Mostrando entradas con la etiqueta História. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta História. Mostrar todas las entradas

2 de abril de 2019

Carta abierta a López Obrador

Carta abierta a López Obrador

Es difícil explicar los sentimientos que para un español produce su extravagante reclamación


El presidente de México Andrés Manuel López Obrador

Luisa Cruz Picallo

Actualizado:
Señor Presidente:
Es difícil explicar los sentimientos que para un español produce su extravagante reclamación.
Probablemente usted no conoce bien y por consecuencia desprecia la historia de España, la de Europa y la de su propio país.
Una breve pincelada para recordarle que España fue reiteradamente invadida por los pueblos cercanos y remotos hasta el imperio romano que dominó España durante muchos siglos.
España y los españoles estamos profundamente agradecidos a Roma, España no sería lo que es sin Roma. Pero Roma entró en España a espada y fuego, violando, matando y fíjese usted, a pesar de eso, le estamos, repito, profundamente agradecidos.
Ocho largos siglos duró la invasión árabe y créame los moros entraron a saco y a cuchillo. Sobre los templos romanos, sobre las arrasadas basílicas visigóticas construyeron sus mezquitas. Pero España exhibe orgullosa la huella árabe, no reniega de ella.
España “descubre” América a finales del siglo XV. Resulta imposible analizar los hechos acaecidos entonces con la mentalidad de hoy porque la brutalidad de algunos hechos de aquella época eran también habituales en el viejo mundo. No digamos en Méjico.
Los primeros españoles que llegaron al país azteca no tardaron en comprobar que las paredes de los templos no estaban pintadas de negro, no. Eran capas y capas de sangre coagulada del corazón palpitante arrancado vivo a las víctimas de los sacrificios humanos en sus abyectas ceremonias religiosas.
Tal vez el sueño del señor López Obrador hubiera sido el de una tierra virgen, libre de colonizaciones culturales, políticas, o religiosas extrañas a la idiosincrasia del país y eso se prolongaría ¿Por tiempo indefinido? ¿O, en algún momento las clases dirigentes que secularmente sojuzgaban al pueblo azteca dejarían de asesinar y reconocerían a los indios su dignidad de seres humanos libres y pensantes? No. Fueron España y los españoles, pero también la Iglesia católica con el Evangelio quienes llevaron a América todos esos derechos, todas esas verdades. La moral que regía Europa, lo bueno y lo malo del viejo continente.
Las leyes que la reina Isabel dicta para las nuevas tierras, las “Leyes de Indias” son de una absoluta grandeza de espíritu, aún juzgadas con una visión actual. Son grandiosas en la concepción de los Derechos Humanos, precursoras de muchas otras leyes y conceden al pueblo indio, al último de los indios los mismos derechos que a sus vasallos españoles.
Pero hay más, hay una vocación de enseñar, de alfabetizar, de desarrollar los países dotándoles de universidades, academias colegios, iglesias, conventos, factorías, ingenios, talleres. Se dispone de médicos, veterinarios, fedatarios públicos, maestros. La misma estructura que en cualquier pueblo, o ciudad española de la época.
Y una mezcla de razas desconocida hasta entonces. Esa mezcla se produce en los primeros viajes de Colón al Nuevo Mundo y se produce no solo como consecuencia de relaciones carnales de todo tipo, sino también a través de matrimonios canónicos de pleno derecho entre españoles e indias. Y eso pasa mientras en Roma se llega a discutir sobre la naturaleza humana, o no de esos mismos indios.
Del respeto de España a aquel Méjico que se encuentra en los albores del siglo XVI da cuenta el título de duque de Moztezuma que concedieron los reyes de españoles a los descendientes de la familia real azteca. Máxima distinción, máximos honores al contrincante vencido.
No voy a discutir acerca del oro que se llevó España. Solo daré un dato: actualmente Méjico exporta más oro al año que el que se llevaron las naves españolas en todo el periodo virreinal.
Y un consejo: visita obligada en España: Las Médulas, ese monumental esqueleto de El Bierzo en León. Las rocas y los enormes huecos que albergaron la inconmensurable cantidad de oro que se llevó Roma dejando como testigo mudo una región desolada.
Hay, sin embargo, otro dato que hace más sorprendente aún su “reclamación” que no “petición” de perdón a España.
Díganos Señor presidente de donde procede su apellido porque, tal vez, este dato nos dé una pista acerca de su origen. Si usted es descendiente de los aztecas, o bien es oriundo de algún pueblo de España.
Dado que muchas familias criollas asentadas en América cedieron sus apellidos a los indios y campesinos a su cargo los apellidos López Obrador no indican necesariamente su ascendencia española. Pero me atrevo a pensar que usted sí es descendiente de españoles.
Es curioso que ninguna guerra, ningún proceso de independencia de las colonias españolas en América, ninguno, haya sido realizado por el pueblo indio. No ha habido ninguna revolución del pueblo contra España. Las revoluciones, la independencia las hicieron los criollos, los españoles traidores a sus reyes y a su patria.
Y son esos criollos, españoles al fin, los que gobiernan, los que siguen explotando a los indios, los que no consiguen que ese pueblo maravilloso se desarrolle al nivel que sus enormes recursos les podría proporcionar y al que tienen todo el derecho.
Por eso, quizás, sería usted el que debería plantearse pedir perdón a esa población aborigen vergonzosamente marginada y a sus ascendientes españoles a los que probablemente en un momento de la historia se les traicionó.
No caiga en el error de escudarse en Méjico y utilizar su nombre como ariete contra España. Su “cruzada” tiene muy poco recorrido. Sus argumentos llenos de reproches y agravios son ofensivos e impropios de una persona de su alta representación.
En España queremos y respetamos a Méjico de la misma manera que nos sentimos queridos por el pueblo mejicano. Otra cosa, claro está, es que seamos libres de pensar que no siempre los países tienen el Presidente que se merecen.

Con Dios.

9 de octubre de 2017

EPILOGO DE LA "HISTORIA DE LOS HETERODOXOS" DE MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO


Epílogo
 ¿Qué se deduce de esta historia? A mi entender, lo siguiente:
 Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos
destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de
costumbres, sin unidad de culto, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de
nuestra hermandad ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma tribu a tribu, ciudad a
ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose
impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos
rasgos nativos de selvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse
sino bajo la denominación romana. Roma, sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a
la unidad legislativa, ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares, siembra en
las mallas de esa red colonias y municipios, reorganiza la propiedad y la familia sobre
fundamentos tan robustos, que en lo esencial aún persisten; nos da la unidad de lengua, mezcla
la sangre latina con la nuestra, confunde nuestros dioses con los suyos y pone en los labios de
nuestros oradores y de nuestros poetas el rotundo hablar de Marco Tulio y los hexámetros
virgilianos. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al
latinismo, al romanismo.
 Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sólo por ella adquiere un
pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime, sólo en ella se legitiman y arraigan sus
instituciones, sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. Sin
un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios; sin juzgarse todos hijos del
mismo Padre y regenerados por un sacramento común; sin ver visible sobre sus cabezas la
protección de lo alto; sin sentirla cada día en su hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en
la plaza del municipio nativo; sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la
lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico que él establece con sus hermanos y
consagra con el óleo de la justicia la potestad que [1037] él delega para el bien de la comunidad;
y rodea con el cíngulo de la fortaleza al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor
extraño, ¿qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de
juventud al torrente de los siglos?
 Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos con sus
mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de sus concilios. Por ella fuimos
nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la
tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista
ni la sabiduría de los legisladores; la hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos;
la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes
Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos; la escribieron en su
draconiano código los Padres de Ilíberis: brilló en Nicea y en Sardis sobre la frente de Osio, y
en Roma sobre la frente de San Dámaso; la cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico:
triunfó del maniqueísmo y del gnosticismo oriental, del arrianismo de los bárbaros y del
donatismo africano: civilizó a los suevos, hizo de los visigodos la primera nación del Occidente;
escribió en las Etimologías la primera enciclopedia; inundó de escuelas los atrios de nuestros
templos; comenzó a levantar, entre los despojos de la antigua doctrina, el alcázar de la ciencia
escolástica por manos de Liciano, de Tajón y de San Isidoro; borró en el Fuero juzgo la inicua
ley de razas; llamó al pueblo a asentir a las deliberaciones conciliares; dio el jugo de sus pechos,
que infunden eterna y santa fortaleza, a los restauradores del Norte y a los mártires del Mediodía,
a San Eulogio y Álvaro Cordobés, a Pelayo y a Omar-ben-Hafsun; mandó a Teodulfo, a Claudio
y a Prudencio a civilizar la Francia carlovingia; dio maestros a Gerberto; amparó bajo el manto
prelaticio del arzobispo D. Raimundo y bajo la púrpura del emperador Alfonso VII la ciencia
semítico-española... ¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esa unidad debimos,
si no hay, en España piedra ni monte que no nos hable de ella con la elocuente voz de algún
santuario en ruinas? Si en la Edad Media nunca dejamos de considerarnos unos, fue por el
sentimiento cristiano, la sola cosa que nos juntaba, a pesar de aberraciones parciales, a pesar de
nuestras luchas más que civiles, a pesar de los renegados y de los muladíes. El sentimiento de
patria es moderno; no hay patria en aquellos siglos, no la hay en rigor hasta el Renacimiento; pero
hay una fe, un bautismo, una grey, un pastor, una Iglesia, una liturgia, una cruzada eterna y una
legión de santos que combaten por nosotros desde Causegadia hasta Almería, desde el Muradal
hasta la Higuera. [1038]
 Dios nos conservó la victoria, y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto
entre todos los destinos de la historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos
linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el cabo de las Tormentas, interrumpiendo el
sueño secular de Adamastor, reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los
aromas de Ceilán y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la aurora. Y el otro
ramal fue a prender en tierra intacta aun de caricias humanas, donde los ríos eran como mares,
y los montes, veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por
Tolomeo ni por Hiparco.
 ¡Dichosa edad aquélla, de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España
era o se creía el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante
para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera. Nada aparecía
ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de
bronce, era la fe, que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba
guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el
golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de
Austria, la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes
luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cinta y el entregar a la
Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía.
 España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada
de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El
día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores
o de los reyes de taifas.
 A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea.
Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí
donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional, sino
viciarle, desconcertarle y pervertirle. Todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de
nuestro carácter se conserva ileso, y sale a la superficie cada día con más pujanza. Todo elemento
de fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad o sólo aprovecha para el mal. No nos queda
ni ciencia indígena, ni política nacional, ni, a duras penas, arte y literatura propia. Cuanto
hacemos es remedo y trasunto débil de lo que en otras partes vemos aclamado. Somos incrédulos
por moda y por parecer hombres de mucha fortaleza intelectual. Cuando nos ponemos a
racionalistas o a positivistas, lo hacemos pésimamente, sin originalidad alguna, como no sea en
lo estrafalario y en lo grotesco. No hay doctrina que arraigue aquí; [1039] todas nacen y mueren
entre cuatro paredes, sin más efecto que avivar estériles y enervadoras vanidades y servir de
pábulo a dos o tres discusiones pedantescas. Con la continua propaganda irreligiosa, el espíritu
católico, vivo aún en la muchedumbre de los campos, ha ido desfalleciendo en las ciudades; y,
aunque no sean muchos los librepensadores españoles, bien puede afirmarse de ellos que son de
la peor casta de impíos que se conocen en el mundo, porque, a no estar dementado como los
sofitas de cátedra, el español que ha dejado de ser católico es incapaz de creer en cosa ninguna,
como no sea en la omnipotencia de un cierto sentido común y práctico, las más veces burdo,
egoísta y groserísimo. De esta escuela utilitaria suelen salir los aventureros políticos y
económicos, los arbitristas y regeneradores de la Hacienda y los salteadores literarios de la baja
prensa, que, en España como en todas partes, es un cenagal fétido y pestilente. Sólo algún
aumento de riqueza, algún adelanto material, nos indica a veces que estamos en Europa y que
seguimos, aunque a remolque, el movimiento general.
 No sigamos en estas amargas reflexiones. Contribuir a desalentar a su madre, es ciertamente
obra impía, en que yo no pondré las manos. ¿Será cierto, como algunos benévolamente afirman,
que la masa de nuestro pueblo está sana y que sólo la, hez es la que sale a la superficie? ¡Ojalá
sea verdad! Por mi parte, prefiero creerlo, sin escudriñarlo mucho. Los esfuerzos de nuestras
guerras civiles no prueban ciertamente falta de virilidad, en la raza; lo futuro, ¿quién lo sabe? No
suelen venir dos siglos de oro sobre una misma nación; pero mientras sus elementos esenciales
permanezcan los mismos por lo menos en las últimas esferas sociales; mientras sea capaz de
creer, amar y esperar; mientras su espíritu no se aridezca de tal modo que rechace el rocío de los
cielos; mientras guarde alguna memoria de lo antiguo y se contemple solidaria con las
generaciones que la precedieron, aun puede esperarse su regeneración, aun puede esperarse que,
juntas las almas por la caridad, tome a brillar para España la gloria del Señor y acudan las gentes
a su lumbre, y los pueblos al resplandor de su Oriente.
 El cielo apresure tan felices días. Y entre tanto, sin escarnio, sin baldón ni menosprecio de
nuestra madre, dígale toda la verdad el que se sienta con alientos para ello. Yo, a falta de
grandezas que admirar en lo presente, he tomado sobre mis flacos hombros le deslucida tarea de
testamentario de nuestra antigua cultura. En este libro he ido quitando las espinas; no será
maravilla que de su contacto se me haya pegado alguna aspereza. He escrito en medio de la
contradicción y de la lucha, no de otro modo que los obreros de Jerusalén, en tiempo de
Nehemías, levantaban las paredes del templo, con la espada en una mano y el martillo en la otra,
defendiéndose de los comarcanos que sin cesar los embestían. Dura ley es, pero inevitable en
España, [1040] y todo el que escriba conforme al dictado de su conciencia, ha de pasar por ella,
aunque en el fondo abomine, como yo, este hórrido tumulto y vuelva los ojos con amor a aquellos
serenos templos de la antigua sabiduría, cantados por Lucrecio:
 Edita doctrina sapientum templa serena!
M. MENÉNDEZ PELAYO
 7 de junio de 1882.

24 de septiembre de 2017

Luis de Requesens, el general catalán que dio hasta su última gota de sangre al Imperio español

Luis de Requesens, el general catalán que diohasta su última gota de sangre al Imperio español

Educado junto a Felipe II, el diplomático y militar nacido en Barcelona fue el hombre de confianza del Rey que tuteló a don Juan de Austria en la batalla de Lepanto. Murió en la guerra de Flandes en medio de un motín generalizado de las tropas hispánicas
  • 46 
  • Compartir
  • Compartido 678 veces


Retrato de Luis de Requesens y Zúñiga
Retrato de Luis de Requesens y Zúñiga - Biblioteca Nacional de España
1

La implicación militar de los catalanes, cuyos fueros prohibían expresamente servir en una fuerza armada lejos del principado, fue casi siempre nula en los asuntos del Imperio español. Así, son pocos los soldados catalanes que protagonizaron grandes gestas o batallas de los siglos XVI y XVII donde la intervención de los habitantes de esta zona de España fuera crucial. Luis de Requesens –procedente de una familia catalana enraizada en Castilla– y la batalla de Lepanto son las más famosas excepciones. Según distintos historiadores navales, el almirante catalán asesoró directamente a don Juan de Austria sobre la estrategia que debía aplicar el bando cristiano en «la más alta ocasión que vieron los siglos», que dijo Miguel de Cervantes.
Bien es cierto que la relación de esta familia con Castilla no era la habitual en la época entre los distintos reinos que conformaban la Monarquía hispánica. Se puede decir, en efecto, que los castellanos se encontraban conociendo a los aragoneses, y viceversa, cuando los Requesens –barones de Martorell (en la Provincia de Barcelona)– se tropezaron con los Zúñiga, unos nobles castellanos pero de origen navarro. De esta forma, el padre de Luis de Requesens, Juan de Zúñiga y Avellaneda –consejero personal de Carlos I de España– se casó con Estefanía de Requesens, señora de la villa de Molins de Rey. Las capitulaciones matrimoniales precisaban que el heredero debía utilizar en primer lugar el apellido materno.
Su padre fue ayo del Príncipe don Felipe y se llevó a su hijo a la Corte
Nacido en Barcelona el 25 de agosto de 1528, Luis de Requesens y Zúñiga fue un niño enfermizo al que en una ocasión casi se le dio por fallecido, pero su madre lo llevó al altar de Nuestra Señora en Montserrat, donde al poco tiempo comenzó a recobrar el aliento. No en vano, la historia tenía reservada grandes gestas al joven catalán que, por destinos de la vida, iba a recibir la educación de un Príncipe. A principios de 1535, su padre fue nombrado ayo del Príncipe don Felipe y se llevó a su hijo a la Corte, donde ejerció como paje del futuro monarca. La cercanía con el Príncipe le convirtió en su compañero de juegos, el encargado de llevar el guion real (el estandarte) y en su confidente. En 1543, fue designado para acompañar al Príncipe de Asturias en su boda con María de Portugal, que falleció por sobreparto dos años después. El noble catalán acudió junto a su amigo cuando, deprimido por la muerte de su joven esposa, se retiró temporalmente al Monasterio del Abrojo.

Embajador en la Santa Sede

La estrecha relación de Luis de Requesens con el Príncipe de Asturias le situó, llegado a adulto, como un fiel y polivalente servidor de la Corona. Un hombre tan capaz de encargarse de materias diplomáticas como de empresas militares. Y ni siquiera el fallecimiento de su padre en 1546 pudo retrasar el ascenso político del catalán al que el Emperador le concedió la Encomienda Mayor de Castilla, ostentado por su padre hasta su muerte, y fue nombrado caballero de la Orden de Santiago antes de cumplir los 23 años. A petición de Carlos I, esta orden militar armó cuatro galeras para combatir a los turcos en el Mediterráneo y puso al frente a Luis de Requesens. Las cruzadas reales llamaban a la puerta del noble.
Pero antes de enfrascarle en la guerra mediterránea, Felipe II tenía otros planes para su amigo de la infancia. En diciembre de 1561, Requesens fue nombrado por el monarca Embajador de España ante la Santa Sede, en cuyo solio pontificio se sentaba el Papa Pío IV. Como diplomático, su mayor éxito fue conseguir la elección del dominico Antonio Michele Ghiselieri como Papa, con el nombre de Pío V, que sería a la postre el impulsor de la Santa Liga contra el Turco. Además, durante su estancia en Roma le tocó lidiar con las quejas del Papa al proceso que el Rey español consintió contra el cardenal-arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza.
De un cargo diplomático a uno militar. Felipe II nombró a su hermanastro Juan de Austria como Capitán general de la Mar, pero al ser muy joven encargó a Requesens tutelarle en su servicio, para lo cual le concedió los más amplios poderes. Y aunque la flota hispánica no protagonizó grandes acciones, se lograron impedir los saqueos que los hermanos Barbarroja realizaban hasta entonces impunemente a las costas del Levante español e islas de Baleares y se cimentó la amistad entre Juan de Austria y Luis de Requesens. Al terminar la temporada de maniobras navales, el Rey volvió a ordenar al catalán que regresara a Roma, pero el levantamiento de los moriscos en el reino de Granada volvió a unir pronto su destino al del hermanastro del Rey.

Acompaña a Juan de Austria en su cruzada

Felipe II se propuso eliminar definitivamente los resquicios musulmanes de «la diócesis menos cristiana de toda la Cristiandad» –como la había definido el Papa– y espantar la posibilidad de que los moriscos ayudaran a los turcos a realizar un ataque directamente en suelo patrio. Las amenazas desde Madrid prendieron el levantamiento armado el día de Navidad de 1568, que se extendió por las escarpadas montañas granadinas. Además de pródiga en episodios de extrema violencia, la Rebelión de las Alpujarrastuvo una duración, dos años, mucho mayor de la prevista por el monarca. El motivo estuvo en la descoordinación entre los marqueses de Vélez y de Mondéjar, así como en la escasa calidad de las tropas que residían en la península —las unidades de élite estaban en Flandes y en Italia—. Precisamente para remediar estas carencias, don Juan de Austria, junto a Luis de Requesens, fueron puestos al mando de soldados enviados desde Italia.
Aunque la lucha fue complicada y Juan de Austria –cuya actuación tuvo mucho que ver en que fuera designado almirante general de la Santa Alianza en Lepanto–, la victoria cristiana llegó en 1571 y trajo consigo una deportación general de los 80.000 moriscos granadinos hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente hacía Andalucía Occidental y las dos Castillas. Y con el final de la campaña, los dos héroes del imperio regresaron al mar, donde a Requesens le fue encomendada la preparación de la escuadra y ejército españoles que debían unirse a la Santa Liga, siendo formada esta expedición en el puerto de Barcelona, que se proponía enfrentarse a la temida flota turca.
Requesens fue el teórico detrás de las decisiones estratégicas en Lepanto
Para muchos historiadores, Luis de Requesens estuvo detrás de las decisiones estratégicas que marcaron el éxito del bando cristiano. Entre ellas, la orden de repartir a la infantería hispánica entre los barcos venecianos que iban vacíos de soldados armados o de conceder el protagonismo a los arcabuceros, los cuales se mostraron determinantes durante la contienda. Según las instrucciones del Rey, el noble catalán debía ejercer de segundo jefe de la Armada y como tutor de Juan de Austria «por su prudencia, buen juicio, virtudes diplomáticas, experiencia marinera en este mar y una respetada condición nobiliar». Además, era una de las tres personas, junto a don Álvaro de Bazán y don Juan Andrea Doria, que tenían que prestar su consentimiento a la posible decisión de presentar el combate.
Una vez en el golfo de Lepanto, donde los cristianos se impusieron a los otomanos y les causaron 30.000 bajas, Luis de Requesens combatió en una galera de la Orden de Santiago, pero prefirió quedar en un segundo plano, tanto por seguir las recomendaciones de su Rey como por el cariño y afecto que profesaba a don Juan de Austria al que no quiso restar protagonismo. Al terminar el combate, dirigió la recuperación de todos los bajeles posibles, mandando a continuación su reparación, para con ellos comenzar una expedición contra Túnez el año siguiente.
Sus maniobras políticas fueron decisivas para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto fuera llevada a Barcelona. Requesens, asimismo, prometió a la virgen que mandaría construir un convento en Villarejo de Salvanés –hoy en día presidido por dicha patrona– si ganaban la batalla.

La Guerra de Flandes: la tumba del Imperio

Estos éxitos militares y su fama de hombre conciliador llevaron a Felipe II a elegir a Luis de Requesens como nuevo gobernador de Flandes en sustitución del severo Gran Duque de Alba. Si bien el catalán no gozaba del talento militar de su predecesor, uno de los grandes generales de su tiempo, la debilidad de la hacienda real obligaba a buscar una solución pacífica a la rebelión local contra su soberano, el Rey Felipe II. Así, antes de partir para Bruselas, el nuevo gobernador publicó una amnistía general, la abolición del Tribunal de Tumultos, símbolo de la represión española, y la derogación del impuesto de las alcabalas. No obstante, el cambio de estrategia de la Monarquía hispánica fue interpretado entre las filas rebeldes como un síntoma de flaqueza y a finales del otoño de 1573, Requesens tuvo que recurrir nuevamente a las armas para imponer su autoridad.
En el mapa militar heredado del Gran Duque de Alba, aunque se mantenía bajo control la mayor parte de Flandes, se habían perdido las ciudades norteñas en la zona de Holanda y de Zelanda. En febrero de 1574 se extravió el importante puerto de Middelburg, lo cual obligó a Requesens a redoblar los esfuerzos navales, pero sin obtener grandes resultados. El Imperio español no tenía una flota adaptada a las características de las costas del norte de Europa y su auténtico poder manaba de la superioridad de su infantería, los Tercios Castellanos, que lograron imponerse en la batalla de Mook, en el valle del Mosa. Si bien el mando directo de los españoles lo tuvo en esa ocasión el abulense Sancho Dávila, la batalla de Mook es recordada como la máxima hazaña durante el gobierno del catalán y causó la muerte de dos hermanos de Guillermo de Orange, el cabecilla de la rebelión contra la Corona.
Los gastos de mantener a 86.000 hombres forzaron la suspensión de la hacienda
Aun así, Luis de Requesens no pudo aprovechar la victoria y, cuando las tropas españolas al mando del coronel Cristóbal de Mondragón –con el agua al cuello y soportando los disparos de los soldados y marinos holandeses– avanzaban hacia Zelanda, se extendió un motín generalizado entre los ejércitos hispánicos por la falta de pagas. Desde el cambio de gobernador, el Rey enviaba ingentes sumas de dinero (en 1574, concretamente, más del doble que en los dos años anteriores), pero los gastos del Ejército, que en esas fechas contaba con 86.000 hombres, superaban con creces las posibilidades económicas de la hacienda regia. El 1 de septiembre de 1575, Felipe II declaró la suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó en punto muerto.
Sin fondos, sin tropas y cercado por el enemigo que había aprovechado para contraatacar, Luis de Requesens trató de cerrar un pacto con las provincias católicas durante el tiempo que su salud se lo permitió. Enfermizo desde que era un niño, el catalán fue víctima de intermitentes fiebresdurante toda su vida que estuvieron a punto de causarle la muerte en varias ocasiones. A los 47 años de edad, Luis de Requesens falleció en Bruselas el 5 de marzo de 1576, a causa posiblemente de la peste, dejando por primera vez inacabada una tarea que le había encomendado su Rey y amigo Felipe II. Su cuerpo fue trasladado a su ciudad natal, Barcelona, siendo enterrado en el panteón familiar de la capilla anexa al Palau.
La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que el Comendador de Castilla pudiera dejar orden de su sucesión y fue el conde de Mansfeld quien se hizo cargo temporalmente del mando. Casi dos años después, tras retrasar al máximo su partida, Juan de Austria –que también moriría en Flandes– tomó el relevo de su mentor como gobernador.

11 de enero de 2016

LA HERENCIA ESPAÑOLA EN LOS SÍMBOLOS DE EEUU











Entre las grandes hazañas protagonizadas por España en el pasado y que los españoles de hoy ignoran, está la exploración y conquista de muchos de los territorios que hoy comprenden los EEUU. Y es que mucho tiempo antes de que ningún otro europeo pusiera un pie en tierras estadounidenses, los españoles ya habíamos clavado nuestra bandera en dichos confines. Durante más de tres siglos, nuestros hombres fundaron ciudades, fortificaciones, misiones y poblados a lo largo y ancho de todo el territorio americano, desde las sureñas tierras de Texas hasta la mismísima Alaska, donde hoy sigue habiendo ciudades como Valdez o Cordova que recuerdan nuestra gesta y donde dejamos un legado imborrable que abarca gran parte de la costa norte del Pacífico, llegando hasta los confines de la actual Rusia.
Durante el tiempo que transcurre del siglo XVI al XIX, nuestros hombres tuvieron tiempo de ser los primeros europeos en cruzar el río Misisipi, atravesar el desierto de Nevada, avistar el Gran Cañón del Colorado o fundar ciudades tan importantes como Los Ángeles, San Francisco o San Agustín (en Florida, la ciudad más antigua de los EEUU que aún conserva nuestra preciosa fortaleza, con la bandera española aún hoy ondeando en lo alto). Asimismo, mucho antes de que los ingleses comenzaran la gran masacre de indígenas americanos, y siglos antes de que Hollywood rodara sus primeras películas del “Far West”, los españoles ya tomamos contacto, combatimos y pactamos con las grandes naciones y tribus indias de Cheyennes, Sioux, Arapahoes o Navajos. Incorporamos a nuestro Virreinato de la Nueva España territorios tan conocidos como Arizona, California, Nuevo México, Texas, Luisiana o la Florida, y le dimos su nombre a las islas canadienses de San Juan, López, Fidalgo y Cortés.
Nuestros antepasados combatieron, exploraron y conquistaron inmensos territorios contando con una escasísima capacidad y recursos, dejando un legado hoy casi desconocido para muchos pero que debemos esforzarnos en recuperar con orgullo en el nombre de nuestra historia y de nuestro país, que ha sido grande como ninguno.  Nombres gloriosos como los de Cabeza de Vaca, Menéndez de Avilés, Vázquez Coronado, Hernando de Soto, Ponce de León, Fray Junípero Serra o Juan de Oñate estarían grabados a fuego en la cabeza de todos los ciudadanos del país si en lugar de haber nacido españoles hubieran sido ingleses o estadounidenses…Los españoles, ¡a veces tan poco agradecidos con nosotros mismos y con nuestro pasado!
Porque poca gente sabe que Madrid no es solamente la capital de España, sino que en Estados como Alabama, Nebraska, Iowa, Nueva York o Virginia, también hay ciudades que llevan su nombre. Tampoco es conocido por muchos españoles el hecho de que el emblema de Castilla siga luciendo a día de hoy en lo alto del mismísimo Capitolio de Texas. Pues bien, éste artículo pretende datar brevemente, con nombres y apellidos, los principales símbolos oficiales relacionados con España que aún perduran en la actualidad en los Estados Unidos y que hacen honor a nuestro legado. Hay muchos más, pero quiero recordar los que considero principales. Son los siguientes:

ÍMBOLO DEL DÓLAR
Poco antes de que los españoles descubriéramos América, el Rey Fernando el Católico había adoptado para el emblema de la nueva España las Columnas de Hércules, que entrelazó con una cinta sobre la que escribió la frase “Non plus ultra” que significa “nada más allá” y que hacía referencia a que ya no había nada más allá (del mundo conocido). Pero cuando Cristóbal Colón conquistó el nuevo continente, aquel lema se modificó, cambiando al “Plus Ultra” que nos ha acompañado hasta hoy y que indica que sí había algo más allá (América).Una vez incorporado este escudo a la oficialidad de nuestro Reino, y cuando tras las primeras conquistas los españoles fuimos acuñando moneda a lo largo y ancho de América, el símbolo de las Columnas de Hércules empezó a estar presente en todas las monedas acompañando a la figura de nuestros sucesivos Reyes. Siglos después, y aunque ya no conservemos la soberanía sobre dichos territorios, muchas naciones americanas conservan el españolísimo símbolo como representación de sus monedas. Entre ellos, los EEUU.
image

BANDERA CONFEDERADA
La bandera confederada, diseñada por el congresista americano William Porcher Miles y utilizada básicamente en operaciones militares, ha sufrido cambios a lo largo de la historia pero siempre ha estado vinculada a España (inicialmente estaba compuesta de tres franjas horizontales con los colores de nuestra bandera), y hoy lleva con orgullo sus trece estrellas de los Estados del sur americano, apoyadas sobre el Aspa de San Andrés, símbolo de la antigua bandera de España
Rebel_Flag

BANDERA DE LA FLORIDA
Se trata de la última de varias banderas que ha tenido La Florida a lo largo de su historia. Ésta, diseñada en 1900, incorpora el escudo del Estado sobre la antigua bandera imperial española, la Cruz de Borgoña o Aspa de San Andrés,  sobre fondo blanco. Señalar que en el fuerte de San Agustín, primera ciudad y primer fuerte construidos por los europeos en todo Estados Unidos, aún ondea nuestra bandera en lo alto de su torre del homenaje.
Florida

BANDERA DE ALABAMA
La actual bandera del Estado de Alabama, también fundado por nosotros, fue aprobada el 16 de febrero de 1895. En ésta ocasión, los de Alabama quisieron conservar simple y llanamente la bandera que había dominado sus destinos durante tres siglos. Sin modificaciones. La antigua bandera imperial de España con el Aspa de San Andrés sobre fondo blanco.
alabama

BANDERA DEL ESTADO DE ARIZONA
En este caso, la bandera de Arizona incorpora una estrella de color bronce en su centro en recuerdo de su pasado minero. Pero en la franja superior, que es la que nos interesa, vemos las trece barras que representan a las 13 colonias originales fundadas en el Estado, que llevan los colores rojo y gualda, en honor al Imperio Español y a nuestros conquistadores.  
arizona

BANDERA DE NUEVO MEXICO
Los ciudadanos de Nuevo México también quisieron honrar a España con su bandera. Y es que dicha bandera, que incorpora en su centro uno de los símbolos indígenas de la tribu neomexicana “Zía”, también lleva los colores rojo y gualda de nuestra bandera  en honor a nuestros exploradores, a España y a su Rey.
nuevo mexico

BANDERA Y ESCUDO DE MONTANA
El lema del Estado, que figura en la bandera y el escudo de Montana, originalmente vinculada a la Luisiana española, hace referencia, en español, al pasado minero que introdujimos los españoles en la región. Literalmente dice “Oro y Plata”
Flag_of_Montana_svg500px-Seal_of_Montana_svg

ESCUDO DE TEXAS
El escudo de este importantísimo Estado americano también tiene presente a España. Y es que incorpora las 6 banderas de las 6 naciones que han ejercido su soberanía sobre dicho territorio. En ésta ocasión, nuestra bandera moderna con el escudo de la época, luce en su parte superior derecha.
texas

ESCUDO DE LOS ANGELES
El escudo de la ciudad de Los Ángeles, que tantas veces hemos visto en las películas de Hollywood, también tiene reminiscencias claras de nuestro legado fundador. En su cuartel inferior izquierdo, vemos claramente el emblema de Castilla y León, que representa su fundación como ciudad española, y en la parte baja vemos reseñado el año de su fundación por España.
200px-Seal_of_Los_Angeles,_California_svg
ESCUDO DE PUERTO RICO
El escudo de este Estado Libre Asociado, tan cercano en su amor y fidelidad a España, botín de guerra de los EE.UU en la guerra hispano-norteamericana de 1898 y territorio no incorporado a los EE.UU -pertenece a los EE.UU pero no forma parte de ellos-, es plenamente hispánico. El escudo de Puerto Rico fue otorgado en 1511 por la Corona Española, y es el más viejo del Nuevo Mundo. Fue adoptado nuevamente en 1976 por el gobierno del Estado Libre Asociado de Puerto Rico”.
Coat_of_Arms_of_Puerto_Rico_svg
ESCUDO DE ALABAMA
Por último, varios de los escudos utilizados actualmente en el Estado de Alabama, también recuerdan a nuestra patria, pues en su cuartel superior izquierdo nos tienen presentes a través de nuestro escudo de Castilla y León, como patria fundadora que fuimos.
escudo alabama

Tags: , , , , , ,