cosas que él decía hace cinco años, como que el PT no saldría del Gobierno sin que hubiese una lucha armada, ya están sucediendo”, explica uno de sus asesores. “Ahora tenemos que centrarnos en las ideas que siempre hemos defendido: la familia, la protección de las fronteras y el calentamiento de la economía, por medio del aumento del comercio con Estados Unidos”.

Los analistas políticos no se sorprenden con el surgimiento de una figura como Bolsonaro en un contexto político polarizado, como el que vive Brasil, aún más radicalizado después de que la Justicia apretase el cerco a Lula, acusado de corrupción. Un caso parecido ya se vio en Italia con Silvio Berlusconi y hoy, en EE UU, con un imparable Donald Trump. “Es natural que, cuando la izquierda viene siendo atacada, como lo viene siendo aquí en Brasil, surjan esos candidatos con propuestas más conservadoras”, dijo Glauco Peres da Silva, profesor de ciencias políticas en la Universidad de São Paulo.

La izquierda y los defensores de los derechos humanos cargan contra él; pero muchos brasileños, sobre todo los de las clases populares, lo apoyan

Otra cuestión es que Bolsonaro haya llegado tan lejos. “Mientras que Trump es un hombre de negocios exitoso, la experiencia como gestor del diputado no va más allá de su gabinete”, comenta un amigo y admirador de las ideas del diputado, que, aun así, es consciente de sus limitaciones. 

“Bolsonaro es un sujeto que tiene límites electorales muy claros. Capitanea a los votantes de la extrema derecha, que son personas muy religiosas, contra todo tipo de agenda progresista, pero una parte de su popularidad se alimenta de esta devaluación de la política que se está desarrollando en Brasil desde hace años”, afirma João Pires, profesor de ciencias políticas de la Universidad Estatal de Río de Janeiro. Bolsonaro es, según Pires, “un producto de los medios de comunicación brasileños”. “La gente solo sabe de política por los medios de comunicación y, cuando los medios repiten constantemente que las instituciones son corruptas, que están deslegitimadas, llevan a la gente más ignorante a dejar de creer en el Estado y a concluir que la solución es una mano fuerte, un padre salvador”, explica el profesor.

Los medios de comunicación han sido, efectivamente una de las principales tribunas de Bolsonaro, un candidato que, como Trump, crece en la polémica. En su primera elección a concejal, en 1988, era conocido en los periódicos como el capitán que había organizado, un año antes, la operación Beco Sem Saída (callejón sin salida). El plan consistía en poner bombas de fabricación casera en los cuarteles para protestar si el aumento de los sueldos de los militares fuese inferior al 60%. Bolsonaro, que le confesó el complot a una periodista a quién le pidió sigilo infructuosamente, acabó siendo absuelto; pero la etiqueta de conspirador —y, al mismo tiempo, defensor de los intereses de los militares— lo persiguió durante años.

Fama internacional

Tanto tiempo después, que casi nadie recuerda el pasado militar del paracaidista; pero Bolsonaro, padre de cinco hijos, siempre supo mantenerse en la ola de la controversia. Algunos de sus comentarios más escandalosos van en la línea de: “No hay peligro de que mis hijos sean [homosexuales], porque están muy bien educados” o: “No te violo porque no te lo mereces”, dicho a la diputada Maria do Rosário, del Partido de los Trabajadores (PT). Llegan rápidamente a los periódicos locales y le ha dado fama internacional.

La actriz canadiense Ellen Page, que declaró al mundo su homosexualidad en 2014, viajó a Río de Janeiro para entrevistar al diputado para el documental que acaba de lanzar sobre la situación de la comunidad LGBT en el mundo. La joven se enfrenta a la tesis de Bolsonaro de que la homosexualidad en los niños se puede evitar “a base de golpes”; pero sale del gabinete lamentándose: “Es desgarrador saber que alguien con tanta influencia tenga tanto desdén por la comunidad [homosexual]”. En 2013 el comediante británico Stephen Fry también quiso conocer a Bolsonaro y cuestionar sus declaraciones homofóbicas, para otro documental. Bolsonaro fue, como siempre, irreductible: “Ellos [los homosexuales] quieren que los heterosexuales sigan generando niños, para que estos niños se conviertan en [homosexuales] y lesbianas para satisfacerlos sexualmente en el futuro”.

La izquierda y los defensores de los derechos humanos cargan contra él; pero muchos brasileños, sobre todo los de las clases populares, lo apoyan. Ven en él a un político honesto, que dice lo que piensa. Con un 13%, Bolsonaro es el candidato presidencial que tiene el índice más bajo de reprobación de los votantes, por detrás de Lula (un 49%) y los ex candidatos Aécio Neves (un 23%) y Marina Silva (un 15%), según una investigación de Datafolha.
En las últimas elecciones, Bolsonaro batió un récord y fue el diputado más votado de Río de Janeiro, con más de 460.000 votos. Había cuadruplicado el número de votantes en cuatro años sin más artificios que ser él mismo: el diputado más polémico de Brasil.

24 de abril de 2014

Un ‘vodevil’ para contar el horror de los españoles en Mauthausen

Un ‘vodevil’ para contar el horror de los españoles en Mauthausen

'El triángulo azul' narra el horror de los republicanos en los campos de concentración nazis

La pieza retoma el personaje de Francico Boix, el fotógrafo español del 'lager'

La obra de Laila Ripoll y Mariano Llorente se estrena el viernes en el Centro Dramático Nacional

Escena de 'El triángulo azul', dirigida por Laila Ripoll. / MARCOS GPUNTO
El prisionero austríaco se había escapado y tenía que pagarlo: “De Mauthausen solo se sale por la chimenea”. Era tanto el horror que habían presenciado los encarcelados en el campo de concentración, eran tantas las vejaciones, que el austríaco merecía algo especial. Fue paseado en un carrito ante 10.000 deportados al son de una banda gitana y su cuerpo permaneció colgado mientras tocaban la Polca del barril de cerveza.

Información útil

El triángulo azul, de Laila Ripoll y Mariano Llorente. Dirigida por Laila Ripoll. Intérpretes: Manuel Agredano, Elisabet Altube, Marcos León, Mariano Llorente, Paco Obregón, José Luis Patiño, Jorge Varandela.
Dónde: Teatro Valle-Inclán, Sala Francisco Nieva. Plaza de Lavapiés s/n, Madrid. 
Cuándo: del 25 de abril al 25 de mayo, de martes a sábado a las 19:00, domingo a las 18:00. 
Cuánto: entre 18 y 24 euros. 
Así lo contó Francisco Boix, el único prisionero español que declaró en los Juicios de Nuremberg. Así lo atestiguabael puñado de fotografías que logró salvar del campo para dar cuenta de la barbarie cuando el régimen nazi trataba de negarlo todo. Y así lo recuerda El triángulo azul, la obra escrita por Laila Ripoll y Mariano Llorente, dirigida por la autora que se estrena el viernes en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. La producción del Centro Dramático Nacional es un homenaje a los más de 7.000 republicanos españoles que acabaron en Mauthausen (10.000 en todos los campos), despojados de su nacionalidad por el régimen franquista y entregados a los alemanes por el general Pétain después de haber huido a Francia. Esta la primera aproximación teatral a esta oscura ramificación de la Guerra Civil española.
“Si alguien tiene dudas de que acabaron allí por Franco, son malintencionadas. Nosotros lo contamos tal y como lo dijeron los alemanes”, explica Ripoll. El SS August Eigruber lo explicó claramente en su discurso del 27 de junio de 1941: “Ofrecimos estos [entonces solo] 6.000 españoles al jefe del Estado Franco, el caudillo español. Rehusó y declaró que nunca admitiría a esos españoles rojos que lucharon por una España soviética”. Los combatientes republicanos adquirieron entonces el estatuto de apátridas. En los campos se les distinguía por el triángulo azul de los sin tierra al que se le bordó la letra S de Spanier, español.
Eran unos prisioneros más. Obligados a cargar con piedras de 40 kilos de peso arriba y abajo por los 186 escalones de la cantera. Alimentados con sopa de nabos mañana, tarde y noche. Hacinados en los barracones. Sometidos a las 35 formas de morir en Mauthausen que recogió el preso Ernst Martin, la principal preocupación de Ripoll al llevar el tema a escena: “De campos de concentración hemos visto mil películas. Pero a ver cómo hablas [en teatro] del crematorio, de la valla electrificada, de los comidos por los perros. A ver cómo hablas del horror”.
Vídeo promocional de 'El triángulo azul', de Laila Ripoll y Mariano Llorente. 
La solución, en El triángulo azul, pasa por el humor negro. La risa de Francisco Boix como defensa ante el sonido de los disparos y los gritos. Y el logro insólito de los españoles: representar en 1942 una revista de variedades llamada El rajá de Rajaloya, mencionada en el libro de Montserrat Roig, Los catalanes en los campos nazis. En la obra de Ripoll las coplas sobre las noches de Arabia se sustituyen por la Canción de la valla electrificada, laCanción del crematorio, el pasodoble de los triangulitos de colores… El infierno al que sería imposible asomarse sin distancia. El mismo recurso utilizado, por ejemplo, en la novela gráfica Maus de Art Spiegelman, donde los nazis son gatos y los judíos, ratones.
Las fotografías tomadas por Boix y otro prisionero, Antoni García, sirven de hilo conductor, de horizonte estético y de recurso visual. Ambos trabajaron en el servicio de identificación del campo, administrado por el viejo SS Paul Ricken y dedicado a registrar el día a día de los prisioneros. Pero también a los visitantes ilustres: por allí pasaron Himmler, el gobernador de Linz, el general de las SS Erns Kaltenbrünner… Gracias a las fotos se pudo demostrar en juicio su participación consciente en las matanzas de los campos. Gracias a Francisco Boix y a Antoni García. Gracias al plan del primero para sacar las fotografías del campo y salvarlas de la destrucción de pruebas que narró Llorenç Soler en su documental Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno (2000) y el libro de Benito Bermejo Francisco Boix: El fotógrafo de Mauthausen (2002).
El fondo fotográfico del catalán es propiedad de la Amical de Mauthausen, asociación con más de 600 miembros que agrupa a los deportados republicanos de los campos de concentración del nazismo y sus familiares. Rosa Torán, historiadora y miembro de la Amical, aprecia el esfuerzo de Ripoll y Llorente para “dar a conocer al gran público esta historia”, pero no espera nada de las autoridades. Aunque en la Ley de Memoria Histórica se reconoce a exiliados y deportados, Torán critica la falta de reconocimiento institucional. En septiembre de este año el relator especial de Naciones Unidas para la promoción de la Verdad, la Justicia y la Reparación, Pablo de Greiff,publicará un informe sobre la situación de las víctimas del franquismo. La Amical espera que el documento aclare definitivamente “el conocimiento efectivo de la situación de los prisioneros por parte de las autoridades españolas”. Poco más.
Ripoll comparte la crítica de Torán, pero no su tono resignado. La directora y dramaturga se enciende al recordar sus viajes por el sur de Francia: “Hace poco he estado en Lyon, en el Museo de la Deportación, y me daba envidia. Cómo tienen a sus héroes, ¡leche, a sus héroes! Nosotros los hemos ido dejando morir como sociedad”. Pocos verán este reconocimiento. El 5 de mayo de 1945, 2.184 supervivientes españoles saludaron a los libertadores americanos que llegaron a Mauthausen. Torán estima que en España solo quedan vivos tres exdeportados. “Siendo muy generosos, yo diría que 20 en todo el mundo”.

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