20 de diciembre de 2019

FORMACION

jueves, 19 de diciembre de 2019


FORMACIÓN – 20/12/2019

Por medio de lo maravilloso en la literatura infantil la inteligencia transpone los límites del ambiente doméstico y aprende las nociones iniciales sobre la sociedad humana, con las innumerables diferenciaciones que comporta, las atracciones que ofrece, los deberes que impone, las decepciones que trae, y el juego complicado de las pasiones en los altos y bajos de esta gran lucha que es la existencia. Militia est vita hominis super terram, la vida del hombre sobre la tierra es lucha, dice la Sagrada Escritura en el primer versículo del capítulo 7 del Libro de Job. Militia sí, en que unos luchan por los intereses personales, legítimos o ilegítimos, y otros luchan contra el mundo, contra el demonio y contra la carne, para mayor gloria de Dios.

Las primeras nociones sobre esta lucha, las impresiones más profundas que el hombre recibe relativas a los aspectos esenciales de la vida y de su posición ante ella, las recibe en sus primeros años de existencia a través de los cuentos, de los juguetes.

De ahí la importancia capital, para una civilización católica, el hecho de proporcionar a los niños una literatura profunda y sanamente religiosa. No nos referimos únicamente al Catecismo y a la Historia Sagrada que, por supuesto debe ser el centro de todo, sino a otras que serían como el comentario o la aplicación de lo que la Religión enseña. En la ilustración la Cenicienta va con su Príncipe hacia el castillo encantado. Es lo maravilloso en la literatura infantil.

Esto que en términos de buena doctrina es lo normal, ¡cómo difiere del caudal de la literatura infantil moderna! En este caudal completamente laico, y ya por eso lamentable, hay aún distinciones que hacer. Pues hace mucho que el laicismo no es el único mal de la literatura infantil de nuestros días. Cuando hablamos de la literatura infantil, incluimos evidentemente en esta calificación genérica las ilustraciones que ella incluye legítimamente, y de la cual se hace un uso muchas veces exagerado.

En principio, lo que se ofrece a los niños debe tender a hacerlos madurar, bajo pena de no ser enteramente sano. Ahora bien, en esta composición hay ciertas simplicidades, deliciosas para los ojos de adultos como interpretación delicada de la fantasía infantil, pero que no ayudan a esa maduración. Alguna cosa en el cochero, en el lacayo, en la estructura del cerro y en los edificios da la idea de una cosa hecha no solamente para niños, sino por niños. Y eso se nota, aunque menos claramente, en los otros elementos de la escena. Pero, hecha esta reserva, ¿cómo no elogiar el gusto, la delicadeza, la variedad de esta composición? Lo maravilloso, indispensable en los horizontes infantiles como medio para perfeccionar el sentido artístico, elevar el espíritu, abrir el horizonte, estimular sanamente a la imaginación, está aquí expresado con un tacto y un gusto notables.

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