7 de agosto de 2012

La fiesta del toro se desploma


La fiesta del toro se desploma

La alarmante caída de espectadores y festejos refleja la crisis de un espectáculo que pierde identidad artística

José Tomás es hoy el único reclamo para llenar las plazas

Miguel Abellán (derecha) durante una feria de San Isidro. / MANUEL ESCALERA
La fiesta de los toros tiene el ánimo por los suelos; y no es para menos. La crisis, la dichosa crisis económica, está haciendo estragos en el sector. Pero no es esta la única causa de su desdicha. Son tantos los males que la aquejan que las luces rojas se han encendido y alertan de lo que puede ser un desastre inminente. En primer lugar, la pérdida de identidad de un espectáculo que se ha alejado de la emoción y no encuentra un referente entre toros y toreros.
Por otra parte, los ajustados presupuestos públicos y privados disminuyen sensiblemente el número de festejos y la asistencia a las plazas; sobran muchos toros en el campo y los ganaderos sufren las consecuencias de la sequía y el aumento de los costes salariales, la alimentación y la sanidad, al tiempo que el precio de las corridas se mantiene al nivel de hace 20 años. Por si fuera poco, el incremento del IVA para todos los festejos taurinos —las corridas y las novilladas quedan unificados en el 21%— puede ser la puntilla para el inmediato futuro.
En tercer lugar, la pantalla de la televisión pública sigue en negro para el mundo de los toros. No se retransmite un festejo taurino desde el año 2006, y, tras el cambio de Gobierno, la previsible e inconcreta buena intención ha quedado superada por las arcas vacías del ente público.
Y la política… La fiesta pasó del Ministerio del Interior al de Cultura en julio de 2011 y el mes pasado se anunció la creación de una comisión para el fomento y la protección de la tauromaquia que está trabajando en la elaboración de un informe que debe presentar en el plazo de seis meses. Asimismo, entre la acomplejada visión y habitual desidia de los políticos sobre los toros y la amenaza de Bildu sobre la erradicación de la feria taurina de San Sebastián, el Parlamento nacional deberá decidir sobre la iniciativa legislativa popular que solicita que la fiesta sea declarada bien de interés cultural; y entre los asuntos pendientes del renovado Tribunal Constitucional figura el recurso de inconstitucionalidad presentado en octubre de 2010 por el PP contra la prohibición de los festejos taurinos en Cataluña.
Fuente: elaboración propia. / EL PAÍS
En suma, una crisis artística, económica, social y política que acorta las colas en las taquillas y desorienta a los taurinos. La fiesta está desnaturalizada y sus protagonistas —taurinos y aficionados— difieren en el análisis de la situación y el tratamiento a seguir. Quizá por eso, entre la pérdida de identidad, la indiferencia política, la huida de los espectadores, las dificultades económicas de empresarios y ganaderos, la subida del IVA, la peligrosa desunión de los sectores taurinos y el insolidario personalismo de las figuras da la impresión de que la fiesta se desploma; y que lo hace de manera irremediable.
El Constitucional debe decidir sobre la prohibición de las corridas en Cataluña
“Decadencia es la palabra que mejor define la situación actual de la fiesta de los toros; y no por culpa de la crisis económica, sino porque se ha perdido la emoción, y el toro carece de las condiciones necesarias para la lidia; así, la corrida ha derivado en una fiesta social como consecuencia de la mala intención de quienes han preferido convertirla en un espectáculo mediocre”. Así de rotundo se muestra Juan Antonio Arévalo, exsenador socialista y uno de los grandes defensores de la pureza de la lidia. “Hay otros espectáculos, como la ópera, que se defienden muy bien porque ofrecen calidad”. “La crisis interna de la fiesta es anterior a la económica”.
Juan Manuel Albendea, diputado del PP en el Congreso, presidente de su Comisión de Cultura y reconocido intelectual taurino, coincide. “No cabe duda de que la fiesta está en crisis. Y los motivos son varios: primero, una evidente pérdida de casta y de pujanza de las ganaderías preferidas por las figuras, lo que no ocurría en la primera mitad del siglo XX; después, la mutilación de la corrida, de modo que la suerte de varas, tan hermosa cuando se ejecuta bien, tiende a desaparecer y con ella los quites del primer tercio. Y por último, la monotonía en las faenas de muleta. Aunque se toree con temple y mando, la mayor parte de ellas tienen el mismo corte, y falta el ingrediente fundamental, que es la emoción”.
Lo cierto es que abundan los que se visten de luces (712 matadores de toros estaban registrados a finales de 2010) y los que van, generalmente, de negro (1.098 son las ganaderías en activo), pero hay que buscar con lupa un toro encastado, y solo José Tomás tiene la fuerza necesaria para arrastrar multitudes. Está claro, no obstante, que este torero tiró la toalla hace tiempo porque ni ha querido antes ni puede ahora ser el mesías prometido. Las tres corridas de su minitemporada en 2012 (Badajoz, Huelva y Nimes) no son aval suficiente para ostentar liderazgo alguno. Y, después de él, nadie. Ningún torero, ni siquiera los relumbrantes Morante, Manzanares y El Juli, tiene tirón para asaltar la taquilla.
Un exsenador compara los toros con la ópera para recuperar calidad
Un taurino como Fernando Cepeda, torero de arte, dedicado al apoderamiento del diestro Miguel Ángel Perera, tiene una opinión muy diferente: “No creo que haya crisis ni en el toro ni en los toreros; y yo siempre he escuchado la misma canción. Hoy contamos con una baraja de toreros importantes, y todas las ganaderías tienen su momento, y unos años embisten más que otros”.
Por otra parte, la necesaria austeridad y los ajustados presupuestos públicos y privados inciden sobremanera en el número de festejos, que han disminuido de forma alarmante, en la misma medida que lo hacen los espectadores. He aquí algunos datos reveladores: según el Ministerio del Interior, del año 2007 al 2010, el número de festejos taurinos ha descendido un 34,5%; Andalucía, que es la comunidad donde se celebran más espectáculos, disminuyó el número en un 51,76% en el mismo periodo; en 2011 se celebraron 399 corridas menos que en 2007; y de enero a junio del presente año, 27 festejos menos que en el mismo periodo del año anterior. Es verdad, no obstante, que el descenso más importante se produce en las novilladas con o sin picadores y, particularmente, en las plazas de tercera.
Según el portal mundotoro.com, entre España, Francia y América, 92 plazas de tercera categoría han dejado de celebrar festejos y numerosas ferias han reducido sus abonos.
Respecto a la asistencia, dos botones de muestra: la venta de los abonos de la Feria de Abril de Sevilla bajó un 17% en relación con el año pasado, y en la reciente de San Isidro solo tres tardes colgó el cartel de “no hay billetes”. Ya es habitual que el aforo de una plaza de primera en feria de postín solo se cubra en tres cuartas partes. El empresario de la plaza de Las Ventas, José Antonio Martínez Uranga, reconoce la situación, y considera que “la caída espectacular de novilladas afecta de forma directa al llamado relevo generacional, que tiene dificilísimo sumar experiencia y cierto nombre”. “En los dos últimos años”, añade, “se ha producido un evidente bajón en la asistencia de espectadores, y solo algunas plazas y ferias muy consolidadas, como la de Madrid, consiguen mantener las cifras de años anteriores, aunque en el caso de la capital el número de abonados en 2012 ha caído un 1% con respecto al año anterior”. Este mismo análisis lo comparte el empresario de La Maestranza de Sevilla, Eduardo Canorea, quien afirma que la crisis económica afecta a la línea de flotación del negocio taurino, y que, a excepción de Pamplona, todas las plazas se resienten.
En tres años se ha suprimido el 34% de los espectáculos taurinos
Ambos empresarios destacan las perniciosas consecuencias de la subida del IVA. “Un golpe más que llega al núcleo de la supervivencia de la fiesta”, dice Martínez Uranga, al tiempo que Canorea, que admite que el espectáculo es caro, afirma que “el futuro se va a resentir mucho”. El diputado Albendea lamenta la nueva situación y afirma que “quiera Dios que la economía del año próximo permita volver al tipo de gravamen anterior”. “Lógicamente”, añade, “si antes he defendido el mismo tratamiento para todos los espectáculos, ahora no tengo fuerza moral para pedir que al taurino se le dé un trato preferente”. Los dos inciden, además, en otros aspectos, tales como que la fiesta “está marcada por un creciente, organizado y bien financiado sector antitaurino, y el alejamiento de muchos medios de comunicación”.
“Si quieres saber cómo está el país, asómate a los toros, decía Ortega y Gasset, y lo que yo veo es crisis por todas partes”, afirma el ganadero Victorino Martín García. Y añade: “Como reducto de valores eternos, —en los toros se muere de verdad—”, añade, “la fiesta puede ser el punto de apoyo para la regeneración del país”. “Somos un reflejo de la sociedad”, añade, “se han perdido valores, al igual que ha desaparecido el sentido de servicio público”.
La crisis también ha dejado su huella en el campo. Según la Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL), el incremento de los festejos desde 1987 a 2007 (de 459 corridas a 1.084, un 236% en 20 años) produjo un aumento de un 30% en el número de ganaderías y se multiplicó por 2,5 el censo de animales. La disminución progresiva de los festejos, los altos precios de los costes de las materias primas, la sequía y la estabilización del importe de las corridas lleva al presidente de la UCTL, Carlos Núñez, a afirmar que “la situación del campo bravo es dramática y caótica, por lo que el sector ganadero está obligado a una reestructuración”. A su juicio, “hay que abaratar la organización de los espectáculos, porque en el 98% de los casos en los que se lidian toros en plazas de tercera no se cubren, siquiera, los costes de producción del animal”.
En este sentido, Victorino Martín opina que la primera medida es respetar al toro y pensar más en la esencia de la lidia que en la brillantez del torero. Canorea enfatiza que hay que “escarbar en la bravura y en la emoción”, porque “con toreros y empresarios acomodados no alcanzaremos ninguna meta”. Martínez Uranga aboga por “la cohesión de los sectores interesados para desarrollar un plan estratégico”, y Cepeda está convencido de que “hay que plantearse un cambio de estructura de la fiesta a partir de la unión de todos los sectores”.
Victorino Martín apela al “valor eterno” de la fiesta para “regenerar España”
¿Y la política? Pocos son los que creen en su aspecto salvífico. Victorino lo tiene claro: “Los políticos están acomplejados con los toros, y yo solo creo en el pueblo”. Arévalo es taxativo: “Que los ganaderos críen un toro pujante y verán cómo cambian las cosas”. Escéptico se muestra Canorea: “La fiesta solo podemos salvarla personas que no hemos dado la talla: toreros, ganaderos, empresarios, periodistas y administraciones públicas”. Albendea, conciliador: “No conviene perder la esperanza de que la fiesta algún día resurja”. Y Cepeda, esperanzado: “Si el Constitucional nos diera la razón, sería un precedente muy bueno”.
A pesar de todo lo que antecede, es de esperar que se imponga la cordura antes de que sea demasiado tarde. A fin de cuentas, el espectáculo taurino es una actividad que genera 2.500 millones de euros anuales —el 0,25% del PIB—, y ofrece trabajo a 200.000 personas.
Y, por si fuera poco, el toreo es algo más que un negocio; el toreo es un sentimiento, polémico, es verdad, pero hondo para quienes entienden que el toro es protagonista de un modo de entender la belleza. Y la belleza debe ser cuidada para que nunca se desplome…

¿Un bien ecológico?

ANTONIO LORCA
El toro bravo es un defensor del medio ambiente; un valor fundamental para el mantenimiento de la dehesa, un ecosistema único y exclusivo de la Península ibérica. “Si desapareciera el toro” —decía hace algún tiempo en estas mismas páginas José Luis García-Palacios, ganadero y presidente de la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (Asaja) de Huelva— “se perderían las 500.000 hectáreas de dehesa, —una séptima parte del total—, por lo general las de mayor calidad, que ocupan las 1.094 ganaderías españolas”. “La dehesa” —insistía— “es la forma de explotación más inteligente que el ser humano ha desarrollado en la naturaleza; es un sumidero de CO2, fija la población de los medios rurales y, desde luego, existe gracias a la rusticidad del ganado bravo, que aprovecha sus condiciones durante todo el año”.
Este es el argumento de cabecera de quienes dedican su tiempo y su trabajo a la cría del animal más emblemático de nuestro país, una joya del patrimonio genético de las razas ganaderas españolas.
Son los ganaderos, verdaderos genetistas autodidactas —gestores ambientales se denominan a sí mismos—, los padres del toro, una criatura que es fruto de una intensa labor de selección basada en la tradición, la observación del comportamiento de las reses y los gustos —y también las imposiciones— de toreros y público.
Y así llevan ya tres siglos. En ese empeño continúan hoy las ganaderías bravas, asentadas en todas las comunidades autónomas, a excepción de las Islas Canarias, Galicia, Asturias y Cantabria. La cabaña consta de 148.000 hembras y 88.000 machos, y su presencia mayoritaria radica en Andalucía, Castilla y León y Extremadura.
Los criadores están agrupados en cuatro asociaciones; la más importante es la Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL), que reúne a 368 ganaderías, entre las que figuran las de mayor prestigio y solera.
Un informe de esta asociación señala que la crianza del toro bravo es, de todas las producciones animales, la más cara y laboriosa, y la que conlleva más riesgos e incertidumbres. El coste de producción de un toro de lidia, cuya edad mínima es de cuatro años y máxima de seis, supera los 4.500 euros; tan solo el 6,5% del censo ganadero se lidia en las plazas de toros y por cada animal válido es necesario mantener 15 cabezas de ganado.
Lamentan los ganaderos el desorbitado aumento de los costes de producción (alimentación, gasóleo, salarios…), agravados por la sequía, al tiempo que los precios de venta de las reses en 2012 son inferiores a los de hace 20 años: una corrida se mueve entre los 24.000 euros para las plazas de tercera y 90.000 euros para las de primera.

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