22 de abril de 2017

Isabel II, la Reina de 91 años que sigue montando a caballo

Isabel II, la Reina de 91 añosque sigue montando a caballo

La monarca que más tiempo lleva en el trono celebró ayer su aniversario en la intimidad en Windsor
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La Reina Isabel con uno de sus empleados
La Reina Isabel con uno de sus empleados - EFE
LUIS VENTOSO Corresponsal En Londres - Actualizado: Guardado en: Gente&Estilo Gente
La niña Elizabeth Alexandra Mary comenzó a recibir clases de equitación a los 3 años. Al año siguiente, su padre, el futuro Rey Jorge VI, el monarca tartamudo, le regaló su primer pony. Lo que nadie esperaba entonces es que ya nonagenaria seguiría saliendo a montar. El pasado 6 de marzo, Palacio facilitó una fotografía de la Reina a lomos de un pony negro por las umbrías orillas del Támesis, cerca del castillo de Windsor, su residencia predilecta. Vestía su eterna pañoleta floral y una amplia gabardina, un look que la diseñadora Stella McCartney ha homenajeado en su última propuesta para las pasarelas. Y es que la Reina que más tiempo lleva en el trono en todo el mundo se ha tornado un personaje cool, con enorme popularidad en el Reino Unido. El 71% de los británicos prefieren la monarquía frente a la república, que solo cuenta con un 18% de apoyo.
Isabel II ha dejado atrás su susto de salud de comienzos de año, un fuerte resfriado que la mantuvo más de 20 días alejada del ojo público y la obligó a renunciar por vez primera a los servicios navideños de la iglesia de Sandringham. Ayer cumplió 91 años en plena forma para su edad. Celebró la efeméride en privado en Windsor junto a su familia. Todo ha sido mucho más discreto que el año pasado, cuando hubo desfiles y se encendieron antorchas conmemorativas por todo el país.
El Rey Jorge II, nacido en noviembre, reparó en que año tras año las inclemencias del tiempo le amargaban los fastos por su cumpleaños, así que en 1748 tuvo la idea de crear un aniversario oficial en verano. Isabel II sigue fiel a esa tradición. Conmemora su nacimiento dos veces, ahora y en el primer sábado de mediados de junio, cuando se organiza en su honor un picnic para diez mil personas en The Mall, la avenida que lleva a Buckingham (el año pasado el tiempo tampoco colaboró y los comensales y sus viandas se calaron bajo una lluvia deprimente).

Abdicación por amor

La soberana vino al mundo el 21 de abril de 1926 en una vivienda de Bruton Street, propiedad de los padres de su madre y sita en el elegante barrio de Mayfair, no lejos de Buckingham. Sus progenitores eran los Duques de York. La corona no parecía figurar en el horizonte de aquella niña. Pero el empecinamiento de su tío, el simpatizante nazi Eduardo VIII, con la socialité estadounidense Wallis Simpson, doblemente divorciada, acabó en abdicación y cambió el destino de Isabel.
Desde muy joven, la hoy Reina ha visto esa llamada del deber como un hecho de connotaciones cuasi religiosas. «Mi vida entera, sea larga o corta, estará consagrada a vuestro servicio», proclamó con solemnidad a los 22 años, cinco antes de ser coronada. Ha cumplido su palabra, porque su reinado se ha distinguido por un sentido de Estado absoluto, amén de por la discreción y el respeto a las tradiciones. Su éxito tiene un secreto sencillo: habla poco –jamás para la prensa- y evita las ocasiones propicias al error.
Pese a su hermetismo, se sabe que hace gala de un agudo sentido del humor. Durante su gripazo navideño se levantó insomne a deambular por Buckingham, porque no podía respirar acostada. Un guardia le dio el alto y tras ver que era ella le dijo que había estado a punto de disparar. «La próxima vez le avisaré antes para que no me mate», respondió socarrona la Reina al soldado.

A pleno rendimiento

Aunque sigue manteniendo una agenda pública muy superior a la del heredero Carlos y los Príncipes William y Harry, Isabel II ha ido adaptando suavemente su actividad a las limitaciones de su edad. A finales del pasado año renunció al patronato de 26 organizaciones, entre ellas el club de tenis de Wimbledon. Pero aun así continúa recorriendo Inglaterra, con un mimo especial para ese otro país un poco olvidado a espaldas del brillo de Londres.
La semana pasada acudió a la catedral de Leicester a una ceremonia que pierde sus orígenes en el siglo XIII. En ese templo está enterrado el último monarca Plantagenet, el malvado shakesperiano Ricardo III, cuyos restos contrahechos fueron hallados de manera novelesca en la excavación de un parking. La Reina, que siempre luce moda británica, se presentó con uno de sus vestidos de colores vivos obra de Angela Kelly, que es hoy su diseñadora de cabecera. A su lado, su roca, su marido Felipe, que el próximo 10 de junio cumplirá 96 años y sigue haciendo gala de su peculiar sentido de la ironía («¿Cómo se las arregla para que los nativos no estén borrachos en el examen?», preguntó en Escocia a un examinador del carnet de conducir).
La Reina, una gran amante de los animales y forofa de las carreras de caballos, no es mujer de regalos lujosos. Se cuenta que conserva con afecto un delantal de cocina o un plato de cazuela que le regalaron sus hijos en otros cumpleaños. El año pasado, en el 90 aniversario, el siempre distendido Harry dio el golpe al homenajear a su abuela con un espectáculo privado de la ventrílocua inglesa Nina Conti, en el que él mismo se prestó al rol de muñeco.

Su castillo favorito

Al hilo de la Semana Santa, Isabel II se retira cada año un mes al castillo de Windsor, cuyos orígenes datan del siglo XI y que se encuentra situado a 36 kilómetros al Oeste de Londres. La Reina pasa cada vez más tiempo allí, con un Buckingham que se ha tornado incómodo y está pendiente de obras de reforma millonarias. El castillo sufrió un incendio en 1992. Fue uno de los hechos que llevaron a la Reina a tachar aquel año como «un annus horribilis». Realmente fue un pésimo año para ella, con los sonados divorcios de sus hijos Andrés, Ana y Carlos.
Su siguiente año difícil llegó en 1997, cuando fue tachada de fría por su reacción circunspecta, muy inglesa, ante la muerte de Diana en el accidente del túnel de París. Inglaterra había cambiado y el labio superior rígido de siempre había dado paso a un sorprendente desparrame emocional por la Princesa muerta trágicamente, que pilló a la Reina con el paso cambiado. Parecía que Isabel II había perdido la química con su pueblo. Pero el tiempo ha vuelto a darle la razón y la estima por ella es máxima. Algunos lo llaman simplemente «saber estar». Así de fácil. Así de difícil.

Jueves Santo. El Rey Alfonso XIII lavaba los pies de doce mendigos

  
 PERISCOPIO


22/04/2017

NACHO ALDAY  EL REY

El Jueves Santo el Rey Alfonso XIII lavaba los pies de doce mendigos españoles mayores de sesenta años que fuesen feligreses de una parroquia de Madrid y les ofrecía un banquete en el Palacio Real. El sorteo se celebraba el Domingo de Ramos y el sastre de Palacio se encargaba de presentarlos aseados con ropa nueva.

Ante el Cuerpo Diplomático reunido, los Ministros de la Corona, los Grandes de España y un amplio número de invitados, el Rey, rodilla en tierra, lavaba a cada menesteroso, besaba su pie derecho y lo secaba con una toalla.

Cada uno estaba asistido por un cortesano vestido de gala que se encargaba de calzarlo y acompañarlo a su lugar en la mesa.

Tras la bendición del Nuncio de Su Santidad  los platos iban pasando  de los criados al jefe de cuarto, de éstos a los gentileshombres, hasta llegar a su majestad el Rey que los situaba ante cada comensal.

Al final, los cubiertos, vasos,  jarro de vino, salero y manteles se colocaban en cestos para que se los llevasen de recuerdo además de una bolsita con 3 monedas de plata.

La costumbre fue instituida por Fernando III el Santo como recoge el famoso óleo de Antonio Casanova.




20 de abril de 2017

El Rey destaca que «la convivencia del castellano y catalán es algo natural en Barcelona»

El Rey destaca que «la convivencia del castellanoy catalán es algo natural en Barcelona»

Don Felipe y Doña Letizia entregaron el premio Cervantes al escritor catalán Eduardo Mendoza
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El Rey entrega el premio Cervantes a Eduardo Mendoza
El Rey entrega el premio Cervantes a Eduardo Mendoza - EFE

El Rey ha afirmado este jueves en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares que la convivencia del castellano y el catalán «es algo natural» en Barcelona. Don Felipe ha hecho esta declaración durante la entrega del premio Cervantes al escritor Eduardo Mendoza, ceremonia a la que ha asistido con la Reina. «En la obra de Mendoza -ha dicho el Rey- conviven el castellano y el catalán, lengua esta última en la que ha escrito, hasta el momento, dos obras teatrales. Esta convivencia es algo natural en su ciudad, Barcelona, que tan bien nos describe en sus novelas».
Don Felipe también ha manifestado que Barcelona «es indudablemente una de las grandes capitales mundiales del libro» y que «desde hace décadas ha propiciado un extraordinario ecosistema cultural que ha apoyado y difundido a un buen número de creadores». Así, ha recordado que en Barcelona nacieron, además de Mendoza, otros «grandes escritores merecedores del premio Cervantes, como Juan Marsé o Ana María Matute», así como el anterior galardonado, Juan Goytisolo.
Añadió el Rey que Barcelona «también fue crucial para el nacimiento y la difusión de diversos fenómenos y movimientos literarios», como el auge de la novela hispanoamericana en los años 60. «Este ecosistema cultural barcelonés ha sido posible gracias a la labor de muchos profesionales, desde los agentes literarios -y recordó a Carmen Balcells- hasta los que componen el innovador tejido industrial y empresarial del sector del libro barcelonés».
Además, recordó que «Barcelona es también un lugar fundamental en las andanzas de Don Quijote de La Mancha». En esa ciudad «Don Quijote verá el mar por primera vez, conocerá cómo funciona la imprenta y, sobre todo, vivirá en sus playas la aventura que más pesadumbre le dio: ser derrotado en torneo por el caballero de la Blanca Luna, que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco».
Tras entregar el galardón al premiado, el Rey destacó que «pocos escritores contemporáneos han contribuido tanto al fomento de la lectura entre jóvenes y adultos como Eduardo Mendoza, demostrando que la popularidad no tiene que estar reñida con la excelencia». Don Felipe dijo que el escritor galardonado «es un verdadero artesano del lenguaje». Recordó que el propio autor ha llegado a definirse como «un relojero de las frases» y añadió que ya decía Juan Ramón Jiménez que «quien escribe como se habla irá más lejos en lo porvenir que quien escribe como se escribe».

Lecturas del Quijote

Después de recibir la medalla y un largo aplauso que le emocionó, Mendoza recordó su primera lectura obligatoria de El Quijote, cuando cursaba preuniversitario, que la emprendió «con el mismo entusiasmo» con el que tuvo que aprenderse «de memoria los afluentes del Ebro». «Parecía ser una tortura dividida en dos partes». Pero para aquel joven que, desde niño, quería ser escritor, «la lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación».
Una década después lo leyó por segunda vez, cuando «era anarquista, trotskista, ignorante, inexperto y pretencioso, llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote». Y después, una tercera, hasta que se convirtió en una costumbre periódica. «Alguna vez me he preguntado si Don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma», afirmó. «Aunque esta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que Don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza», concluyó. «Es justo lo contrario de que me ocurre mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo».

Asistentes

A la ceremonia asistieron la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; el ministro de Educación, Cultura y Deportes, Íñigo Méndez de Vigo, y el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, entre otros. La presencia más sonada ha sido la de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, y la ausencia más visible, la del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que en otras ocasiones sí ha acudido a esta ceremonia.
La Reina acudió con un vestido-abrigo de color blanco, con hojas bordadas en pedrería de color negro, y el Rey, con chaqué, que combinó con chaleco azul y corbata roja; en la solapa, el Toisón de Oro. La ceremonia comenzó con el Himno Nacional y las palabras del ministro de Cultura. Después, el director general de Política e Industrias Culturales, Óscar Sáenz de Santa María, leyó el acta de concesión del Cervantes, que está dotado con 125.000 euros, y Don Felipe impuso la medalla al escritor galardonado. Tras las palabras de Mendoza y el discurso del Rey, el himno «Gaudeamos Igitur» cerró el acto, y los asistentes compartieron un vino español en el claustro de la Universidad.

En Washington hay un lector de ‘El arte de la guerra’

En Washington hay un lector de ‘El arte de la guerra’
En plena era de la información instantánea y durante diez días EEUU ha ocultado una poderosa flota.
EL PAIS -  JORGE MARIRRODRIGA

El 'Carl Vinson', el pasado diciembre en el Golfo Pérsico.
El 'Carl Vinson', el pasado diciembre en el Golfo Pérsico. MC2 SCOTT FENAROLI AFP
"El arte de la guerra es el arte del engaño”, proclama el libro escrito en torno al siglo IV a. C. por Sun Tzu, legendaria figura cuyas máximas sobre estrategia militar se ponen de moda cíclicamente en las escuelas de negocios de Occidente. Grave ocurrencia que explica muchas cosas. Sun Tzu no escribía sobre compra de activos financieros ni sobre cómo ascender en el escalafón laboral y su idea de libre mercado era probablemente inexistente. Luego pueden venir las interpretaciones poéticas sobre la vida como un conflicto bélico, el amor como un campo de batalla y el ámbito laboral como un teatro de operaciones. Vale, pero El arte de la guerra versa precisamente sobre eso: la guerra.

Y en la guerra tan importante como lo que se hace es lo que piensa el enemigo que el rival está haciendo y dónde está. Hay innumerables ejemplos a lo largo de la historia: Gedeón al mando de un escasa tropa de 300 hombres ataca de noche armando jaleo con cuernos y antorchas para hacer creer a algunos miles de madianitas que estaba al frente de un gran ejército. Ganó. Los troyanos despiertan una mañana y descubren que tras años de asedio los griegos han levantado el campamento. Su flota no está a la vista y han dejado de regalo un gigantesco caballo; el romano Pompeyo en vez de caballos de madera, a veces, dejaba enfermos y tullidos y Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, abandonó una solitaria y prometedora tienda de campaña frente a una fortaleza cerca de Jalón. El truco siempre funcionó. Griegos, romanos y cristianos no estaban donde sus enemigos creían. Durante la II Guerra Mundial los aliados encomendaron a 9.000 hombres la misión de dar vida a un gigantesco cuerpo militar compuesto por miles de tanques y camiones inflables, casas de cartón y maniquíes —el llamado Ejército Fantasma— para hacer creer a los nazis que se estaban preparando para cruzar el canal de la Mancha por un determinado lugar. En 1944 aparecieron en playas que no figuraban entre las primeras opciones. Y llegaron a Berlín.

Un poderoso grupo de combate de la marina de EE UU encabezado por el portaaviones Carl Vinson no ha estado durante 10 días donde todos creíamos, es decir, frente a Corea del Norte. El Carl Vinson tiene él solo más aviones de combate que la mayoría de las fuerzas aéreas del mundo y los buques que les escoltan poseen un arsenal de misiles sobre el que se puede decir lo mismo. De modo que la sola creencia de que se dirigía a Corea del Norte ha hecho escalar la tensión. Pero la flota ni estaba allí ni se la esperaba. Navegaba por el Índico haciendo maniobras con los australianos y el engaño solo ha sido descubierto cuando el Departamento de Defensa ha hecho pública —seguramente a sabiendas— una foto del portaaviones en Indonesia. Es decir, en la era de la información instantánea, Washington ha sido capaz de ocultar una poderosísima fuerza de guerra durante días. Un secreto en el que han participado literalmente miles de personas. Trump acaba de incorporar a su diplomacia un elemento táctico del combate; el engaño. Está bien, pero alguien en Washington debería recordarle de lo que habla Sun Tzu: la guerra.


19 de abril de 2017

La gran empresa española de Carlos I

La gran empresa española de Carlos I

«Dentro de dos años se cumplirán cinco siglos del viaje de Magallanes-Elcano. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S.M. Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible? Sería un error dejar pasar este gran logro»
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Carlos I
Carlos I - Wikimedia
ENRIQUETA VILA VILAR  - Actualizado: Guardado en: Opinión

Tras un largo proceso de sucesión prematura y complicada, el Rey Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano de Habsburgo, Duque de Borgoña, Rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña e hijo de la Reina Juana, incapacitada por su propio padre, es declarado heredero de los reinos de Castilla y Aragón, junto con su madre que a partir de entonces reinaría sólo de forma nominal. En 1517, al año de la muerte de su abuelo Fernando, el nuevo monarca desembarcó en Villaviciosa con una escuadra de cuarenta navíos que lo había transportado desde Flandes. Una situación complicada se le presentaba al nuevo Monarca de cuya llegada a suelo español se cumple este mismo año el V Centenario.
Sin apenas hablar castellano, rodeado de asesores flamencos españoles que tenían proyectos distintos y encontrados, con dificultades para jurar en las Cortes de Castilla y Aragón, el joven rey, cosmopolita y decidido, se encandiló con un difícil proyecto que le llegó de la mano de un portugués fuerte y adusto que había renegado de Portugal por haber sido despreciado por su Rey y que había llegado a Sevilla buscando amparo para llevar adelante la aventura que se proponía, que no era otra que el descubrimiento del ansiado y buscado paso desde el Atlántico a la tierra de las codiciadas especias a través del Mar del Sur del que unos años antes se había posesionado Vasco Núñez de Balboa en nombre de la reina Juana. Una labor en la que habían fracasado desde el mismo Colón, el “iluminado” también rechazado por Portugal, a los más avezados marinos que siguieron intentándolo y del que otro extranjero aseguraba conocer el secreto.
Con una rapidez inusitada inversamente proporcional a la marcha ordinaria de los asuntos oficiales del país, el 22 de Marzo de 1518, apenas seis meses después de su llegada, el joven Carlos, en nombre de su madre incapacitada, firma una Capitulación con el solemne “Yo el Rey”, a favor de Fernando de Magallanes y su socio, Ruy Faleiro, astrónomo y cartógrafo, autor intelectual del proyecto del que Magallanes con su experiencia náutica sería el autor material. Una Capitulación que sin ser tan amplia y generosa como las Capitulaciones colombinas, mantenía, sin embargo, similares características: era una empresa estatal de cuyos beneficios los dos socios se llevarían una vigésima parte, no se permitiría a ningún otro que navegara por los territorios por ellos descubiertos en un plazo de diez años y si descubrían más de seis islas les sería concedido el título de adelantados o gobernadores para ellos y para sus hijos y herederos. El hecho de que en la flota fueran un factor real, un tesorero y un veedor, no limitaba la capacidad de mando del capitán que comandaba una de las de cinco naves que el Rey se comprometió a equipar de tripulación, víveres y artillería para dos años de viaje, empeñando en ello “su honor y su real palabra”.
Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas, pero las dos naves que aún quedaban sí que lo consiguieron; y una de ellas, esta vez al mando de un español, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida
Estos dos portugueses, a los que los suyos consideraron traidores, fueron siempre leales a la confianza que el Rey español había depositado en ellos e hicieron honor a su palabra empeñada, tal como aparece reflejado en el comienzo de esta Capitulación que cambió el mundo: «Pues que vosotros, Hernando de Magallanes, caballero, natural del reino de Portugal, y el licenciado Ruy Faleiro, del mismo reino, estáis dispuestos a prestar a Nos un gran servicio dentro de los límites que a Nos pertenecen en la parte de océano que nos fue adjudicada, ordenamos que, al efecto, sea puesto en vigor el siguiente pacto…» Una vez más, la Corona española prestó apoyo al sueño que parecía imposible de otro extranjero que le daría la universalidad de la que disfrutó durante más de tres siglos.
Las consecuencias de esta Capitulación es por todos conocida. Una expedición con cinco pequeños navíos que partió del puerto de Sevilla en Agosto de 1519, cuya marinería tuvo que ser reclutada con hombres de todas las naciones que pululaban por aquella Babilonia en la que se había convertido la ciudad desde que comenzó la navegación a través del Atlántico, que recorrió miles de kilómetros por parajes helados y desiertos, que cruzó por un estrecho que aún hoy es difícil navegar y que consiguió atravesar el inmenso mar que ellos llamaron Pacífico, a través del que consiguieron llegar al archipiélago de las Marianas, probablemente a la isla de Guam. Siguieron hasta Filipinas donde visitaron varias islas y permanecieron cierto tiempo en buena relación con sus habitantes, hasta que Magallanes, siempre fiel a D. Carlos, por ratificar la posesión de ellas en su nombre, se enredó en una imprudente escaramuza, totalmente impropio de su precavido carácter, en la isla de Mactán donde murió asaeteado por los indios. Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas a lo que se había comprometido, pero las dos naves que aún quedaban de las cinco que partieron sí que lo consiguieron; y una de ellas, la Victoria, esta vez al mando de un español natural de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida tres años después, en Septiembre de 1522, en un periplo de ruta ya conocida pero más peligrosa que la que habían dejado atrás por la continua persecución de los portugueses que se consideraban invadidos en sus territorios. Por vez primera se había dado la vuelta al mundo y se había demostrado empíricamente su redondez.
Elcano se dio perfectamente cuenta de su hazaña, porque en una breve carta que le escribe al Emperador desde Sanlúcar de Barrameda, nada más desembarcar, no resalta como su mayor mérito el haber llegado cargado de las codiciadas especias, cuyo costo compensaba con creces la inversión que se había hecho para la expedición, ni las tierras descubiertas, ni las aventuras que llevaron a cabo, ni las calamidades sufridas. Era muy consciente de que su mayor mérito estaba en haber circunnavegado el globo por primera vez. Y así era verdaderamente.
Todos los honores que le negaron los cronistas del viaje, sobre todo Pigafeta, amigo de Magallanes que prácticamente lo ignora, o su principal biógrafo Stephan Zweig, que ensalza las virtudes de Magallanes hasta la exageración y casi no menciona a Elcano, se los concedió el flamante Emperador. No sólo lo premió con una renta anual de 500 ducados en oro sino con algo que en la época era tan apetecido y valioso: un escudo de armas en el cual estaba bordada una esfera del mundo a la que acompañaba como lema una leyenda en latín: Primus circumdedisti me que, desde principios del siglo XX, está grabado en un bergantín, el buque escuela de la Armada española que lleva su nombre.
A partir de entonces nada fue igual. Carlos I fue nombrado, en 1521, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, paradójicamente el mismo año en el que Magallanes moría en Filipinas por ampliar su imperio hasta el otro extremo del mundo en un epopéyico viaje del que sólo volvieron 18 hombres al mando de un español. Ellos consiguieron culminar el sueño de un gran hombre y la gran empresa de un Rey, convertido en Emperador del Mundo.
La Real Academia de la Historia inaugura el 21 de Abril, un ciclo de siete Conferencias titulado “De Fernando el Católico a Carlos V 1504-1521”, que se completará con otro posterior para homenajear este año el inicio de este reinado. La última de las conferencias de este primer ciclo se dedica al descubrimiento de los dos grandes océanos que culmina la expedición Magallanes-Elcano, de cuyo viaje también se cumplirán cinco siglos dentro de dos años. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S. M Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible y se pusiera al frente de una comisión estatal que aglutinara todo lo que se está preparando en algunas partes de España y del mundo, para celebrar una hazaña universal que fue la primera gran empresa que tomó a su cargo Carlos I y que cambió la faz del planeta?
Pienso que seria un gran error dejar pasar desapercibido uno de los más grandes logros de nuestra rica Historia y que queda muy poco tiempo para evitar que esto ocurra.
Enriqueta Vilar Vilar es miembro de la Real Academia de la Historia