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3 de junio de 2018
Y la utopía abandonó a Israel
Y la utopía abandonó a Israel
70 años después de
nacer como un ideal ético colectivo, el Estado hebreo acentúa su perfil
nacionalista y militar con el Gobierno de Netanyahu

Dos
soldados israelíes en 2017 en un puesto de control de un asentamiento en
Hebrón. CHRIS MCGRATHGETTY
Decenas de jóvenes escuchan a un elenco de viejas
glorias de la izquierda, pacifistas e intelectuales frente a la sede del Teatro
Nacional de Israel, en la plaza de Habima en Tel Aviv, mientras un puñado de
ultraderechistas les increpa desde la esquina del bulevar Rothschild, tras un
cordón policial: “¡Marchaos a vivir a Gaza!”. Orillado por edificios de estilo
Bauhaus, este paseo, donde se declaró hace 70 años la
independencia del Estado hebreo, aún conserva el marchamo de la modernidad.
“Hemos olvidado la historia, los valores del
judaísmo”, musita desde su silla de ruedas Yael Dayan, exdiputada
del partido laborista. “En [las protestas de] Gaza ha habido muchos
muertos por los disparos de nuestros soldados”, desgrana con una mueca de
dolor, tras haber leído en la tribuna el testimonio de un francotirador militar
anónimo que combatió en el enclave palestino. Antigua vicealcaldesa de Tel
Aviv, Yael, la hija de Moshe Dayan —el general que derrotó en
seis días a tres Ejércitos árabes e inauguró la ocupación—,
mantiene a los 78 años la intensidad de la mirada de las generaciones pioneras
de Israel.
“¡Fuera traidores!”, arrecian los gritos de los
extremistas mientras hacen ondear banderas de la estrella de David, y los
agentes los contienen con aire de aburrimiento. “También nos hemos vuelto
racistas”, sostiene Dayan, conectada a un respirador. “Aunque nacimos como un
país de inmigrantes perseguidos, el Gobierno ha intentado deportar a miles de
refugiados africanos”. La veterana política ha venido a apoyar un acto público
organizado por el movimiento de soldados
veteranos Romper el Silencio, una de las organizaciones pacifistas
que aspiran a ser la conciencia crítica de la sociedad hebrea, cada vez más
escorada hacia el nacionalismo. “Solo unos pocos se atreven a decir hoy la
verdad sobre la ocupación. El país ya no es el mismo”, sentencia Dayan, “pero
no es tanto Israel el que ha cambiado como su liderazgo”.
La compleja división política israelí se debe a la
fragmentación provocada por un sistema electoral con fuerte proporcionalidad en
el reparto de los 120 diputados de la Kneset (Parlamento), según el analista
político Daniel Kupervaser. “Si se revisan resultados y sondeos, se aprecia la
solidez de un bloque de la derecha, con 57 escaños, formado por el partido
conservador Likud de Benjamín Netanyahu, y la extrema derecha de Avigdor
Lieberman [actual ministro de Defensa], al que se suma el nacionalismo
religioso de los colonos y los ultraortodoxos. Luego, hay un segundo bloque de
fuerzas de centro, que incluye al laborismo, con 45 diputados, y, por último,
un tercer grupo que suma 18 escaños, en el que están Meretz [izquierda
pacifista] y los partidos árabes israelíes”. Los partidos de este último bloque
están considerados como “inadmisibles” para conformar “una coalición sionista”,
así que el centro solo puede gobernar con la derecha, explica Kupervaser. Así,
en las elecciones legislativas de 2009 la dirigente liberal
Tzipi Livni obtuvo más votos que Netanyahu, pero no pudo formar
un Gabinete de coalición por el veto de los partidos conservadores.
La compleja división
política israelí se debe a la fragmentación provocada por un sistema electoral
con fuerte proporcionalidad en el reparto de los 120 diputados
“El Likud de Netanyahu solo controla una cuarta
parte del Parlamento”, advertía recientemente la liberal Livni en un encuentro
con periodistas en Jerusalén. “Las alianzas pueden cambiar dentro de poco”. Sus
palabras aludían a los casos de corrupción que planean sobre el primer ministro, Netanyahu,
y amenazan con forzar su dimisión si el fiscal general le inculpa por fraude y
soborno.
Livni ha ocupado el cargo de viceprimera ministra,
y ha sido la titular de Exteriores, Justicia y de otras carteras,
convirtiéndose en la mujer que más ha ascendido en la pirámide del poder en la
historia de Israel, tras Golda Meir, jefa de
Gobierno entre 1969 y 1974. También encabezó las últimas
negociaciones de paz con los palestinos, suspendidas hace cuatro años. Desde la
oposición de centro-izquierda, cita los sondeos para apoyar sus argumentos: “La
sociedad está mayoritariamente a favor de la solución de los dos Estados,
aunque no sabe cuándo se podrá alcanzar. Solo unos pocos defienden un Estado
binacional [la anexión de los territorios palestinos]”. El partido de Livni,
Hatnuah, está asociado al laborismo en la denominada Unión Sionista.
Coincidiendo con su 70º
aniversario, en un mes Israel ha sentido el vértigo de una
aceleración histórica. Ha habido una rápida sucesión de acciones y reacciones.
En un alarde de protagonismo de Netanyahu, se presentó en televisión el archivo
atómico secreto localizado por agentes del Mosad en Teherán, poco antes
de la ruptura por parte de
EE UU del acuerdo nuclear con Irán, y del ataque militar israelí a
gran escala contra objetivos de la Guardia Revolucionaria de Irán en Siria.
Pero el hito que ha marcado la conmemoración de la independencia ha sido sin
duda el traslado de la Embajada
estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, que ha consolidado el
alineamiento del presidente Donald Trump con los intereses estratégicos del
Gobierno de Netanyahu.
Mientras la hija del mandatario de EE UU Ivanka
Trump inauguraba en su nombre la legación diplomática de la Ciudad Santa en un
clima de euforia local, los disparos de los francotiradores del Ejército
causaban la muerte de 62 manifestantes ante la valla de separación fronteriza.
La Autoridad Palestina incluyó esos hechos en la denuncia por crímenes de guerra
que días más tarde presentó en la Corte
Penal Internacional de La Haya.
Esta misma semana, la escalada bélica entre
Israel y Hamás —el movimiento islamista que gobierna de facto
en el enclave— ha estado a punto de desbordarse, con el mayor lanzamiento de
cohetes registrado desde la Franja, y los bombardeos más intensos de la
aviación hebrea desde el fin de la guerra de 2014.
Las repercusiones de esta crisis en Gaza han ido
más allá de la condena a Israel en foros internacionales. El cantante brasileño
Gilberto Gil ha cancelado su concierto en Tel Aviv ante la situación en la
Franja. El primer ministro
francés, Édouard Philippe, ha pospuesto indefinidamente una visita
oficial alegando problemas de agenda. Otros artistas y políticos han decidido
retrasar viajes previstos a Israel tras los incidentes del 14 de mayo.
Pocas semanas antes de que se disparara la
violencia en el territorio costero palestino, la actriz
israelo-estadounidense Natalie Portman boicoteó
la entrega en Jerusalén del Premio Génesis —considerado el Nobel judío—
concedido a toda su carrera. No se encontraba “en condiciones de asistir a un
acto en Israel con la conciencia tranquila”, declaró a través de sus
representantes.
“El triunfo de la derecha en 1977 marcó el final de
la utopía fundacional de los laboristas que gobernaron durante tres décadas”,
dice el historiador Meir Margalit. “Empezó el declive de la experiencia de los
kibutz (granjas colectivas) o de la hegemonía social del Histadrut (sindicato
único). La sociedad israelí se ha vuelto mucho más individualista”.
Tras el giro político
de 1977, los Acuerdos de Oslo alumbraron en 1993 la esperanza de una solución
al conflicto
Margalit fue concejal de Jerusalén por el partido
Meretz, tercera fuerza parlamentaria en 1992 en vísperas de los Acuerdos de Oslo. Pero
la izquierda pacifista ha acabado siendo la lista menos votada en los últimos
comicios legislativos, celebrados hace tres años. Meretz estuvo entonces a
punto de no superar el umbral del 3% del sufragio que permite asegurarse una
presencia en el Parlamento. “Israel pasó de ser una sociedad humanista a
convertirse en una militarista a partir de la ocupación de 1967”, sostiene este
intelectual de origen argentino. “El militarismo se ha asentado sobre las
figuras de generales como Moshe Dayan, Isaac Rabin, Ehud Barak o Ariel Sharon,
que alcanzaron la cima del poder civil”, explica. “Mientras, el humanismo ha
quedado en manos de escritores como Amos Oz, David Grossman o
A. B. Yehoshua, muy conocidos en el exterior, aunque sus ideas en Israel solo
representan a una minoría”.
Compañero de generación de Etgar Keret y uno de los
narradores más populares en el Estado judío, Assaf Gavron,
de 49 años, ha visto publicadas en varios idiomas algunas de sus novelas, como
La cima de la colina, una alegoría sobre la vida de los colonos en los
asentamientos en Cisjordania. La única de sus obras traducidas al español, sin
embargo, es un ensayo incluido en la antología Un reino de
olivos y ceniza (Literatura Random House), que reúne
escritos de 26 autores de 14 países en el 50º aniversario de la ocupación de
Palestina. Keret es el único israelí que participó en el proyecto junto a
escritores como el Nobel Mario Vargas Llosa o el premio Pulitzer Michael
Chabon.
“Mis padres eran unos judíos sionistas convencidos
que abandonaron Reino Unido para instalarse en Israel”, rememora Gavron, “pero
años más tarde llegaron a plantearse regresar a Europa, ante la evolución
política del país. La sociedad israelí, además, se ha sumido en el victimismo
bajo los Gobiernos de Netanyahu: la gente acepta sus mensajes sin
cuestionarlos”. El escritor alude a la estratagema del primer ministro en la
campaña de las elecciones de marzo de
2015, cuando para movilizar a sus partidarios dijo que estaba
alarmado porque los árabes con nacionalidad israelí —cerca de un 20% de la población
del Estado hebreo—iban a votar “en manada”.
Gavron apunta precisamente a la ocupación como
causa central del vuelco dado por la sociedad israelí en el último medio siglo.
Las tropas israelíes protegen a unos 400.000 colonos en Cisjordania.
Otros 200.000 israelíes se han instalado en la parte oriental de Jerusalén,
ocupada en 1967 y anexionada en 1980. El movimiento colono cuenta con valedores
políticos en el seno del actual Gobierno, tanto en la formación nacionalista
religiosa Hogar Judío como en la ultraderechista laica Israel Nuestra Casa, que
concentra el voto de la inmigración pos-soviética.
Tras el giro político de 1977, los Acuerdos de Oslo
alumbraron en 1993 la esperanza de una solución al conflicto. “Lo pactado en
Oslo no tuvo apenas tiempo de poder aplicarse. Tras el asesinato de Rabin, en
1995, Netanyahu ganó por
primera vez unas elecciones y comenzó a desmontar todo lo que
había sido negociado”, precisa el historiador Margalit. “Fue entonces cuando en
sectores del laborismo empezó a cuajar la idea de que se podía alcanzar la paz
sin tener que devolver los territorios ocupados. Y ya se sabe que cuando la
izquierda empieza a imitar las políticas de la derecha, los votantes acaban
prefiriendo el modelo original”.
El clima de violencia visible durante la Segunda Intifada (2000-2005) hizo
que muchos israelíes dejaran de creer en las propuestas de Oslo. Los líderes
que se alternaron en el poder en Israel —Barack, Sharon, Ehud Olmert—
emprendieron fallidos procesos de negociación con los palestinos. El actual
Ejecutivo, considerado el más derechista en la historia de Israel, no ha
planteado iniciativas de paz. Y desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, en
enero de 2017, las vías de diálogo han quedado enterradas. “El conflicto
palestino puede haber caído en el olvido tras la crisis económica en Europa y
por la inquietud desatada en el continente por el temor a un aluvión de
refugiados”, concluye el historiador. “Y en el mundo árabe, la barbarie
yihadista del ISIS y la guerra de Siria han
acaparado toda la atención”.
La mayoría de los israelíes también parece
mostrarse convencida de que la gestión del conflicto está mejor en manos de la
derecha. Después de un mes de efemérides, condenas internacionales y
sangrientos incidentes, los sondeos reflejan el auge electoral de la derecha
pura y dura de Netanyahu y Lieberman,cuyo
respaldo por parte del público ha subido un 7%, hasta situarse en el 58% de
satisfacción ciudadana con su Ejecutivo, según una encuesta publicada por el
diario Maariv. De celebrarse ahora unos comicios, sus
partidos sumarían, respectivamente, más de un tercio de los escaños de la
Cámara, y con el apoyo de sus socios nacionalistas y ultraortodoxos
revalidarían una cómoda mayoría en la Kneset. Los laboristas y su aliada Tzipi
Livni parecen abocados, según el mismo estudio demoscópico, a perder la mitad
de los diputados que tienen.
Vargas Llosa describía
hace poco en EL PAÍS la transformación experimentada en la
sociedad israelí: “Un pueblo que había levantado ciudades modernas y granjas
modelo donde solo había desiertos, creado una sociedad democrática y libre, y
en la que un sector muy importante quería verdaderamente la paz negociada con
los palestinos. Ese Israel por desgracia ya no existe. Ahora es una potencia
militar, sin duda, y en cierta forma colonial, que solo cree en la fuerza”.
Amos Oz, el veterano escritor hebreo que acompaña estas páginas, se anticipó a
las previsibles censuras de quienes no suelen tolerar un escrutinio crítico de
su país. “No todo aquel que critica
a Israel es un antisemita”, declaraba a este diario hace tres años.
“Yo mismo lo hago”.
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Nacionalismo,
Utopía
21 de enero de 2016
Le kibboutz urbain renoue avec les idéaux d’Israël
Le kibboutz urbain renoue avec les idéaux d’Israël
mis à jour le 17.01.2016 à 14 h 10
kibboutz Ortal I REUTERS/Ronen Zvulun
Symbole d’Israël, le kibboutz est en
mutation. Hier agricoles et rurales, ces communautés socialistes sont
partout en voie de privatisation. Et les colonies en proposent une
version néo-sioniste radicalisée dans les territoires palestiniens. Mais
un mouvement nouveau, le kibboutz urbain, propose un retour aux
sources.
Sde Boker, Ein Gedi, Ein Khatseva, Mitspe Ramon (Israël)
Longtemps, Aviad s’est couché au petit matin. Il était barman à
Tel-Aviv et il travaillait le soir. L’alcool, la fête, les filles, la
nuit étaient au centre de sa vie. Désormais, il se lève tôt. À cinq
heures du matin –à l’heure où il se couchait auparavant.Depuis deux mois, Aviad a changé de vie. Il a choisi de rejoindre un kibboutz. «J’assiste au lever du soleil. Je travaille de 7h à 16 h pour la communauté. C’est une autre vie, plus épanouie. Je pense que je suis davantage heureux ainsi», me dit le jeune homme, lorsque je le rencontre dans le désert du Negev. Il est là en «camp» d’intégration, une semaine de voyage collectif organisée par son kibboutz. Et il vit désormais au Nord d’Israël, dans la vallée de Jezreel.
Le kibboutz HaZore'a est typique de ces fermes collectives qui ont fait l’histoire d’Israël. Il a été fondé en 1934 et reste très imprégnée de l’idéologie socialiste et sioniste d’alors. Le kibboutz est laïque, bien qu’Aviad se dise croyant et «modérément religieux», sans suivre toutefois les préceptes du judaïsme de manière stricte.
Pourquoi changer de vie? À qui cela est-il donné de tout changer et de repartir à zéro? Est-ce un besoin de faire une pause pour réfléchir à la suite de son existence? Une crise de jeune adulte israélien, après l’armée et avant la vie de famille, lorsqu’on commence à se rendre compte que la vie est un peu plus complexe que ce que l’on pensait adolescent? Serait-ce une version israélienne du Sur la route de Jack Kerouac, du Carnets de voyage de Che Guevara, d'Into the Wild ou du «hippie trail», qui vous fait tout quitter à 25 ans pour partir vers d’autres horizons? Moins Kerouac et Guevara qu’en quête de sa propre aventure existentielle, Aviad me dit qu’il a choisi d’être «plus en phase avec la nature et la terre», lui qui avait toujours vécu dans une ville.
Un mouvement «rurbain»
Si HaZore'a suscite encore des vocations, comme l’atteste le parcours d’Aviad, cela ne doit pas faire oublier que le mouvement des kibboutzim est en crise. Hier collectifs et socialistes, essentiellement basés sur l’agriculture, où l’on partageait ses revenus et les tâches ménagères, le kibboutz est bien différent en 2016 de ce qu’il était aux débuts de l’histoire d’Israël.
Surtout,
le kibboutz a été dépassé sur sa droite. La compétition est indirecte
mais vive avec un autre type de collectif: les colonies dans les
territoires palestiniensation
Quant ils restent agricoles, les kibboutzim évoluent parfois vers des fermes individuelles privatisées qui n’ont plus en commun que la coopérative d’achat et de vente, ce qui les rapproche alors d’un autre modèle de ferme, célèbre en Israël, celui du Moshav (dans la vallée d’Arava dans le Negev, je visite plusieurs Moshavim qui continuent de produire, massivement, dans le désert, des tomates, des pastèques, des dattes ou des figues).
Surtout, le kibboutz a été dépassé sur sa droite. La compétition est indirecte mais vive avec un autre type de collectif qui est aujourd’hui un mouvement profond et massif de la société israélienne: les colonies dans les territoires palestiniens. On y est loin de l’idéal socialiste du kibboutz original, qui, comme HaZore'a, le kibboutz qu’a rejoint Aviad, ont longtemps cherché l’entente et la coopération avec les populations arabes. Enfin, les kibboutzim se mettent à quitter les terres isolées pour rejoindre les grandes villes donnant naissance à l’intéressant phénomène dit du «kibboutz urbain» (ou kibboutz de ville). Autant de mutations qui sont en train de changer profondément l’identité du kibboutz.
«Ici, on a inventé une sorte de capitalisme en commun»
Daniel et Yane Benaroch vivent depuis 1974 dans le kibboutz Sde-Boker dans le désert du Negev. Ils ont connu et vécu, durant ces quarante années, toutes les transformations de cette ferme agricole typique, où je les retrouve pour le repas dans la salle à manger collective du kibboutz.«Nous sommes venus ici chacun de notre côté. Nous venions du Maroc. Nous nous sommes rencontrés à Sde-Boker puis nous nous sommes mariés. Beaucoup des kibboutznikim sont arrivés sans famille. Le kibboutz leur a donné une famille», m’expliquent, ensemble, Daniel et Yane Benaroch.Sde-Boker regroupe actuellement 180 kibboutznikim et, avec les volontaires et les employés, près de 450 individus vivent dans cette ferme collective symbolique. Car Sde-Boker a une histoire riche: c’est le kibboutz de Ben Gourion, le père de la nation israélienne. Il a été créé en 1952 et l’ancien Premier ministre y est arrivé l’année suivante, pour y prendre sa retraite: il y a fini ses jours dans une petite maison modeste, avec son épouse (deux petites chambres séparées avec des lits à une place, une cuisine étroite, une entrée-séjour et, seule espace un peu spacieux, une bibliothèque où il avait l’habitude d’écrire et de lire la nuit). Ben Gourion est enterré non loin de là, face au fabuleux désert, devant des canyons grandioses d’une beauté indescriptible.
«On n’a toujours pas de compte en banque, ni de voitures personnelles. On partage tout», me dit Yane Benaroch. Son époux, Daniel, est d’ailleurs médecin dans un hôpital de Beer-Sheva, la capitale du Negev, et reverse l’intégralité de son salaire au kibboutz. Et lorsqu’ils ont besoin de se déplacer, ils réservent une voiture au sein de la communauté qui dispose d’un «pool» collectif d’une soixantaine de véhicules.
Pourtant,
on constate que certaines familles achètent des machines à laver
individuelles. Ça permet d’avoir son linge plus rapidement
Le couple a trois enfants mais ceux-ci, contrairement aux kibboutzim socialisants du début, ont été élevés avec leurs parents dans leur maison, non pas collectivement. Les deux garçons continuent de vivre dans un kibboutz (mais pas dans celui de Sde-Boker); la fille a rencontré dans le kibboutz un volontaire international et vit aujourd’hui avec lui en Irlande.
De nouvelles ressources
Sur le plan économique, Sde-Boker a changé de modèle. Les fruits (pêches, abricots, prunes, nectarines) constituaient hier le cœur des activités agricoles du kibboutz. L’eau ayant été de plus en plus chère, en dépit des progrès de la désalinisation, les kibboutznikim se sont tournés vers les oliviers et la fabrication d’huile d’olive, plus vendables et plus «bobos». On s’est mis aussi aux raisins. «Il y a ici, dans la région, une centaine d’hectares de vignes. On fait le vin et on l’exporte», m’explique Zvi Remak, vigneron à Sde-Boker. (En fait, les caves à vin sont situées dans le kibboutz voisin de Revivim, où les récoltes de raisins de Sde-Boker sont apportées).Mais ni la culture des olives, ni celle du vin n’ont vraiment suffi à refonder le modèle économique du kibboutz. Aujourd’hui, les habitants de Sde-Boker vivent essentiellement grâce à une usine spécialisée dans la fabrication de bandes adhésives pour les emballages. La maison de Ben Gourion, et sa tombe, attirent aussi les touristes auxquels on propose des résidences d’hôtes, des randonnées à pied ou à vélo, des excursions de quelques jours sous la tente dans le désert.
La privatisation est également en cours. Si Sed-Boker résiste bien; d’autres kibboutzim sont aujourd’hui libéralisés; certains investissent même en bourse ou font des paris immobiliers. «Ici, c’est un modèle mixte, on a inventé une sorte de capitalisme en commun», explique Yane Benaroch. Qui ajoute pourtant: «J’aimerais que nous soyons plus privatisés pour pouvoir transmettre notre maison à nos enfants.»
On se croirait sur un campus californien
Le kibboutz Sde-Boker est superbe. Bien que l’on soit au cœur du désert, et que l’eau soit rare et chère, les pelouses sont vertes; les palmiers et les oliviers sont bien entretenus et je vois des espaces sportifs, un jardin d’enfant, un supermarché, des bureaux administratifs. Partout, des bicyclettes. On se croirait sur un campus d’université californienne.Yoni travaille au «hadar ohel» (le cœur du kibboutz), le réfectoire ou salle à manger de Sde-Boker. Il fait le service et aide en cuisine. Il a 20 ans. Sa famille d’immigration récente est originaire d’Éthiopie et il a fait le choix de passer une année à Sde-Boker. En vertu d’une procédure dérogatoire spéciale, certains jeunes israéliens peuvent passer une année dans un kibboutz durant leur service militaire (obligatoire pour tous, garçons et filles, vers 18 ans, et pour trois années). Yoni, qui avait toujours vécu en ville, a voulu connaître l’expérience de la vie rurale et connaître le désert.
Aujourd’hui, avec les gouvernements de droite, ils ont diminué les subventions et les avantages pour les kibboutzs
Un symbole d’Israël sous perfusion
Comme beaucoup de kibboutzim, Sde-Boker est aujourd’hui sous perfusion économique. C’est un symbole d’Israël que l’État ne peut pas voir disparaître. Pourtant, moins de 5% des Israéliens vivent aujourd’hui dans l’un des 256 kibboutzim encore en activités dans le pays.Alors, on a multiplié les subventions pour aider leur modèle économique; on accorde des exceptions aux jeunes soldats qui rejoigne un kibboutz. «Historiquement, le kibboutz a toujours été à gauche. Le parti travailliste nous a toujours aidés. Mais aujourd’hui, avec les gouvernements de droite, ils ont diminué les subventions et les avantages», regrette Daniel Benaroch.
Politiquement, le modèle socialiste a perdu de sa superbe. En revanche, la dimension sioniste des kibboutzim se retrouve aujourd’hui amplifiée par les colonies qui, installées illégalement en territoire palestinien, correspondent à un idéal nouvelle manière. On peut penser que le kibboutz est plutôt de gauche et laïque alors que le «settlement» serait de droite et plus religieux –et c’est généralement le cas. Pourtant, les nuances sont multiples. Il existe des kibboutzim assez religieux et on ne doit pas oublier que les gouvernements travaillistes ont longtemps favorisé les implantations de colonies en Cisjordanie et à Gaza, bien que celles-ci soient considérées comme illégales par la communauté internationale.
Le kibboutz urbain, nouvelle frontière pour le kibboutz
Si Aviad a quitté la vie urbaine de Tel -Aviv pour le kibboutz HaZore'a; si Yoni, Arnon et Gal, qui ont toujours vécu en ville, ont choisi de rejoindre Sde-Boker pour connaître l’expérience de la vie rurale et du désert, un phénomène inverse est en train de se produire.
Aujourd’hui, il s’agit de solidifier et renforcer la société israélienne qui existe déjà
Tsur Willman«Le kibboutz urbain est une nouvelle façon de vivre, dans la continuité des idées et valeurs du concept original de kibboutz: vivre ensemble, partager et éduquer. À l’époque, le kibboutz avait pour mission de bâtir les fondations d’Israël et de construire de nouvelles colonies. Pour moi, notre mission me semble différente aujourd’hui: il s’agit de solidifier et renforcer la société israélienne qui existe déjà. C’est pourquoi nous vivons dans les villes et coopérons avec les gens qui habitent ces villes», me dit Tsur Willman.Au rez-de-chaussée du kibboutz urbain de Mitspe Ramon je vois les machines à laver et les poucettes; dans les étages: la chambre à manger et des chambres collectives. «Nous sommes une trentaine à vivre ici, ensemble», m’explique un jeune homme. Il fait, comme ses camarades, parti de Dror Israël, un mouvement socialiste et sioniste qui est, avec d’autres (notamment le mouvement jumeau Hashomer Hatzair), à l’origine de la création de ces kibboutzim urbains.
Conserver l'esprit
Ces mouvements sont centrés sur l’éducation et, en effet, «The Communa» gère une école élémentaire qui se trouve à deux pas, de l’autre côté de la rue Mahle-Hadkalim. «Nous enseignons aussi dans le lycée et enseignons l’hébreu à des adultes. Nous imaginons de nouveaux modèles éducatifs, basés sur l’innovation et sur notre “togetherness” [unité, vivre ensemble]», ajoute Tsur Willman.Ce qui est étrange, ici, dans cette courte allée de Mitspe Ramon, c’est le mélange des genres. Au n°8 et 10 de la même rue se trouvent des immeubles entièrement occupés par des religieux qui, eux aussi, à leur façon, mènent une vie communautaire. Tout le monde semble vivre «en bonne intelligence», selon les mots de religieux interrogés dans la rue, et en dépit de la distance politique qui sépare la droite juive orthodoxe de la gauche socialiste laïque.
Il
existerait actuellement une centaine de kibboutzim urbains en Israël.
Le phénomène est ancien mais il s’est amplifié ces dernières d’années
Au lieu de vivre dans une ferme en grand nombre; le kibboutz urbain réunit quelques dizaines de personnes dans un immeuble urbain. Les habitants de The Communa, que j’interroge à Mitspe Ramon, répètent tous les mêmes mots: l’amour de la «culture du partage»; la «liberté»; «améliorer sa vie»; «changer de vie» ; «s’intéresser aux autres et non pas seulement à soi-même». Tous sont socialistes ou socialisants; tous veulent mettre leur force au service de la communauté dans laquelle et pour laquelle ils vivent.
Tourné vers le social
Il existerait actuellement une centaine de kibboutzim urbains en Israël. Le phénomène est ancien mais il s’est amplifié ces dernières d’années. Les plus connus sont ceux de Resheet et Bet Yisrael à Jérusalem, celui du mouvement Dror à Tel-Aviv, Migvan à Sderot, Mishol à Nazareth, Tamuz à Beit Shemesh, ou, dans un cadre rural mais avec des actions éducatives urbaines, le kibboutz Eshbal en Galilée.Comme dans le kibboutz traditionnel, le kibboutz de ville est basé sur la culture et l’économie du partage. Ses membres mettent en commun leurs revenus et se répartissent les tâches domestiques. Les repas sont préparés et pris en commun. Toutes les décisions sont prises lors d’assemblées appelées «arsefa», modèle de démocratie directe. La taille réduite du kibboutz de ville facilite la prise de décision, entre familles, ce qui était devenu difficile dans les vastes kibboutzim traditionnels.
D’une manière générale, le kibboutz urbain symbolise un rejet de la vie bourgeoise et confortable. Comme je le constate sur place, la «Communa» de Mitspe Ramon correspond à un cadre de vie modeste, frugal, voire spartiate. La bureaucratie et la démocratie rigides du kibboutz traditionnel sont rejetées au profit de la souplesse et la simplicité, plus proches d’un idéal socialisme communautaire. «Parfois, cela conduit à une forme d’anarchie créative sympathique», me dit l’un des membres de la Communa. Je sens comme une ironie dans ce propos.
Ce qui n’empêche pas des exemples de kibboutzim urbains de s’être développés loin d’Israël, par exemple à Brooklyn, à New York, dans un esprit post-Woodstock. Des exemples existent aussi à San Francisco et dans d’autres villes américaines, ce qui atteste de la force de l’idée et de la persistance du mythe communautaire.
Laboratoire du futur ou phénomène éphémère?
Avoir un idéal est rare en 2016. Plus rare encore en Israël, où la situation politique apparaît sans issue, le processus de paix est au point mort, et alors même qu’une véritable «troisième intifada» semble bel et bien avoir commencé.
Ces allers-retours témoignent peut-être d’une quête toujours renouvelée de l'identité israélienne
Mais qu’ils viennent des villes et sont partis s’installer dans les déserts, tels Aviad, ou qu’ils retournent à la ville, après avoir grandis dans des kibboutzim ruraux, comme les activistes du mouvement Dior, ces allers-retours israéliens témoignent peut-être d’une quête toujours renouvelée, et jamais complètement stabilisée, de l’identité israélienne.
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