14 de abril de 2010

El Valle de los Caídos

EL MUNDO

El Valle de los Caídos

13ABR201014:39

En marzo de 2001, el fundamentalismo religioso, encarnado en el Gobierno ultraortodoxo islámico de los talibanes, entonces en el poder en Afganistán, mandó dinamitar la cabeza y cuerpo de la mayor estatua de Buda del mundo. Con una altura de 55 metros, tallada en la roca de una montaña, hubo necesidad de emplear una gran dosis de dinamita y hasta misiles antiaéreos para destruirlo. Los intentos, sobre todo del mundo occidental, para evitar este brutal desaguisado de la historia del arte resultaron infructuosos.

Los talibanes llevaron a cabo la destrucción de gran parte de las estatuas preislámicas que se encuentran en el país, porque creen que van contra la fe islámica que prohíbe la reproducción de ídolos. En definitiva, una prueba más de la irracionalidad de los hombres y de los males que producen las religiones que son intolerantes con otras creencias.

Todo esto viene a cuento, aunque no lleguemos a ese extremo tan brutal, de lo que está pasando con los monumentos del Valle de los Caídos. Por una parte, se dice que se está restaurando la basílica excavada en la roca, y, por otra, se quiere desmontar la estatua de la Piedad situada en el pórtico de su entrada, para repararla por los desperfectos que ha causado el paso del tiempo al estar a la intemperie.La consecuencia es que se ha cerrado al público la visita a la basílica. Los herederos del genial escultor Juan de Ávalos no son partidarios de que se desmonte la estatua para llevarla a un taller, sino que piensan que se debería reparar en el mismo sitio en que se encuentra ubicada.


Esperemos, por lo demás, que estas medidas no estén inspiradas en el precedente de los talibanes, porque el Valle de los Caídos, al margen de su origen político, es un monumento, que podrá gustar a unos y a otros no, pero que ha atraído en los últimos años a más turistas que el propio Monasterio de El Escorial.

Su origen es conocido: Franco, en el primer aniversario de la victoria nacionalista en la Guerra Civil, anunció su decisión de erigir un monumento en recuerdo de los que habian caído “por causa de la República”. Años más tarde se quiso matizar esa parcialidad intolerable, afirmando confusamente que era en memoria de los muertos de los dos bandos.

En cualquier caso, ambas justificaciones son falsas, porque la razón de este conjunto monumental no es otra que el de servir, al igual que ocurrió con los Faraones, de propia tumba para el general Franco, afectado, como tantos dictadores, de una enfermiza megalomanía. Tras 19 años de trabajos utilizando a los presos políticos, el Valle de los Caídos fue inaugurado el 1 de abril de 1959, abarcando, además de la basílica, bajo una cruz de 152 metros de altura, una enorme explanada, un convento y una hospedería.

Pues bien, da la impresión, como ocurre en tantas cosas, de que el Gobierno no sabe qué hacer con este símbolo ostentoso, hasta ahora, del franquismo. La Ley de la Memoria histórica de 26 de diciembre de 2006 se dirige, según dice su Preámbulo, a contribuir, en la medida de lo posible, “a cerrar las heridas todavía abiertas en los españoles y a dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en las personas de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la dictadura”. La Ley incluye un artículo sobre el Valle de los Caídos, concretamente el 16, a tenor del cual este conjunto monumental “se regirá estrictamente por las normas aplicables con carácter general a los lugares de culto y a los cementerios públicos, y en ningún lugar del recinto podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil, de sus protagonistas, o del franquismo”.

Si es eso lo que se quiere, si lo que se desea es que este monumento tan admirado por muchos extranjeros de todas creencias e idelogías sea el signo de la reconciliación entre los españoles, de la renuncia a usar la violencia entre unos y otros, y de exaltación, como dice la Ley, del espíritu de la Transición, sería necesario hacer tres cosas.

En primer lugar, devolver los féretros del General Franco y de José Antonio Primo de Rivera a sus familiares, suprimiendo sus sepulturas en el suelo de la basílica, que no hacen sino recordar una de las ideologías de la Guerra Civil, hoy ya condenada por todo demócrata.En segundo lugar, decidir si la basílica se debe abrir al culto o sería mejor convertirla en un museo. Pero en el caso de que sea Iglesia, debe insistirse en que allí tendrían que reposar los muertos de los dos bandos. Y, tercero, si como se quiere en la Ley citada, lo que se desea es “el espíritu de reconciliación y concordia”, sería el lugar adecuado para que en sus instalaciones se crease un Museo de la Transición, que sirviera de recuerdo para los españoles del futuro, de que es dentro de la democracia en donde se deben resolver los conflictos, pero siempre de manera pacífica.. Porque sería triste reconocer que la única lección que nos depara la Historia, es que nunca aprendemos de ella.