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17 de abril de 2019

PROVOCADO

martes, 16 de abril de 2019


PROVOCADO – 17/04/2019

Durante los últimos años, las iglesias francesas están siendo atacadas cada vez con mayor intensidad alcanzando un promedio de casi tres iglesias al día vandalizadas.

Un informe del Servicio Central de Inteligencia de la gendarmería señala que en 2017 hubo 1045 casos y según el Ministerio del Interior aumentaron a 1063 durante 2018.

Resulta que hace poco, con motivo de la derrota sufrida en su extinguido califato de Oriente Medio, los terroristas del “estado islámico” pidieron a sus secuaces atacar símbolos cristianos en Europa.

A principios de 2019, en una sola semana, Francia vio cómo eran destrozadas 12 iglesias.

Hoy hace un mes la iglesia parisina de Saint Sulpice, construida en el siglo XVII sufrió un incendio. Se dijo que fue accidental pero ahora la policía tiene pruebas de que fue intencionado. El humo y las llamas salían por las puertas antes de que llegasen los bomberos.

En Nimes ocurrió otro brutal ataque en la iglesia de Notre Dame des Enfants y robaron diversos objetos.

También el mes pasado la basílica de Saint Denis, de más de 800 años de antigüedad, en los suburbios de París, sufrió actos de vandalismo, ocasionando graves daños en el órgano y ruptura de las vidrieras. En un solo día tres iglesias fueron atacadas.

Todo eso con total impunidad.

Ya en 2016 y 2017 la catedral de Notre Dame de París fue escenario de intentos de atentados frustrados por la policía y ahora el incendio se ha producido cuando había finalizado la jornada laboral en los trabajos de restauración y mantenimiento. Es chocante lo rápido que se iniciaron las llamas teniendo en cuenta que la madera de roble utilizada en la construcción no se quema fácilmente sin un acelerante importante.

Cuando alguien amenaza y después se sufre un atentado, ése es sospechoso, máxime cuando ya viene cometiendo repetidos ataques. Es puro sentido común. Pero a las autoridades galas esto no se les pasa por la cabeza e inmediatamente aseguran el origen accidental, sin ninguna investigación, en un intento de encubrir una vez más los crímenes islamistas. Es el padrón de comportamiento de los hijos de las tinieblas. No falla. Una evidencia de que se trata de un incendio provocado. O sea, un atentado.

NACHO ALDAY

15 de abril de 2019

Cae Nuestra Señora

https://elpais.com/elpais/2019/04/15/album/1555349213_025610.html#foto_gal_15

El incendio en Notre Dame, en imágenes

15 fotos

La Catedral de Notre Dame de París ha sufrido un incendio devastador. La zona está siendo evacuada, según ha informado el Ayuntamiento




Cae Nuestra Señora

Salvador Sostres
Actualizado:
Es un signo de nuestro tiempo que Nuestra Señora de París caiga. Este incendio no es peor que el laicismo que asola La Civilización, negándole la profundidad y el sentido. Es el fuego de Dios, que escribe severo en incendios torcidos, ante tanta apostasía. Cae Notre Dame como antes cayó Francia en la vulgaridad atea y jacobina, hasta conocer el fin de trayecto que son los chalecos amarillos.
Lo que más siente Dios, tiene a veces maneras muy duras de decírnoslo. La catedral se había convertido en los últimos años en una mera atracción turística, vacía de cualquier contenido, abandonada por los feligrseses y por un país que como toda Europa renunció a sus raíces cristianas en nombre de la libertad, ignorando que la libertad no puede consistir en negar al hombre sino en afirmarlo, y que sin tensión espiritual no somos más que montoncitos de carne. Nuestra Señora María, profanada por los mercaderes de camisetas, llaveros y estampitas. Todo ya pasó y todo está en la Biblia.
Cae el símbolo del arquetipo hombre-Dios con que construimos un mundo a la semejanza de nuestro Creador. Cae la belleza, la majestuosidad, el poder de María tantas veces profanado por todos los vicios de nuestra era, con el feminismo al frente, tal vez el linchamiento más deprimente al que hemos tenido que asistir, y que es el fuego en que ardemos, y lo que Nuestra Señora caída representa.
Asistiremos en las próximas horas a toda clase de lamentos sobre el incendio, hipócritas lamentos muchos de ellos, de los que nunca pisaron Notre Dame ni ninguna otra iglesia, y a lo sumo la vieron desde la Tour d’Argent, probando uno de sus patos numerados y decadentes como un mundo sin Dios. Eso, los que aún en algo se esforzaron. La mayoría pasó de largo, como pasan cada día de largo del amor, del dolor, de la esperanza, de la salvación.
Y luego para justificar su dejadez, salen a quejarse de la indiferencia, de la crueldad de Dios, quejándose de que no les hace caso, cuando fueron ellos los que, en su arrogancia y su brutalidad, hace mucho que le abandonaron.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres

2 de abril de 2019

Carta abierta a López Obrador

Carta abierta a López Obrador

Es difícil explicar los sentimientos que para un español produce su extravagante reclamación


El presidente de México Andrés Manuel López Obrador

Luisa Cruz Picallo

Actualizado:
Señor Presidente:
Es difícil explicar los sentimientos que para un español produce su extravagante reclamación.
Probablemente usted no conoce bien y por consecuencia desprecia la historia de España, la de Europa y la de su propio país.
Una breve pincelada para recordarle que España fue reiteradamente invadida por los pueblos cercanos y remotos hasta el imperio romano que dominó España durante muchos siglos.
España y los españoles estamos profundamente agradecidos a Roma, España no sería lo que es sin Roma. Pero Roma entró en España a espada y fuego, violando, matando y fíjese usted, a pesar de eso, le estamos, repito, profundamente agradecidos.
Ocho largos siglos duró la invasión árabe y créame los moros entraron a saco y a cuchillo. Sobre los templos romanos, sobre las arrasadas basílicas visigóticas construyeron sus mezquitas. Pero España exhibe orgullosa la huella árabe, no reniega de ella.
España “descubre” América a finales del siglo XV. Resulta imposible analizar los hechos acaecidos entonces con la mentalidad de hoy porque la brutalidad de algunos hechos de aquella época eran también habituales en el viejo mundo. No digamos en Méjico.
Los primeros españoles que llegaron al país azteca no tardaron en comprobar que las paredes de los templos no estaban pintadas de negro, no. Eran capas y capas de sangre coagulada del corazón palpitante arrancado vivo a las víctimas de los sacrificios humanos en sus abyectas ceremonias religiosas.
Tal vez el sueño del señor López Obrador hubiera sido el de una tierra virgen, libre de colonizaciones culturales, políticas, o religiosas extrañas a la idiosincrasia del país y eso se prolongaría ¿Por tiempo indefinido? ¿O, en algún momento las clases dirigentes que secularmente sojuzgaban al pueblo azteca dejarían de asesinar y reconocerían a los indios su dignidad de seres humanos libres y pensantes? No. Fueron España y los españoles, pero también la Iglesia católica con el Evangelio quienes llevaron a América todos esos derechos, todas esas verdades. La moral que regía Europa, lo bueno y lo malo del viejo continente.
Las leyes que la reina Isabel dicta para las nuevas tierras, las “Leyes de Indias” son de una absoluta grandeza de espíritu, aún juzgadas con una visión actual. Son grandiosas en la concepción de los Derechos Humanos, precursoras de muchas otras leyes y conceden al pueblo indio, al último de los indios los mismos derechos que a sus vasallos españoles.
Pero hay más, hay una vocación de enseñar, de alfabetizar, de desarrollar los países dotándoles de universidades, academias colegios, iglesias, conventos, factorías, ingenios, talleres. Se dispone de médicos, veterinarios, fedatarios públicos, maestros. La misma estructura que en cualquier pueblo, o ciudad española de la época.
Y una mezcla de razas desconocida hasta entonces. Esa mezcla se produce en los primeros viajes de Colón al Nuevo Mundo y se produce no solo como consecuencia de relaciones carnales de todo tipo, sino también a través de matrimonios canónicos de pleno derecho entre españoles e indias. Y eso pasa mientras en Roma se llega a discutir sobre la naturaleza humana, o no de esos mismos indios.
Del respeto de España a aquel Méjico que se encuentra en los albores del siglo XVI da cuenta el título de duque de Moztezuma que concedieron los reyes de españoles a los descendientes de la familia real azteca. Máxima distinción, máximos honores al contrincante vencido.
No voy a discutir acerca del oro que se llevó España. Solo daré un dato: actualmente Méjico exporta más oro al año que el que se llevaron las naves españolas en todo el periodo virreinal.
Y un consejo: visita obligada en España: Las Médulas, ese monumental esqueleto de El Bierzo en León. Las rocas y los enormes huecos que albergaron la inconmensurable cantidad de oro que se llevó Roma dejando como testigo mudo una región desolada.
Hay, sin embargo, otro dato que hace más sorprendente aún su “reclamación” que no “petición” de perdón a España.
Díganos Señor presidente de donde procede su apellido porque, tal vez, este dato nos dé una pista acerca de su origen. Si usted es descendiente de los aztecas, o bien es oriundo de algún pueblo de España.
Dado que muchas familias criollas asentadas en América cedieron sus apellidos a los indios y campesinos a su cargo los apellidos López Obrador no indican necesariamente su ascendencia española. Pero me atrevo a pensar que usted sí es descendiente de españoles.
Es curioso que ninguna guerra, ningún proceso de independencia de las colonias españolas en América, ninguno, haya sido realizado por el pueblo indio. No ha habido ninguna revolución del pueblo contra España. Las revoluciones, la independencia las hicieron los criollos, los españoles traidores a sus reyes y a su patria.
Y son esos criollos, españoles al fin, los que gobiernan, los que siguen explotando a los indios, los que no consiguen que ese pueblo maravilloso se desarrolle al nivel que sus enormes recursos les podría proporcionar y al que tienen todo el derecho.
Por eso, quizás, sería usted el que debería plantearse pedir perdón a esa población aborigen vergonzosamente marginada y a sus ascendientes españoles a los que probablemente en un momento de la historia se les traicionó.
No caiga en el error de escudarse en Méjico y utilizar su nombre como ariete contra España. Su “cruzada” tiene muy poco recorrido. Sus argumentos llenos de reproches y agravios son ofensivos e impropios de una persona de su alta representación.
En España queremos y respetamos a Méjico de la misma manera que nos sentimos queridos por el pueblo mejicano. Otra cosa, claro está, es que seamos libres de pensar que no siempre los países tienen el Presidente que se merecen.

Con Dios.

31 de marzo de 2019

Odio teológico


Odio teológico

López Obrador considera por igual responsables a la Iglesia y a España de la conquista de América; y tiene más razón que un santo

Juan Manuel de Prada
Actualizado:
En la peregrina y biliosa petición de desagravio a los «pueblos originarios» de Andrés Manuel López Obrador vuelve a probarse que la propaganda antiespañola es indisociable del odio teológico. Lo que los españoles llevamos a los «pueblos originarios» de América fue una idea que supone el mayor avance civilizador de la historia de la Humanidad. Y esa idea se fundaba en defender que Dios había hecho descender a todos los hombres de una misma pareja; que más tarde había querido que su Hijo se pasease por el mundo en carne mortal, como un descendiente más de aquella primera pareja; y que, ya por último, ese Hijo de Dios había entregado el poder de representarlo al Papa, que a su vez se lo había alquilado a los reyes españoles en América. De estos antecedentes se desprendía que los «pueblos originarios» de América eran súbditos del rey español, fieles al Papa e hijos de Dios, por ser descendientes todos -como cualquier rey o Papa- de aquella primera pareja. Esta idea vertiginosa de unidad universal de todos los hombres fue la fundadora del derecho de gentes.
En su testamento, Isabel la Católica dejó ordenado a su esposo y a sus sucesores que «pongan mucha diligencia, y que no consientan ni den lugar a que los indios reciban agravio alguno ni en su persona ni en sus bienes». Esta actitud es un rasgo exclusivo de la conquista española, que convirtió a los miembros de aquellos «pueblos originarios» en súbditos de la Corona de Castilla. Algunos años más tarde, conmovido por las denuncias de abusos de fray Bartolomé de las Casas, Carlos I ordenó detener las conquistas en el Nuevo Mundo y convocó en Valladolid una junta de sabios que estableciese el modo más justo de llevarlas a cabo. A esta «Controversia de Valladolid» acudieron los más grandes teólogos y jurisconsultos de la época; y allí fue legalmente reconocida la dignidad de los indios, que inspiraría unas leyes sin parangón en la época.
Por supuesto, durante la conquista de América afloraron muchas conductas criminales, dictadas casi siempre por la avaricia, triste consecuencia de la débil naturaleza caída del hombre; pero nunca fueron conductas institucionalizadas. Y la Iglesia, por cierto, se encargó de corregirlas siempre que pudo, denunciándolas ante el poder civil. Pues allí donde había un conquistador cruel había también frailes que lo denunciaban. La acción de España en América no puede definirse por los abusos que sus hijos peores perpetraron, sino por los principios que sus mejores hijos sustentaron. No entraremos aquí a señalar, por archisabidos, los peligros de enjuiciar acontecimientos pretéritos con mentalidad presente. Pero, puestos a hacerlo, convendría distinguir los abusos que españoles avariciosos o salaces pudieran perpetrar en América, infringiendo las Leyes de Indias, de los crímenes institucionalizados y con amparo legal que se perpetraron en las colonias sojuzgadas por los reyes de Inglaterra u Holanda.
López Obrador considera por igual responsables a la Iglesia y a España de la conquista de América; y tiene más razón que un santo (pues hay veces que respirar azufre permite clarividencias propias de un santo… del revés). Al fondo de todos los estereotipos de la Leyenda Negra no hallamos otra cosa sino odio teológico hacia la religión que los españoles llevamos al Nuevo Mundo; la religión que los liberó de Moctezuma y sus muchachos, esos «bondadosos salvajes» que arrancaban corazones palpitantes y bebían a morro sangre de la carótida de sus víctimas; la religión que permitió a los «pueblos originarios» de América no compartir el destino de esclavitud que los conquistadores protestantes asignaron a los pueblos que cayeron bajo su férula.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de PradaEscritor