5 de julio de 2015

VADE RETRO

¿Se supone que el Hombre tiene que someterse a la Naturaleza o a la inversa? ¿Es el Hombre un pecador cuando no se postra ante la diosa Tierra? Esta encíclica, me parece, no es un manifiesto político, es una bomba teológica
Como penitencia, hay que obligarse a leer en su totalidad la encíclica del Papa Francisco,Laudato si, porque su verdad se encuentra en los detalles, de los que los comentarios no han dado mucha cuenta. Cada uno, sobre todo, se habrá quedado con que impone a los católicos creer en el calentamiento climático por la industria de los hombres. Esta adhesión del Papa al «climatismo», que algunos consideran científico y otros una ideología política, se ha cuestionado lo suficiente como para no volver sobre ella, pero se han analizado poco las soluciones que propone, o más bien no propone, el Papa.
Más allá de su preocupación por el medio ambiente en general, el Papa condena todos los métodos prácticos para reducir realmente la emisión de dióxido de carbono, ese Satán de los tiempos modernos. Ahora bien, entre los economistas y los líderes políticos que aceptan la hipótesis del calentamiento por el carbono existe un acuerdo sobre las soluciones, que podemos calificar de consensuado. Y hay dos soluciones concretas: una bolsa de intercambio de derechos de contaminación –método aplicado en Europa, que fue la base del primer tratado firmado en Kioto en 1997– y la tasa sobre el carbono. La bolsa de intercambio determina un precio del derecho a contaminar, lo que perjudica a los contaminadores y les incita a adoptar energías de sustitución. El Gobierno estadounidense de Bill Clinton, y luego Barack Obama, apoyaron esta solución porque es aceptable en una economía de mercado y es operativa; el Senado de EE.UU. nunca la ha votado ya que duda de que el calentamiento sea real.
Una alternativa más radical, a la que se suman algunos liberales que no están convencidos del calentamiento, pero que aceptan el principio de precaución (de los que forma parte quien firma esta crónica), sería una tasa mundial sobre el dióxido de carbono. Los precios incluirían esta tasa en proporción a la cantidad de dióxido de carbono necesario para la producción, lo que favorecería la búsqueda de energías alternativas; la globalización no es un obstáculo para esta tasa porque bastaría con imponer un arancel ecológico a la entrada de los productos importados que no gravasen el carbono (China e India probablemente). La tasa sobre el carbono permitiría llegar a un nuevo tratado durante la cumbre climática en París a finales de este año.
El Papa rechaza estas dos soluciones prácticas porque son mercantiles, y la encíclica condena enérgicamente «las fuerzas del mercado». En su lugar, hace un llamamiento a «una transformación espiritual de la sociedad» que «sustituiría el consumo por el sacrificio, el lujo por la generosidad y el despilfarro por el reparto», lo que supone que todos los hombres serían ángeles.
Más allá de la defensa del medio ambiente, descubrimos que esta encíclica es un ataque en toda regla contra la sociedad liberal y la libertad de elección de las personas. Pero el Papa no propone el socialismo como alternativa porque condena lo que llama «cualquier enfoque tecnocrático», ya que la encíclica condena «el paradigma de la eficacia propio de la tecnocracia». Por tanto, ni liberalismo ni socialismo, y lo único que podría, y debería, salvarnos del «climatismo» es una metamorfosis moral. ¿De dónde surgiría esta redención de la Humanidad, convertida repentinamente a la pobreza compartida en vez de dedicarse a la búsqueda del progreso material y de la libertad individual? El Papa no contesta; esta encíclica es menos política que apocalíptica, no tiene ninguna utilidad práctica y tiene que ver con la teología, no con la ciencia política o la económica.
A la espera del Mesías o de su regreso, en el ámbito de la lógica ordinaria de los hombres tal y como son realmente, esta encíclica no me parece totalmente coherente. Pretende basarse en una constatación de orden científico, el calentamiento, por tanto cuestionable por definición, y luego cambia de registro para pasar a la teología, incuestionable por definición. Los analistas se quedarán sobre todo con su denuncia del capitalismo, ¿pero quién se sumará a la esperanza teológica? ¿Cuántos, entre los católicos más obedientes?
En el ámbito del empirismo, existe otra contradicción aún más grave: el Papa Francisco se preocupa ante todo por los pobres, lo cual es justo, pero los pobres no aspiran a seguir siéndolo. Ahora bien, la economía de mercado es el único método conocido y probado que saca de la miseria a millones de personas cada año. En cambio, Argentina, tan querida por el Papa Francisco, se hunde en la pobreza desde que le da la espalda a la economía de mercado. India o China siguen el camino contrario. ¿Nos es indiferente esta realidad incuestionable? De manera similar, al Papa le preocupa, y con razón, el acceso al agua potable para todos. ¿No debería darse cuenta de que el agua es potable cuando está gestionada por empresas que la venden a un precio justo? Ahí donde no está gestionada por empresas y donde es gratuita, no es ni potable ni accesible.
¿Deberíamos juzgar a un sistema económico por sus intenciones (el beneficio) o por sus resultados (acceder al agua, salir de la miseria)? ¿Dónde se sitúa la moral? ¿Del lado de las buenas intenciones o del lado de los resultados reales? ¿Es absolutamente justo negar a la Humanidad el derecho al progreso y a la libertad de elección, para «salvar al Planeta», como dicen los que creen en el calentamiento climático? ¿Se supone que el Hombre tiene que someterse a la Naturaleza o a la inversa? ¿Es el Hombre un pecador cuando no se postra ante la diosa Tierra? Esta encíclica, me parece, no es un manifiesto político, es una bomba teológica.

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