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12 de enero de 2018
VIDEO. Estrenos de Cine > EL INSTANTE MÁS OSCURO
Datos técnicos
Director
Joe Wright
Intérpretes
Gary Oldman, Kristin Scott Thomas, Lily James, Stephane Dillane, Ben Mendelsohn
Nacionalidad
Fecha estreno
Reino Unido, 2017
Cuando no han pasado ni seis meses desde el estreno en España de Churchill, dirigida por Jonathan Teplitzky, que recordaba la posición del político británico cuatro días antes del desembarco de Normandía, se estrena otro acercamiento a este prohombre, El instante más oscuro, que se centra en las primeras semanas de Churchill como primer ministro, al principio de la Segunda Guerra Mundial, y las decisivas y dramáticas elecciones que tuvo que afrontar.
Como en la mencionada película de Teplitzky, esta aproximación también describe las luces y las sombras de Churchill: su afición a la bebida, el maltrato a sus inferiores, las relaciones con su esposa, etc…sin dejar de lado su inteligencia, su visión de estadista y su fantástica oratoria. La diferencia fundamental entre ambas propuestas es que la deWright contiene momentos más emotivos y patrióticos (la escena en el metro donde Churchill charla con los ciudadanos de a pie es una auténtica genialidad) y aborda de forma interesante las conspiraciones políticas con las que tuvo que bregar este líder.
En cuanto a los intérpretes que se meten en la piel de Churchill, personalmente me agradaba más el escocés Brian Cox que Gary Oldman en esta película, a pesar de que éste acaba de conseguir el Globo de Oro a mejor actor dramático y tuvo que soportar horas y horas de maquillaje e implantación de prótesis para caracterizarse, debido a la palpable diferencia fisonómica entre el actor y la fisonomía del político. Lo que borda Oldman es la fuerza que aportaba a los discursos Churchill.
La poderosa banda sonora responsabilidad de Dario Marianelli (habitual compositor de Wright con el que contó en filmes como Expiación), una puesta en escena perfecta y, en general, lo que es una producción cuidada británica son algunas características meritorias de este filme, muy apropiado para los aficionados al cine histórico, a pesar de que en su desarrollo haya algunas bajadas de ritmo e interés a mitad de metraje.
Para: Los que les guste el cine británico de calidad
Juana Samanes
Etiquetas:
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Video
19 de junio de 2017
El mundo se cerró a los judíos
El mundo se cerró a los judíos
Los Aliados se
negaron a acoger refugiados del Holocausto aunque nuevos documentos demuestran
que sabían lo que ocurría en Europa desde 1942
EL
PAIS - Madrid 19 JUN 2017 - 07:38 BRT
El
barco 'St. Louis' salió de Hamburgo con 700 judíos, en la imagen a su llegada
al puerto de Amberes, el 17 de junio de 1939. KEYSTONE GETTY
Stefan Zweig, en la película
sobre su vida, aparece siempre angustiado por la cantidad de amigos
y conocidos judíos que le piden ayuda para tratar de salir de Europa, huyendo
de los nazis. Quieren utilizar
las conexiones del gran escritor austriaco para emigrar pero, como dice su
personaje, “ya no hay visados para los judíos”. El cierre de las fronteras
mundiales a los refugiados es uno de los temas menos estudiados del Holocausto. Un hallazgo
reciente ha complicado el problema: documentos de Naciones Unidas, que acaban
de hacerse públicos a través de la Wiener Library, un centro de documentación
de la Shoah con sede en Londres, demuestran que los Aliados tenían claro lo que
estaba ocurriendo con los judíos desde diciembre de 1942, antes de lo que se
pensaba. Sin embargo, eso no significó una apertura de sus fronteras.
El investigador Paul R. Bartrop, director del centro de estudios sobre
el Holocausto y Genocidio en la Universidad Florida Gulf Coast, está ultimando
la primera investigación a fondo sobre este problema, centrada sobre todo en la
Conferencia de Evián, que reunió a las principales potencias mundiales en 1938
para hacer frente al inmenso problema de refugiados que entonces sacudía
Europa, una crisis que tiene muchos, y tristes, paralelismos con lo que está ocurriendo
en la actualidad con la guerra de Siria.
“Los diferentes gobiernos del mundo se enfrentaron en 1938 a una crisis
con muchas similitudes con lo que estamos viviendo en nuestro tiempo”, explica
desde Miami Paul R. Bartrop. Y cita entre los problemas que se plantearon
entonces: “¿Deben abrirse las puertas a cualquiera que tenga el estatuto de
refugiado? ¿Deben imponerse cuotas? Si es así, ¿cómo se decide el número y las
personas que entran? ¿Deben ser acogidos los refugiados ignorando la situación
económica del país que los recibe? ¿Se debe acoger a refugiados con orígenes
étnicos y religiosos diferentes de la mayoría de la población del país que los
recibe? Tanto ahora como en 1938, se planteaban ese tipo de cuestiones, que
necesitaban una respuesta urgente”.
A este historiador le parece insólito que nunca se haya realizado un
estudio de largo aliento sobre aquel encuentro, que a instancias de Estados
Unidos se celebró en la ciudad francesa de Evián en julio de 1938. Rehusaron
participar los países del Eje, así como la URSS, y tampoco enviaron delegados,
solo observadores, países como Polonia y Rumania. Asistieron en total 32
Estados, desde Canadá hasta Nueva Zelanda, pasando por numerosas naciones
europeas. La idea era hacer frente a la crisis de refugiados judíos alemanes
que trataban de huir de las políticas antisemitas nazis. En Alemania vivían
entonces 600.000 judíos: las leyes raciales de Nuremberg ya se estaban
aplicando, aunque el punto de no retorno en la persecución se produjo en
noviembre de 1938, con el pogromo
de la Noche de los Cristales Rotos. El exterminio comenzaría en
1939, con el principio de la II Guerra Mundial, y se
aceleró en 1941, con la invasión de
la URSS.
La conferencia fue un fracaso. Jaim Weizmann, un judío ruso, líder
sionista que acabaría por convertirse en el primer presidente de Israel,
resumió el encuentro con una frase: “El mundo parece estar dividido en dos
partes: una donde los judíos no pueden vivir y la otra donde no pueden entrar”.
El símbolo de aquella política de fronteras fue el barco St Louis, que zarpó de Hamburgo con destino a Cuba en
mayo de 1938 con 937 pasajeros a bordo, la inmensa mayoría judíos. No fueron
aceptados en América, ni siquiera en EE UU, y tuvieron que regresar a Europa.
La mayoría se quedaron en países que acabarían por ser invadidos por los nazis –solo
288 encontraron refugio en Reino Unido–. Murieron asesinados 278.
La guerra no mejoró las cosas para aquellos que trataban de huir. “El
mayor problema fue entonces la seguridad”, explica Bartrop. “Con Europa en
guerra, muchos países sintieron que deberían cerrar las fronteras para asegurar
que no se infiltrasen quintacolumnistas entre refugiados genuinos”, un asunto
que tiene ecos en la actualidad con toda la retórica contra la aceptación de
refugiados para que no se cuelen posibles militantes del ISIS.
El
representante británico Lord Winterton durante su intervención en la
Conferencia de Evián, en 1938.HEINRICH HOFFMANN GETTY
Los documentos de la Comisión de Crímenes de Guerra de la ONU ofrecen
una nueva perspectiva de un momento crítico: cuando los países que podían
recibir refugiados supieron que los judíos estaban siendo asesinados a escala
industrial tampoco cambiaron su política. “Esos documentos muestran por primera
vez que todos los movimientos de resistencia en la Europa ocupada sabían lo que
estaba ocurriendo, cuando los nazis todavía operaban los campos de exterminio”,
señala el historiador Dan Plesch, director del Centre for International Studies
and Diplomacy de la Universidad de Londres, y la persona que más a fondo ha
estudiado estos papeles, que hasta hace poco eran todavía reservados, sobre los
que ha escrito el ensayo Human Rights after Hitler: The
lost history of prosecuting axis war crimes.
Este historiador asegura que en 1942 ya hubo bastante cobertura de
prensa y que los Aliados, incluyendo a la URSS, eran plenamente conscientes de
la exterminación. Para muchos judíos ya era demasiado tarde para escapar
aunque, de todos modos, las puertas permanecían cerradas. “La suerte de los
judíos era conocida en todo el mundo como muy tarde el 17 de diciembre de 1942,
cuando los aliados realizaron una declaración conjunta”, asegura Ben Barkow,
director de la Wiener Library. “En aquella declaración reafirmaron su
resolución de garantizar que los responsables de esos crímenes fuesen juzgados
y por eso crearon el Comité de Crímenes de Guerra de la ONU”.
¿Por qué los aliados y los países neutrales no hicieron entonces nada
para tratar de sacar a los judíos de Europa? “Es una buena pregunta y los
gobiernos de Reino Unido, Estados Unidos y otros tal vez deberían explicarlo
alguna vez. No rebajaría el poder y la amplitud del antisemitismo entre los
Aliados. También creo que la propaganda de guerra jugó un papel. Un historiador
de la BBC explicó una vez que la corporación británica minusvaloró las
informaciones sobre el Holocausto porque sintió que, durante la I Guerra
Mundial, los gobiernos habían manipulado las atrocidades cometidas por el
enemigo en sus campañas de propaganda”. Dan Plesch cree que también influyó el
antisemitismo y señala que, además, “todos los esfuerzos de los Aliados estaban
centrados en derrotar al enemigo, no había sitio para nada más”.
El premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel,
superviviente de Auschwitz fallecido
el año pasado, aseguró que nunca perdonaría a los Aliados no haber bombardeado
las vías de tren que llevaban a los campos de exterminio cuando miles de
personas eran asesinadas cada día. Las puertas cerradas a los judíos europeos
forman parte de esas mismas preguntas sin respuesta.
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9 de mayo de 2016
Galicia, refugio de contrabandistas, espías y desertores en la Segunda Guerra Mundial
Galicia, refugio de contrabandistas, espías y desertores en la Segunda
Guerra Mundial
El
tráfico de wolframio y el flujo de información del Eje y de los Aliados
convirtieron el noroeste peninsular en un escondrijo clave desde el que se
gestaron operaciones decisivas de la contienda
España enfilaba el final de su propia agonía cuando en Europa empezaba a germinar la que sería su segunda gran guerra en menos de un siglo. La tensión en la que se ahogaba el Viejo Continente buscó aire en los alrededores, y lo encontró en Galicia, a la que convirtió en un potente escondrijo desde el que se gestaron algunas operaciones decisivas para la contienda.
Mientras el país buscaba entre los restos de la Guerra Civil cómo evitar sucumbir a la pobreza, las aldeas gallegas, fracturadas social e ideológicamente en vencedores y vencidos, se transformaron en «ciudades sin ley» y crecieron de forma desproporcionada con la llegada de aventureros, prostitutas y presos políticos a los que se les ofrecía una redención de penas por la explotación en las minas de un material hasta el momento olvidado.
Espoleado por el auge del wolframio en 1939, el territorio gallego se reinventó y resurgió como nido del mercado negro. Los alemanes necesitaban el mineral para reforzar los cañones y tanques de la industria militar nazi; los británicos, que no tenían interés en el wolframio, se lo compraban al mejor postor para sabotear el flujo al Tercer Reich, y luego lo tiraban al mar. Su puja lo convirtió en «el oro gallego», la materia prima más cotizada, y sus precios se incrementaron notablemente, como también lo hicieron las riquezas de los que traficaban con él.
Convirtiendo en suyo el lema de la generación beat de «vivir rápido, morir joven, y dejar un bonito cadáver», Galicia aprovechó su momento, utilizando un dinero «que llegaba de manera tan rápida como se iba», confirma el profesor de Historia Contemporánea de la USC Emilio Grandío a ABC. Pese a un leve repunte en 1950 con la Guerra de Corea, el éxito del wolframio se esfumó y, debido a la presión extrema ejercida por Gran Bretaña y EE.UU. sobre el comercio español, al que amenazaban con bloqueos (por ejemplo, del petróleo) si no detenía el tráfico de mineral, perdió interés a partir de 1944,cuando la Segunda Guerra Mundial expiraba ya su último aliento.
«No hubo ni guerra ni matanzas»
«Vigo no era una ciudad común», asegura el periodista Carlos G. Reigosa, autor de «La venganza del difunto», una novela sobre el papel decisivo que desempeñó Galicia durante esta contienda. En la ciudad olívica «no hubo ni guerra ni matanzas», pero tampoco todo fue el wolframio. Tambiénconfluyeron redes de espionaje del Tercer Reich y de contraespionaje británico y, en sus dársenas, además de repostar y hacer relevos de tripulación, se aprovisionaron submarinos alemanes del Atlántico Sur. «Todo eso transcurría en medio de la calma absoluta de Vigo, con poca gente informada, aunque había detalles delatores, como la gran cantidad de 'haigas' (coches de lujo) en proporción a la población, teatros y cines llenos… hasta los pintores gallegos se trasladaron a la ciudad porque, en plena posguerra española, era de las pocas ciudades vivas, donde se movía dinero», comenta.
También se convirtió en puerta de salida para los que huían del rigor de la metralla. «Estas redes forman parte de un universo secreto por su propia condición», explica Grandío. «Desde 1940, los británicos deciden intervenir y aprovechan una especie de carril que pasaba por los Pirineos y permitía atravesar la Península hasta la costa gallega». Los Aliados utilizaban estas rutas para dar salida no solo a judíos que huían del Holocausto, también a otros represaliados por el régimen nazi como refugiados europeos o miembros del SOE (Dirección de Operaciones Especiales de la Corona británica) a los que querían repatriar.
«A partir del 43, Franco, que hasta el momento se hacía el sueco y permitía salidas controladas por su posición de país neutral, comienza a denunciar estas actividades y a boicotearlas en parte. Esos mismos itinerarios que se gestan en el mercado clandestino son utilizados a partir de entonces por los nazis», con quienes el Generalísimo estaba más cómodo ideológicamente.
«No hay pruebas de que Hitler esté muerto»
Y uno de ellos pudo ser Adolf Hitler, que no se habría suicidado en su búnker el 29 de abril de 1945, sino que habría huido a través de un túnel secreto hasta el aeropuerto de Templehof, desde donde habría volado a España y, posteriormente, a Galicia. Una de las controversias históricas que más teorías conspiranoicas ha despertado, y que ahora aborda el documental de History Channel «Hunting Hitler», que cita como base 700 documentos desclasificados por el FBI en 2014. Protegido por la red nazi que se había tejido en el noroeste de la Península, el Führer habría pasado desapercibido, y se embarcaría en Vigo, como tantos otros generales de su régimen, para terminar refugiado en Argentina. Hasta J. Edgar Hoover, el mítico director de la Agencia Federal de Información, tenía sus dudas: «Los oficiales del Ejército estadounidense en Alemania no localizaron el cuerpo de Hitler ni hay ninguna fuente fiable que pueda decir, sin dudas, que Hitler está muerto».
Para Reigosa, este aura de leyenda que rodea al Führer fue alimentada de forma consciente por los soviéticos, que trasladaron los restos de su cadáver a Moscú al término de la guerra y, en 1970, el KGB los incineró y arrojó sus cenizas a un río. Por si no hubiese suficientes gérmenes para la conspiración, se descubrió hace siete años que el cráneo que aún conservaban los rusos no era de Hitler, sino de una mujer de unos 40 años, de acuerdo a los estudios del ADN.
La «ruta de las ratas»
Aunque Reigosa no da mucha validez a la supervivencia del líder nazi, sí recoge en su novela, a partir del testimonio verídico del político del PSOE Paco Vázquez, que, a pesar de no existir documentación que lo constate, no sería descabellado pensar que Josef Menguele sí hubiese sido uno de esos generales del Tercer Reich que dejaron España a través del muelle de Vigo para evitar las represalias del bando vencedor tras el conflicto, en lugar de huir a través de Génova. Y no habría sido el único en elegir los puertos gallegos como punto de fuga hacia una nueva vida. «Los enemigos la conocían como la 'ruta de las ratas', y por ella huyeron personas notables del régimen nazi», cuenta a ABC.
«Galicia es una zona idónea para traficar con gente u ocultar información porque se encuentra en una esquina y es menos visible», aclara Grandío. Por su posición geográfica, escondida al noroeste de la Península, la Comunidad gallega fue una de las «cocinas» de esas estrategias que determinaron parte de la Segunda Guerra Mundial.
«Los alemanes comienzan a establecer redes de espionaje y de vigilanciadesde la victoria del Partido Nazi en 1933, y a activar colonias alemanas en el extranjero que se extenderán hasta el final del conflicto», explica el experto. Los convencieron utilizando el pretexto de que cada ciudadano o empresa germana pertenecía al Tercer Reich y tenía la obligación de ayudar al Eje como su prolongación, con la anuencia del franquismo, que había declarado al país como No Beligerante en la contienda pero que, jugando con la ambigüedad de su carácter en una dictadura personalista, «daba bandazos» con una política de perfil favoreciendo sobre todo al Eje, pero también a los Aliados.
Núcleo de espionaje y contraespionaje
Pero los nazis no fueron los únicos en instalar en Galicia servicios secretos. El contraespionaje británico comenzó en la Comunidad en 1940, «creando y reactivando redes de información y sabotaje. Empiezan activando las redes consulares y comerciales ya establecidas en España, incluida Galicia. Esas redes están formadas por diplomáticos y sus familiares, empresarios que llevan años en la zona y nativos a los que se les prometen incentivos honoríficos o monetarios. Así enviaban información, fotografías y planos a Londres», cuenta Grandío. Con unos servicios de información de base, los británicos comienzan a infiltrar a finales de 1941 y principios de 1942 a espías adiestrados. Y operaban de manera similar a las redes de información nazi.
Allanando el terreno para los espías americanos que comenzarían el trabajo de campo en Galicia entre 1942 y 1943, «el SOE entra en contacto un año antes con la Federación de Guerrillas de León-Galicia (organización antifranquista pluripartidista formada por anarquistas, socialistas y comunistas que pretendía recuperar la democracia) para contrarrestar los planes del régimen de Hitler.
En principio fluía la información, pero no corría la sangre. Aunque no siempre fue así. De hecho, Reigosa en su novela emplea una vez más un testimonio real para demostrarlo. En esta caso utiliza el del fallecido periodista Celso Collazo, testigo directo desde la ciudad olívica del trajín de judíos en una pensión y de sus conversaciones con el enlace que les daría pasaportes hacia Latinoamerica, para contar la misteriosa muerte de Leslie Howard. El actor, famoso por su papel de «Ashley Wilkes, el amor imposible de Scarlett O’Hara en la película "Lo que el viento se llevó", murió en 1943 en un avión que derribaron los nazis frente a la costa gallega (...) Era inglés, hijo de un judío húngaro. Cuando comenzó la II Guerra Mundial, vino de Estados Unidos y se puso al servicio de su Gobierno (...) cuando regresaba de hacer una gestión y volaba desde Lisboa a Inglaterra en un DC-3 «Ibis», varios cazas alemanes fueron a por él a pocas millas de la costa y lo derribaron», recita el personaje, resucitado para la novela.
20 de julio de 2015
British archives hiding royal family’s links to anti-Semitism in 1930s, says historian
INTERVIEW
British archives hiding royal family’s links to anti-Semitism in 1930s, says historian
Amid row over 7-year-old Elizabeth’s ‘Nazi salute,’ German historian Karina Urbach says documentation on monarchy’s connections to Hitler is being withheld, may well have been destroyed
Edward, Duke of Windsor, reviewing a squad of SS with Robert Ley in October 1937. (Bundesarchiv, Bild 102-17964 / Pahl, Georg / CC-BY-SA)
LONDON — In April 1945, code-breakers at Bletchley Park, England, intercepted the following telegram from Adolf Hitler, who was then under siege in his bunker in Berlin: “The Führer attaches importance to the President of the Red Cross, the Duke of Coburg, on no account falling into enemy hands.”
Karina Urbach, a German historian, believes that whatever information Hitler shared with Carl Edward, the Duke of Coburg — who was a grandson of Queen Victoria, and a close blood relative to the current British monarchy — it was damning enough to warrant an assassination request. Coburg, though, would manage to escape such a drastic fate and eventually died in 1954 of natural causes, aged 69.
Urbach has recently published “Go Betweens For Hitler,” a book that explores how members of the aristocratic class across Europe worked as secret negotiators for Hitler during the interwar years.
The go-betweens were unofficial, invisible actors who secretly delivered messages between heads of state to ensure that off-the-record conversations could happen at the highest levels in the murky world of international relations.
While research hitherto has focused on the support German aristocrats secretly provided Hitler within Germany, Urbach’s book discusses an additional, international dimension to this secret diplomatic back channel, most notably from members of the British royal family.
A row of newspapers on display including a paper with a photo of Britain’s Queen Elizabeth as a child giving a Nazi salute, in a shop, in London, Saturday July 18, 2015. (AP Photo/Tim Ireland)
This flirting with Nazism on the part of the royal family caused a media storm Saturday as Britain’s The Sun published a cover story with the headline “Their Royal Heilnesses.” The newspaper’s front page photo showed the seven-year-old future Queen Elizabeth IIperforming a Nazi salute in a hitherto-secret 1933 family video.
In the 17-second video from which the still was taken, young Elizabeth is seen playing with her corgi, dancing, and also raising her right arm three times, alongside her mother, Queen Elizabeth, sister Princess Margaret, and uncle Edward VIII. Buckingham Palaceannounced Sunday an investigation into how the video was procured by The Sun.
The Sun’s publication has caused immense debate in the UK. Are the pictures an outrageous invasion of privacy, or a timely reminder, in the words of one commentator, that Edward VIII, briefly Britain’s king, dabbled with fascism?
Is it possible that certain British historians have consistently tried to play down anti-Semitism in the British royal family during the 1930s?
“Edward VIII was particularly attracted to the Nazis because of their social ideas,” says Urbach, an assertion that contrasts with that of the British historian Philip Ziegler. In 2012, Ziegle published a biography of Edward VIII, who was king for six months in 1936 only to voluntarily abdicate so he could marry an American divorcee. Ziegler has written that Edward VIII was only “mildly anti-Semitic.”
In her book, much of Urbach’s narrative focuses on royal relative Carl Edward and his loyalty to the Nazi movement for nearly two decades. It would appear his ties to Hitler helped to create a widespread culture of anti-Semitism among the British monarchy.
“Carl Edward’s British network was very useful for Hitler,” the German historian explains from an University of London office in the Institute of Historical Research, where she is currently a senior fellow.
“Hitler was an Anglophile, and his dream [during the early 1930s] was to have an alliance with Britain,” says Urbach.
German historian Karina Urbach says the British royals are covering up an anti-Semitic past. (courtesy)
“Hitler needed people who had access to the elite in Britain. Carl Edward was therefore ideal. He was born in Britain, and he was related to Queen Mary, who was very pro-German. She invited Carl Edward several times to England and had a correspondence with him that has mysteriously vanished,” says Urbach.
“The Royal Archives in Britain are hindering research on this subject,” she alleges.
Urbach believes letters the British monarchy is presently holding back from the public would potentially shed far more light on details about Coburg’s relationship with Hitler. Unfortunately, though, they are still under strict censorship. Or, she believes, they may have been destroyed.
“After 1945, and the de-Nazification trials, [German aristocrats] burned a lot,” says Urbach.
‘Jews were always seen as scapegoats in the eyes of the aristocracy’
Gleaning more information on how members of the British Monarchy empathized with and supported the Nazi regime during the 1930s is today almost impossible, says Urbach, because the Royal Archives at Windsor have a strict embargo on royal correspondence for the interwar years.
It’s hardly surprising. During the 1920s and 30s, under the influence of conversations they had with their German relatives, many British royals became deeply embroiled in Fascist ideas, even flirting with Nazi ideology. Although Nazism clearly waged an ideological war on the upper classes, it did not, unlike Bolshevism, threaten to dispossess private property from aristocrats.
While publicly, Hitler may have mocked members of the aristocracy as degenerates, privately he knew how useful a group of socially well-connected individuals could be in the poker game of international diplomacy.
‘In the 19th century Jews represented liberalism, which the aristocracy definitely didn’t support. Then in the 1918 revolution in Germany, it was Jews who were also taking part’
Likewise, the anti-Semitism that pervaded Nazi ideology didn’t present any kind of moral dilemma for members of either the German or British aristocracy. According to Urbach, Jews were regarded as the carriers of the Bolshevism the aristocracy saw as an existential threat to their existence.
“Jews were always seen as scapegoats in the eyes of the aristocracy,” the historian claims. “In the 19th century Jews represented liberalism, which the aristocracy definitely didn’t support. Then in the 1918 revolution in Germany [which resulted in the Weimar Republic], it was Jews who were also taking part.”
Carl Edward, Hitler’s generous friend
Urbach’s book documents how Carl Edward, as far back as 1922, developed a special bond with Hitler. Their deeply anti-Semitic connection, she wrote, was predominantly built upon a love of toxic far-right politics.
On October 15, 1922, Hitler and the Duke celebrated together in a local pub in the town of Coburg, Germany, following a mass street brawl between communists and Nazis. Fighting continued throughout the night and a local Jewish businessman was attacked.
Their camaraderie continued and in 1935, Hitler presented the Duke with the Coburger Ehrenzeichen der NSDAP: a special honor awarded to those who had participated in the Coburg “German Day” that became immortalized in Nazi mythology.
Urbach cites in her book a 2007 documentary made on British television entitled “Hitler’s Favourite Royal.” It attempted to portray Carl Edward as a victim of circumstance, rather than a committed Nazi ideologue.
In an interview with The Times of Israel, Urbach claims this is misleading. She points to evidence showing Carl Edward donating generously to the Nazi party for years; she documents how he bankrolled political murders, and says he knew about the death camps in Buchenwald.
Carl Edward’s sister Alice later denied his knowledge of these events, painting him instead as a philanthropic do-gooder and peacemaker for the Red Cross.
Prince Josias Waldek-Pyrmont, a high-ranking SS member, who supervised a Buchenwald deathcamp. (public domain via wikipedia)
But it’s almost impossible, says Urbach, that Coburg didn’t have a deep understanding of the gas chambers and the plans for the extermination of the Jews. In fact, Coburg’s cousin, Prince Josias Waldek-Pyrmont, was a high-ranking member of the SS and supervised one of the death camps in Buchenwald. The two men also shared a villa in Berlin where other SS officers constantly frequented.
Charles Edward’s anti-Semitism was racially as well as politically motivated. When Coburg visited the US in 1934 he said that Jews played an “unrestricted” role in society and “abused” their role, much as they had done in Germany.
American officers who were part of the army’s psychological warfare team, captured Coburg after WW II. When asked if he thought the Jews were treated badly in the war, Coburg said that methods used to eliminate them by Hitler were harsh, but necessary to remove Jewish influence from the world of German arts, media, and culture.
The missing link: Queen Mary of Teck
The historian believes the influence the Nazi party had on the British monarchy can be traced back to the German relatives of Queen Mary of Teck, the wife of King George V, mother to King Edward VIII, George VI, and grandmother to the current queen.
This has never been analyzed in thorough detail though, says Urbach. Again, because letters from the German relatives to Queen Mary, from 1918 onwards, are not available from the Royal Archives.
Queen Mary of the United Kingdom, also known as Mary of Teck, was the Queen consort of George V and the grandmother of Queen Elizabeth II. (public domain via wikipedia)
The Times of Israel asked whether this withholding of information was happening for fear that the contents might paint a picture of the British royal family as deeply anti-Semitic?
“Yes, of course,” Urbach replied. “The British upper classes were deeply anti-Semitic during this period. This has been swept under the carpet.”
“Whenever I describe to certain historians how Edward VIII was saying things like ‘put Jews against the wall, they are responsible for everything,’ they respond defending him saying ‘Yeah, but he was friendly with the Rothschilds.’ Of course the Rothschilds were rich and powerful. But did Edward VIII have sympathy with poor Jews in London’s East End? I don’t think so,” says Urbach.
When Urbach requested letters she believes most certainly exist between the Duke of Coburg and Queen Mary, the Royal Archive gave her one postcard and told her nothing else exists.
‘The British upper-classes were deeply anti-Semitic during this period. This has been swept under the carpet’
“This is bizarre and ridiculous,” says Urbach.
“We know that Carl Edward visited Queen Mary all the time. So there must be lots of letters. But mysteriously they have all gone. There have been lots of conspiracy theories about this. Because after 1945 there was what has become known as a ‘cleaning up’ mission.”
Censorship performed by the royal Soviet mole
Anthony Blunt, who was once an art adviser to the current queen — and who later confessed to being a Soviet mole — was sent over to Germany to clean up any evidence of links between the British royal family and the Nazi party, says Urbach. Apparently, the Russian government have a file on this, she adds.
‘I was ostracized by the Royal Archives because I wanted these papers’
“Russia has always threatened to publish this file on Blunt, detailing what kind of letters he collected in Germany after the war.”
In the UK, which is a constitutional monarchy, the royal family is often portrayed in the British media as apolitical: an institution that represents tradition without political power. But when certain members of that institution are continually attempting to hide their family’s past dealings with Nazi sympathizers, surely this is highly undemocratic and needs to be investigated further?
“Yes, I’m not the only historian saying this,” says Urbach. “Other historians who want to work at the Royal Archives are afraid to say this publicly.”
Britain’s Prince William stands close to Kate, Duchess of Cambridge, as she carries their newborn baby princess as they leave St. Mary’s Hospital’s Lindo Wing, London, May 2, 2015. (John Stillwell/Pool via AP)
Urbach says when she was previously writing a book on Queen Victoria, she was invited around for tea at the Royal Archives. However, when she started demanding any material involving details of the British monarchy’s dealings with Nazi Germany, the relationship turned sour.
“I was never asked for tea at the Round Tower at Windsor again,” says Urbach.
“I was ostracized by the Royal Archives because I wanted these papers. The Royal Archives claim that they are a private archive. Of course they are not. The British public are entitled to have access to this correspondence because it’s their history. You cannot just cut it out, or cover it up, because you don’t want to upset the current queen.”
“The [Monarchy] pretend to be an open [institution] by publishing children’s letters Queen Victoria wrote, and beautiful pictures of royal babies. The things they are feeding us are charming and sugary. But it covers up the fact that they are not giving us the real historical material,” says Urbach.
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