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22 de diciembre de 2019

ARBOL

viernes, 20 de diciembre de 2019


ÁRBOL – 21/12/2019

La costumbre de decorar un árbol en las Navidades viene de los tiempos del Papa San Gregorio Magno, que impulsó la cristianización de las tribus germánicas. Esos paganos tenían el hábito absurdo de adorar árboles y ofrecerles sacrificios. Entonces los monjes aprovecharon la forma triangular del abeto para explicar a los bárbaros el misterio de la Santísima Trinidad.

El monje irlandés Columbano fue a Francia para fundar monasterios, pero la indiferencia de los habitantes era tal que no sabía qué hacer. En la noche de Navidad del año 615 tuvo la idea de cortar un pino e iluminarlo con antorchas. La gente quedó muy intrigada y corrió a ver esa maravilla. Entonces, San Columbano predicó el nacimiento del Niño Jesús. Es una de las primeras referencias del árbol navideño.

La región de Alsacia es considerada pionera en esta tradición. En la ciudad amurallada de Sélestat, el Emperador Carlomagno pasó la Noche Santa del año 775 siendo propulsor del árbol decorado. Posteriormente los habitantes de la ciudad consagraron la costumbre como celebración católica. En el siglo XVI el árbol de Navidad era montado en el coro de las iglesias representando el árbol del Paraíso. Se decoraba con manzanas, para recordar la tentación de nuestros primeros padres, pero también ponían hostias simbolizando la Redención, así como ángeles, estrellas y otros símbolos. Al escoger el árbol del Paraíso para representar las festividades de Navidad, la Iglesia estableció un puente entre el pecado de Adán y Eva, por un lado, y por otro la venida de Jesús, el nuevo Adán que vino a regenerar a la humanidad, naciendo del seno virginal de la nueva Eva, la Señora de todos los Pueblos.

Riga, la capital de Letonia, ya en el año 1510 exponía el maravilloso árbol en estas fechas del año.

En Francia la costumbre se generalizó cuando la princesa Elena de Mecklemburgo lo trajo a París en 1837, después de su casamiento con el duque de Orleans.

Y en 1841, el príncipe consorte Alberto, esposo de la reina Victoria de Inglaterra, levantó un árbol de Navidad en el castillo de Windsor. A partir de la corte inglesa, que entonces era muy influyente, la tradición se propagó al pueblo inglés y de allí al mundo entero.

https://www.accionfamilia.org/formacion-catolica/fiestas-religiosas/el-arbol-de-navidad-una-tradicion

4 de diciembre de 2019

HEREDITARIEDAD



martes, 3 de diciembre de 2019



HEREDITARIEDAD – 04/12/2019

De las múltiples formas de herencia, la más preciosa no es la del dinero. La herencia fija muchas veces en una misma estirpe, sea noble o plebeya, ciertos trazos fisonómicos o psicológicos que constituyen una unión entre las generaciones, testimoniando que de algún modo los ancestros sobreviven y continúan en sus descendientes. Le corresponde a la familia, consciente de sus peculiaridades, destilar a lo largo de las generaciones el estilo de educación y de vida doméstica, así como de actuación privada y pública, en que la riqueza original de sus características alcance su más justa y auténtica expresión. Este deseo, realizado en el transcurso de los decenios y de las centurias, es la tradición. O una familia elabora su propia tradición como una escuela de ser, de actuar, de progresar y de servir, para el bien de la patria y de la cristiandad, o corre el riesgo de generar no raras veces, desencajados, sin definición de su propio yo y sin posibilidad de encaje estable y lógico en ningún grupo social. ¿De qué vale recibir de los padres un rico patrimonio, si de ellos no se recibe, por lo menos en estado germinativo, cuando se trata de familias nuevas, una tradición, o sea, un patrimonio moral y cultural? Tradición que no es un pasado estancado, sino la vida que la semilla recibe del fruto que la contiene. O sea, una capacidad de germinar, de producir algo de nuevo que no sea lo contrario de lo antiguo, sino el armónico desarrollo y enriquecimiento de él. Vista así, la tradición se amalgama armónicamente con la familia y la propiedad, en la formación de la herencia y de la continuidad familiar. Este principio es de sentido común universal. Y por esta razón vemos que aún los países más democráticos lo acogen. Es porque la gratitud tiene algo de hereditario. Ella nos lleva a hacer por los descendientes de nuestros bienhechores, aunque hayan fallecido, lo que ellos nos pedirían que hiciésemos. A esa ley están sujetos no sólo los individuos sino también los Estados. Habría una flagrante contradicción en que un país guardase en un museo, por gratitud, un bolígrafo, las gafas, o hasta las pantuflas de un gran bienhechor de la patria, pero relegase a la indiferencia y al desamparo aquello que él dejó de muchísimo más suyo que las pantuflas, o sea, la descendencia. De ahí la consideración que el sentido común consagra a los descendientes de los grandes hombres, aunque sean personas comunes. Por esto, por ejemplo, en los Estados Unidos, todos los descendientes de Lafayette, el militar francés que luchó por la independencia, gozan de las honras de la ciudadanía americana, aunque hayan nacido en otro país. De ahí también un bello lance histórico, ocurrido durante la guerra civil española de 1936. Los comunistas se habían apoderado del Duque de Veragua, al que vemos en la foto, último descendiente de Cristóbal Colón, e iban a fusilarlo. Todas las repúblicas de América se unieron para pedir clemencia por él. Porque no podían ver con indiferencia que se extinguiera sobre la tierra la descendencia del heroico descubridor. Estas son las consecuencias lógicas de la existencia de la familia y de los reflejos de ella en la tradición y en la propiedad. ¿Privilegios injustos y odiosos? No. Siempre que se salve el principio de que la herencia no puede encubrir el crimen, ni impedir la ascensión de valores nuevos, se trata simplemente de justicia. Y de la mejor.

3 de octubre de 2019

TRADICION

miércoles, 2 de octubre de 2019



TRADICIÓN - 03/10/2019

La tradición tiene un papel de tal manera importante que sólo una palabra podría precederla. Es la palabra religión. La tradición es un valor muy alto del espíritu y merece preceder a los conceptos de familia y de propiedad. De hecho, la tradición hoy defiende los propios presupuestos de la civilización y particularmente de la civilización perfecta que es la cristiana. Basta considerar las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Innumerables cambios han tenido lugar en este período en el pensar, sentir, vivir y actuar de los hombres. Considerados estos cambios en su conjunto, sin tener en cuenta las excepciones, es innegable que se dirigen a una situación de violenta oposición con todas las tradiciones espirituales y culturales que recibimos. Estas tradiciones siguen aún vivas, pero continuamente alguna modificación las debilita. Por supuesto que, si nadie se levantase en su defensa, a la larga perecerían. Ahora, la extinción de estas tradiciones supone el mayor naufragio de la Historia. Las mejores tradiciones están siendo erosionadas por distorsiones sofísticas de algunos conceptos, por otra parte, de gran valor. Por ejemplo, la simplicidad. Simples serían aquellos que prefieren las cosas que no requieren mucho gusto, ni mucho esfuerzo. Sin pretensiones sería la persona que siente bienestar en ser vulgar. La "simplicidad" va invadiendo cada vez más las costumbres de los jóvenes y adultos. Las reglas de cortesía y de trato, el modo de organizar una casa, de recibir, de vestirse, de hablar, van siendo cada vez más "simples". Decoro, brillo, calidad, clase, prestigio, son valores de espíritu cada día menos aceptados. Ahora, ellos contienen muchos elementos de lo que la tradición nos ha legado de más precioso. Con esto, la vida se va volviendo descolorida, los estímulos nobles se marchitan, los horizontes se acortan y la vulgaridad invade todo. Otro ejemplo es la "espontaneidad", que llevaría a evitar todo tipo de esfuerzo, el de pensar, de querer, de refrenarse. Inducirían a dar rienda suelta a la sensación, a la fantasía, a la extravagancia, de todas las maneras posibles. La televisión, que excita, va matando así al libro, que invita a la reflexión, las ideas se van empobreciendo y con ello el vocabulario también. Hablar se reduce en ciertas ruedas a narrar con vocablos básicos algunos hechos elementales. Divertirse es saltar y dar gritos sin sentido. Y reír. Reír mucho, pero sin mucha razón para reír. Está claro que, en materia sexual, incluso más que en otras, cualquier contención es rechazada. La moral sexual de algunas personas consiste en legitimar todos los excesos para evitar complejos. La historia de todos los "progresos" últimamente ha sido la siguiente: una minoría lanza una extravagancia loca, la mayoría siente escalofríos y protesta, la minoría insiste, la mayoría se va acostumbrando, mientras tanto la minoría prepara un nuevo escándalo, y este escándalo tendrá el mismo éxito. Así la mayoría va entrando en este nuevo mundo, fascinada, con piel de gallina, hipnotizada, como el pajarito entra en la boca de la serpiente. De tanto reducir la cortesía, ella morirá. De tanto acortar los trajes, desaparecerán. De tanto callar sobre los valores fundamentales de la cultura y del espíritu ellos desertarán la Tierra.